Ciudadanos y el deseo de caer simpático

Todos recordamos que los últimos meses previos a la caída de Mariano Rajoy habían sido idílicos para Ciudadanos. La crisis catalana, así como el desgaste de la derecha clásica del Partido Popular, debido a su gestión del propio asunto autonómico y a los sucesivos casos de corrupción que provocaron una brutal presión mediática, había aupado a Albert Rivera a una posición en las encuestas de la que no disfrutaba desde noviembre de 2015, un mes antes de las elecciones: era un partido con opciones de llegar a la Moncloa. Metroscopia, en febrero de 2018, nos sorprendió a todos aupando al partido naranja hasta superar el 28% de voto, lo que, unido al 22% del PP, auguraba una legislatura sencilla para los de Rivera en caso de que se convocasen elecciones. Esto llevó a que se produjera, una vez más, un episodio que, por desgracia, parecer ser ya santo y seña de este partido político: la gestión deficiente de los momentos clave.

Si ya en 2015 Ciudadanos desperdició su buena posición mediática y su proyección ascendente, estrellándose en la barrera de los cuarenta escaños, en 2018 pensó que había encontrado, en la moción de censura a Mariano Rajoy, su segunda oportunidad. Rivera se convirtió, entonces, en una máquina de mensajes neutros que repetía a cada momento, en una suerte de equilibrismo de lo más peculiar: nadie sabía si quería que siguiese Rajoy, que pasase el gobierno a manos del PSOE o si, incluso, apoyaría una supuesta moción de Podemos para convocar elecciones; de lo único de lo que estábamos seguros era de que veían absolutamente necesario el paso por las urnas y, para ello, parecían dispuestos a cualquier cosa. Si en 2016 unas terceras elecciones eran una locura que les llevó, supuestamente, a apoyar al PP por el bien de España, incluso a costa de perder su credibilidad -Rivera dixit-, en 2018 hacer que los españoles votasen de nuevo les parecía la única solución posible.

En su infinita ingenuidad, Ciudadanos creyó que, para conservar su buena posición en las encuestas y llegar al paso por las urnas con su intención de voto congelada o, incluso, incrementada, bastaba con presionar a Rajoy sin llegar a ahogarlo, confiando en que los españoles viesen con buenos ojos una moción de censura instrumental. Es muy probable que Rivera creyese, incluso, que el propio presidente del Partido Popular sería el encargado de convocar las elecciones, aunque fuese para eliminar el ultimátum de Pedro Sánchez. Es posible que pensara que, apretando las tuercas, día tras día, el gobierno popular se atrevería a dar el paso y concederle a los liberales progresistas la oportunidad de llegar a la Moncloa. Por desgracia para ellos, eso no sucedió, y se llegó a la moción de censura de Pedro Sánchez.

Ahí, Ciudadanos tuvo la suerte de haber alcanzado un punto interesante en sus cambiantes propuestas, una vía a la que aferrarse: se negaría a apoyar a Pedro Sánchez aunque convocase elecciones, porque deseaban que el presidente del gobierno fuese un candidato instrumental, apolítico, que se limitase a realizar una transición ordenada. Lamentablemente, la ciudadanía hacía ya mucho tiempo que se había olvidado de Ciudadanos, instalada en la lógica normal de una etapa como aquella: quiénes iban a apoyar a Sánchez y quiénes no iban a hacerlo. Los españoles se dividían en dos bandos, de la misma manera que lo hacían los políticos, y Ciudadanos cayó en una posición que, para ellos, seguro que resultó deprimente: eran el hijo pródigo que volvía a casa con el Partido Popular, después de haber estado poniéndole trabas en el camino por sus propios intereses. La izquierda los detestaba y la derecha ya no confiaba en ellos.

El caso es que, después de la moción de censura, la llegada de Pablo Casado y el auge aparente de Vox han dejado al partido naranja en una encrucijada: Rivera ya no es el niño bonito al que le bastaba hablar de Cataluña y oler a nuevo para sustituir a Rajoy, sino que ha quedado desarbolado y reducido a la realidad: es el líder de un partido de candidatos escasamente mediáticos -aunque preparados-, que ya no es el puntal del discurso de la españolidad y que no es capaz de captar de nuevo la atención de la prensa. Ciudadanos se ha revelado, de nuevo, como lo que siempre ha sido: un partido que subía en las encuestas sin estar demasiado en boca de calle, el partido que tenía casi un 30% de voto pero del que apenas salían noticias, una especie de fantasma que parecía estar en todas partes pero que, en realidad, nadie sabía qué tenía de especial. El sueño se acabó una vez y se acabará, presumiblemente, todas las veces que los liberales intenten asaltar el trono sin ideología de por medio.

