Aznar y la corrupción: otro capítulo más

Apareció Aznar en sede parlamentaria, y muchos de los articulistas de este país desempolvaron los bolígrafos y se pusieron a trabajar con más amor que de costumbre. Incluso Gabriel Rufián y Pablo Iglesias, que habitualmente ya son bastante duros con quien viene del PP, se pusieron un poco más altivos, un poco más fuertes, un poco más contundentes. Sabían que era un día grande para las redes sociales y, por qué no, una jornada fantástica tanto para la izquierda como para la derecha, porque eso consigue Aznar: siempre gana para los suyos y siempre pierde para el resto.

Hay que decir que su nombre se había metido con calzador desde el nombramiento de Pablo Casado como nuevo líder del PP. Los coqueteos del joven dirigente con el “aznarismo” permitieron que la alargada sombra de uno de los azotes clásicos del pensamiento izquierdista volviese a la primera línea. Aznar volvía a ser noticia, pues donde aparecía Casado, ya fuese dando una rueda de prensa o discutiendo con su gabinete cualquier decisión, iba detrás el predecesor de Rajoy, aunque fuese solamente su aportación implícita la que lo hiciese mantenerse con vida. Por fin, tuvimos un poco de diversión parlamentaria unas cuantas jornadas atrás, y creo que la aparición del ex presidente del gobierno amerita una reflexión profunda, pues encarna como ninguna otra personalidad ese aire “old school” que está cogiendo la corrupción en España.

He de reconocer que incluso yo, que no cuento con demasiados años a mis espaldas, estoy agotado del tema. Es como ese viejo “gag” que los comediantes saben que les funciona y repiten hasta la saciedad, para mantener enganchado a ese pequeño público que aún quiere verlos en medio de su decadencia. Ese Bart Simpson repitiendo su “yo no he sido” mientras lo que antes eran carcajadas en su clase se convierten, poco a poco, en risitas tímidas y miradas incómodas. Me da la impresión de que todos, en el fondo, nos pasamos la patata caliente los unos a los otros, la terrible tarea de admitir que no hacemos más que reírles las gracias a los políticos de turno simplemente porque nos caen bien.

Nunca he entendido esa manía que todos los partidos tienen de creer que sus votantes son, literalmente, las únicas personas que ejercen el derecho al voto en todo el país. No me quiero ni imaginar, y lo digo totalmente en serio, cómo tiene que ser militar en un partido político como Podemos y lidiar, día a día, con la imagen de mi líder repitiendo continuamente que España está harta de la corrupción y del bipartidismo mientras dichas fuerzas no han dejado de sumar, ni en 2015 ni en 2016, más del 50% de los votos (lo podéis comprobar). Ya me cuesta, siendo liberal, creerme lo que “los míos” suelen decir de que PP y PSOE pegan sus últimos coletazos, así que prefiero no imaginarme siquiera lo que debe ser luchar contra la realidad de una forma tan brutal como para creer que los casos de corrupción van a destruir a las fuerzas políticas clásicas.

Alguien tiene que decirlo. A buena parte de este país le da exactamente igual la corrupción. Es más, al 90% de los votantes de cada partido les dan igual los tejemanejes que hacen los suyos, y ésa es una triste realidad que hay que asumir. Es fácil de entender: la gente tiene su vida, tiene un trabajo o unos estudios que la dejan con escaso tiempo libre en muchos casos, y no puede estar todo el día pendiente de si el político de turno tiene un máster o deja de tenerlo, o si Aznar tenía algo que ver con la caja B o no, o si Pedro Sánchez es doctor o su tesis la hizo otra persona por encargo de no se sabe muy bien quién. La mayoría optará por lo más sencillo: se quejará si el culpable es de una ideología que no le guste y pasará del tema si le agrada el que ha cometido una irregularidad. Y es la vida, hay que empezar a asumirlo. Podemos y Ciudadanos tienen que dar un poco más si quieren desangrar al bipartidismo o, en su defecto, simplemente esperar a que el paso del tiempo y la costumbre desgasten a PP y PSOE.

Admitamos que ya sabemos todos que el PP tiene irregularidades. Lo sabíamos en 2015 y en 2016, y los españoles lo convirtieron en ganador las dos veces. También sabíamos que existía el caso de los EREs en Andalucía, y el PSOE volvió a ganar allí y fue segunda fuerza política en las dos convocatorias a nivel nacional. Sé que cuesta, pero Podemos y Ciudadanos ya cogieron el voto del descontento de derecha e izquierda respecto a la corrupción. Ya está, no da más de sí. Por mucho que aparezca Aznar y se reavive el debate, aunque se confirme la caja B del PP, pese a la diversión indebida y financiada de forma peliaguda de los políticos andaluces del PSOE, el grueso ya lo sabemos, y esta conclusión viene de lejos y está instalada en la sociedad española: son todos unos corruptos. Lo sabe hasta el que los vota y, por ende, si lo hace es convencido de que es lo correcto.

No puedo dejar pasar la oportunidad de comentar algo que nunca dejará de sorprenderme, y es la gente que no ve razones para votar a PP o PSOE. No he votado a ninguno de los dos partidos, pero entiendo que hay muchos motivos más importantes que la corrupción para decantarse por una formación u otra. Lo que no alcanzo a comprender es cómo es posible que no entendamos que hay personas que tienen otras prioridades en la vida antes que prestar atención a la corrupción: les importa que sus impuestos no suban, que determinadas medidas ya fracasadas no se apliquen en España, que se mantenga el ritmo de crecimiento económico, que no se endurezca la Ley de Violencia de Género, que se luche contra la delincuencia y un larguísimo etcétera. De hecho, siendo completamente honesto, hasta me cuesta entender a la persona que sería capaz de cambiar su voto, con todo lo que ello implica a nivel cultural, fiscal, administrativo o mediático en caso de que la formación elegida gane, solo por la corrupción.

Creo que hay muchos motivos mejores para no votar a PP y a PSOE. Sus gestiones tienen muchos puntos débiles que no tienen nada que ver con financiación ilegal y otros usos indebidos del dinero público, y defiendo que votar a un partido o no hacerlo debería tener más que ver con el programa político que con cualquier otro tema. Si España es un país “más limpio” pero me quitan el 60% de mi sueldo y se aplican políticas educativas deficientes que afectarán a mis hijos, sintiéndolo mucho, yo no voy a ser más feliz. Y, como yo, otras muchas personas que tienen derecho a votar a quien quieran, por el motivo que les venga en gana, y que se merecen el mismo respeto que cualquier otro ser humano.

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