Sobre el autobús de “Hazte Oír”

“Todo individuo tiene derecho a la libertad de opinión y expresión; este derecho incluye el de no ser molestado a causa de sus opiniones, el de investigar y de recibir informaciones y opiniones, y el de difundirlas, sin limitación de fronteras, por cualquier medio de expresión.”

Este fragmento no me lo he sacado de la manga, como hacen muchos articulistas de hoy en día, utilizando datos falsos y citas, supuestamente textuales, que luego acaban siendo invenciones interesadas. Lo que acabáis de leer es el Artículo 19 de la Declaración Universal de los Derechos Humanos, aunque os pueda parecer mentira u os pueda doler.

Y digo que os puede parecer mentira porque han salido muchos políticos por la televisión o en las redes sociales diciendo que el autobús “transfóbico” de Hazte Oír atentaba contra los Derechos Humanos. De nuevo, no me lo invento. Todos podéis leer al diputado de Podemos, Íñigo Errejón Galván (contra quien, por cierto, no tengo nada en absoluto, al parecerme un excelente representante público), quien, en su cuenta de Facebook, dejó el siguiente comentario:

“Pablo le da una lección de democracia y Derechos Humanos a quienes promueven la transfobia por las calles de Madrid. El Ayuntamiento ayer hizo un ejercicio de responsabilidad y detuvo al autobús de HazteOir” (Con Pablo se refiere no a Pablo Iglesias, sino a un chico transexual que aparece hablando en un vídeo ante las cámaras de “La Sexta”).

Lo cierto es que lo que se revela en estas palabras, quiero pensar, no es desconocimiento de lo que alberga la Declaración Universal de los Derechos Humanos sino, más bien, un uso político de una terminología que goza de un prestigio innegable, y más en los tiempos que corren. De alguna manera, hablar de “derechos” de manera absoluta otorga a cualquier mensaje un peso superior que el que podría aportar utilizar como argumento la ideología política, la ordenanza de un municipio o cualquier otra justificación o regulación de rango inferior.

De hecho, si uno se para a pensar en el contenido exacto del mensaje que aparece reflejado en el autobús, éste se revela como biológicamente incontestable: una caracterización muy fidedigna de lo que es un niño o una niña, al menos en el momento de nacer, surge de la comprobación de sus órganos genitales. Si tiene pene, es un niño, y si es vulva, una niña. Es una constatación del sexo con el que una persona nace. La polémica, por tanto, seguramente viene por la interpretación de qué es lo que quieren decir con esas palabras, es decir, qué subyace tras la constatación de un hecho tan simple.

Por concluir el breve análisis del mensaje, se ha hablado también de ese “Si naces hombre, eres hombre”. En el momento en el que naces, si naces hombre, eres hombre. Hasta que tú reafirmes tu identidad, la primera caracterización viene del sexo, no del género. También del “si eres mujer, seguirás siéndolo”. Nótese el cambio del “naces” por el “eres”, que denota una aceptación del propio género. Lo que viene a establecer, por tanto, es algo simple: Si te sientes mujer, si ERES mujer, a niveles de género, seguirás siéndolo. Lo que no puede ser es que neguemos que “ser mujer” sea algo biológico y luego nos escandalicemos por un mensaje que viene a defender, tal y como está redactado, nuestra propia postura.

El gran problema está en confundir la incitación con la sugerencia. Incitar se define como “influir vivamente en una persona para que haga cierta cosa.” Sugerir se define como “indicar o insinuar levemente a una persona que haga cierta cosa”. Incluso así, habría ciertas dudas sobre si el mensaje del autobús sugiere, siquiera, odio contra un colectivo. Lo que está claro es que no incita al odio ni a la discriminación porque, si lo hiciera, estaríamos afirmando que el autobús nos está mandando hacer algo con viveza y alevosía, cuando no es el caso.

La terminología, aunque parezca una estupidez, tiene mucha importancia. Cuando en la ley se habla de “incitación”, hay que saber lo que significa “incitar” antes de atribuirle a alguien un delito. De nuevo, por supuesto, no vamos a pecar de ingenuos: se dice que el autobús incita porque suena más fuerte que decir “el autobús sugiere” o, como sería más correcto, “el autobús me sugiere A MÍ que debería discriminar al colectivo LGTB”.

La ley, por supuesto, está abierta a interpretaciones. Sin embargo, afortunadamente, su terminología es bastante cuidadosa. Dado que no se puede apelar a un delito de incitación al odio, el único resquicio que queda es el del sentimentalismo, apelar a cómo se puede sentir un niño que quiera manifestar su identidad de género y se encuentre con que ese autobús circula por las calles. Si nos queremos poner populistas, también podríamos hablar de cómo se sentirá un niño que sufra bullying con la enorme cantidad de series en televisión y películas que enaltecen al valiente, al chulo, al prepotente o al líder de la manada por encima de aquellos que tienen otros valores. ¿No será, para alguien que sufra acoso, difícil también decirlo en un mundo hecho “para machotes”?

Hay que aprender a diferenciar nuestra visión de las cosas de lo que debería ser una ley. Parece mentira que se tenga que explicar esto, pero las leyes están, al menos en su origen, destinadas a proteger los derechos de los débiles y las minorías. Repito, en origen, los derechos y leyes fundamentales no fueron ideadas para darle la razón al patrón, ni al amo, sino para proteger la facultad del súbdito o el alienado de actuar y pensar de forma distinta. Si la interpretación mayoritaria tuviese que ser siempre ley, no haría falta la ley. Podríamos aplicar siempre la fuerza de la mayoría y acabaríamos con todos los problemas.

Afortunadamente, existe la Justicia, un ideal que nos separa de las mayorías, de la fuerza o de cualquier otro argumento “de peso” a la hora de juzgar a una persona. Se persigue la justicia, no el consenso. Si quiero que mi interpretación sea ley, no estoy siendo justo con mi deseo. Lo que yo piense que quiso decir alguien, o la experiencia que yo tenga con ese individuo, no puede ser motivo para juzgarlo por algo completamente aislado de mi trifulca personal.

En conclusión, es evidente lo que deseaba “Hazte oír” con esta campaña. De hecho, qué duda cabe de que lo ha conseguido. Ahora, en lugar de un autobús circulando por las calles libremente, defendiendo un mensaje “evocador”, tenemos días de debates sobre si hay niñas con pene y niños con vulva que, seguramente, creen mayores problemas que los que hubiese podido generar el autobús en sí.

¿Estamos preparados para comportarnos como adultos y aceptar que, más allá de arrebatos infantiles, nuestra mayoría de edad nos otorga responsabilidades? Porque, sinceramente, con este tipo de cosas, uno pierde la fe.

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