La opinión de un humilde servidor, que se considera partidario de Ciudadanos en la medida en que mi espíritu crítico me deja serlo, es que el principal problema del partido es el miedo patológico al fracaso y al odio. Quien haya seguido la trayectoria de Ciudadanos desde el principio es consciente de que, de pactar con Libertas, un partido de extrema derecha, la formación naranja viró al centro izquierda no nacionalista en Cataluña y, tras tratar de expandirse en España ocupando el mismo espacio, se decidió a dejar atrás la socialdemocracia hace unos meses para hacerse un hueco en el centro político, con una ideología “liberal progresista” que se ha revelado, con el paso del tiempo, insuficiente para la ardua tarea de ubicar a un amplísimo abanico de políticos de muy distintos ideales en un mismo proyecto.

Dentro de ese miedo de Ciudadanos a responder a las grandes preguntas actuales -inmigración, los retos del mercado de trabajo, economía, impuestos, Franco, la ley del menor, la violencia de género-, se mezclan problemas que también han sido acuciantes en el Partido Popular. El mismo espíritu que lleva a Ciudadanos a proponer el contrato único y, poco a poco, olvidarse de él, o a defender que la violencia es igual independientemente del sexo del agresor y debe ser penada de la misma manera para, poco después, hacer como si no hubiesen dicho nada, es el que parece que inspiró al PP a hacerse pragmático, sencillo y poco doctrinal. Ciudadanos va, sin duda, por el mismo camino, asustado de su pasado y preocupado por la volatilidad de sus miembros; y es que no es lo mismo controlar a la vieja guardia de políticos profesionales que mantener atados en corto a afiliados socialdemócratas, socialistas, liberales, conservadores y, en definitiva, de todas las sensibilidades habidas y por haber, que se portan bien cuando todo va viento en popa y se revuelven cuando las cosas vienen mal dadas.

Ciudadanos, y eso España lo ha entendido ya a la perfección, es un partido obsesionado con diseñarse obviando sus sentimientos, un mero cálculo electoral que lleva a la defensa de unos ideales en cada momento. El mismo Ciudadanos que critica el nacionalismo catalán se deja llevar por el español porque está de moda; el mismo Cs que decía en 2017 que aplicar el 155 era “regalarle un titular a Carles Puigdemont” defiende ahora volver a aplicarlo porque Quim Torra habla de atacar el Estado; es siempre la misma formación política y las mismas personas, pero en cada momento con un plan distinto. Y eso es lo que, en opinión de quien escribe, los condenará a no alcanzar el gobierno si no son capaces de corregirlo.

El votante potencial de Ciudadanos es una buena parte de los españoles, pero Cs no es capaz de entender que no puede coger todo el pastel. La persona a la que le puede gustar el rumbo actual del partido es, a todas luces, o un “bicho raro” dentro de España o alguien que piensa que algo de provecho (todos me entenderéis) va a sacar del asunto. Si no, el lector puede tratar de explicarme quiénes son y dónde están escondidos todos esos individuos que ven bien a unos refugiados y no a otros, que son nacionalistas pero tampoco demasiado; que les da igual Pedro Sánchez que Mariano Rajoy; que, mientras se cumplan sus ideas, les da igual pactar con Podemos que con el PP; que ven importante cambiar la Ley de Violencia de Género pero les da igual que la idea caiga en saco roto porque es impopular; que les gustan lo mismo las grandes empresas que el trabajador común, y creen que lo mejor es satisfacerlos a todos y que eso es siquiera posible; que les parece bien que exista el aborto aunque lo consideren “un fracaso”, como dijo el propio Rivera; que quieren que bajen los impuestos pero tampoco demasiado, lo justito para poder decir que los has reducido; que pueden vivir un mes importante en el terreno político hablando todo el día de gestación subrogada; que no son feministas pero les importan los derechos LGTB al máximo, considerándolos una prioridad en su vida, y acuden -algunos sí y otros no, como es costumbre en Ciudadanos- al Orgullo; y podríamos seguir semanas mentando ejemplos.

En definitiva, Cs puede crear una formación política de diseño, pero no un votante equilibrista en lo que a su ideología se refiere. La inmensa mayoría de españoles tiene sus líneas rojas y las ideas claras, opina cosas concretas -más allá de que las sepa defender o no- y se identifica con los políticos que piensan como ella. Porque eso es lo lógico, ver al representante que vas a votar y entender qué es lo que cree sobre cada asunto. ¿Alguien sabe, de verdad, qué es lo que opinan buena parte de los dirigentes de Cs sobre los temas que más importan a los españoles?

Los votantes son los que son. Entre un 65 y un 75% de españoles votan, y el resto ni están ni se les espera. Un partido político no puede fabricarse fieles de la nada. Ciudadanos, lo acepte o no, tendrá que adoptar el mismo rol que proponen el resto de formaciones políticas: tener un líder reconocible, unas ideas concretas y un equipo medianamente estable, porque eso es lo que gana elecciones; España vota lo que conoce, y los españoles entienden quiénes son Pablo Casado, Pablo Iglesias, Pedro Sánchez o Santiago Abascal, pero no están muy seguros de qué clase de persona es Albert Rivera. Y eso es fácil de solucionar, pero da miedo, porque mostrarnos al mundo tal y como somos es muy complicado.

Como todo, esto es solo una opinión, tan personal como cualquier otra.

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