2016, el año en el que nos dimos miedo a nosotros mismos

Acaba 2016 y, con él, se van muchas de las ideas preconcebidas sobre el avance de la democracia y su supuesta capacidad de homogeneizar y normalizar las diferentes sensibilidades a nivel mundial. Nadie puede negar que el planeta abrazó la democracia hace ya bastante tiempo como forma de solucionar sus conflictos, como fórmula que limitaba los daños producidos por el cambio, la corruptibilidad sistémica y el odio entre personas. La democracia era el último bastión de los oprimidos, así como, paradójicamente, el báculo que los poderosos querían utilizar para seguir subyugando.

Lo curioso es que ni unos ni otros han conseguido lo que querían. Las personas siguen siendo libres para elegir lo que deseen. Ni siquiera la prensa, con feroces campañas de acoso y derribo selectivo, ha logrado evitar que nuevos partidos y personalidades entren a formar parte de la vida pública. No en vano, en España están ya Ciudadanos y Podemos, en Estados Unidos el presidente va a ser Donald Trump y, este año que entra, veremos quién será los presidentes de Francia y de Alemania.

Pero, aparte de novedades en elecciones, este año 2016 también ha regalado sorpresas en forma de referéndum. Quién iba a decir, cuando Cameron prometió someter a votación la permanencia del Reino Unido en la Unión Europea, que tiempo después su país optaría por la vía de la desconexión, a pesar de los enormes esfuerzos de una parte de los británicos por evitar lo que, para ellos, es una gran tragedia. Tampoco nadie hubiese esperado que el presidente colombiano, Santos, se llevaría un Premio Nobel de la Paz por perder una votación sobre un acuerdo de paz, tras la cuál afirmó que había “aprendido la lección de no convocar referéndums si no era necesario”.

Se ha pasado de la confianza generalizada en el supuesto raciocinio del votante medio al terror a sus reacciones. Los mismos que antes se jactaban de recibir el apoyo del pueblo, de representar su voz, ahora se quejan de que la masa social es incontrolable. De que ya no se puede moldear. De que ya no basta con discursos televisados y propaganda para tumbar al adversario. De que da igual cuántos famosos apoyen a un candidato y cuántos al otro, de que al elector medio ya no le interesa a quién apoye Beyoncé.

Los problemas de los demás han pasado a un segundo plano, y cada uno de los habitantes de los países en democracia empieza a pensar más en sí mismo y en los suyos que en el bienestar general. Se ha torcido ese pilar irrenunciable de la solidaridad impuesta que fundamentaba el expolio sistemático. Ya no hay forma de tocar el corazón de la gente, de convencerlos de que deben poner el bien común por encima del suyo. La democracia se ha roto, pues ya no es el juguete que a los poderosos les gustaría que fuera. La gente ya no quiere ser esclava.

Y, a pesar de todo, se da una terrible paradoja en el seno de la sociedad moderna, pues ésta, por primera vez en mucho tiempo, tiene miedo de sí misma. Occidente se mira al espejo y no se reconoce. Lo que antes era Barack Obama, ahora es Donald Trump. Lo que antes era amor incondicional al Estado de bienestar, ahora se ha convertido en rechazo frontal a lo establecido y en saltos al vacío. Lo que otrora fue la poderosa Unión Europea, hoy es un grupo de países atemorizado por lo que su propia población pueda querer tener como representación política. Se acaba la fantasía de la estabilidad y el consenso.

El mundo empieza a tener dudas. Es muy posible que este año que entra sea enormemente determinante para nuestro futuro. La pregunta, como no podría ser de otra manera, es si la población mundial está preparada para la era de la desconfianza. La respuesta la tendrá que dar 2017.

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