Colombia se deja la democracia por el camino de la paz

La democracia, al final, es un instrumento más. Creer, a estas alturas, que existe alguna especie de derecho divino a elegir del que gozamos las personas por el mero hecho de formar parte de una sociedad no deja de ser motivo más que suficiente para dudar de la inteligencia de un ser humano. No obstante, como la labor pedagógica es lenta y necesita de muchos (quizá infinitos) ejemplos que quiten la venda de los ojos del ignorante, nunca está de más que se nos recuerde que, lo que el Estado nos da, el Estado nos lo quita cuando quiere.

Como todos sabréis, el gobierno de Colombia tuvo a bien consultar a la ciudadanía sobre el acuerdo alcanzado con las FARC el pasado mes de octubre, en un referéndum que pasó a la historia, al menos a este lado del Atlántico, con el elocuente nombre de “plebiscito de la Paz en Colombia”, y que, para nosotros, o, al menos, para el periodista encargado de cubrir la noticia en “El País”, implicaba que los ciudadanos colombianos tendrían que elegir entre “un salto al vacío” y “ser un ejemplo para todo el planeta”.

No voy a comentar que, como en todos estos temas, los europeos y, en particular, los españoles, no tenemos ningún problema en creernos que nuestro punto de vista es la verdad absoluta y el de los demás una auténtica locura. No era la primera vez ese año que a los periodistas se les caía la objetividad por el camino, ni tampoco la última, pero reitero que ese no es el tema. Lo verdaderamente importante viene ahora, que se ha firmado un nuevo pacto.

La lógica dicta que, igual que se hizo con el primero, este segundo acuerdo que, según el presidente Santos, recoge muchas de las exigencias de los partidarios del “no” a la Paz,  debería ser evaluado por la ciudadanía en un nuevo referéndum, y más teniendo en cuenta que, si efectivamente soluciona los problemas del primero, no debería tener demasiados problemas para pasar una votación que el anterior perdió por tan escaso margen.

Sin embargo, como tantas veces ocurre, la lógica no manda en estos asuntos, y este pacto no va a pasar el escrutinio ciudadano. Llega el momento de las valoraciones, y conforme más pasa el tiempo, más fácil es constatar que el periodismo y el mundo de la opinión a nivel mundial no tiene otra imagen que la del rostro frío e incoherente del patético ideólogo de medio pelo, personaje central del mundo intelectual español.

El ideólogo español es incoherente porque reclama justicia, diálogo, paz y participación ciudadana solo cuando su opción es la que parece que va a llevarse el gato al agua. No hay más que ver que nadie se cuestiona por qué esta vez los colombianos no pueden opinar, por qué tienen que aguantar los dictados de su presidente en un asunto tan importante, como si fueran mantras. Como a la mayoría de los creadores de opinión del país les parece bien el acuerdo, qué más dará que se les haya olvidado hacer una votación. Bien está lo que bien acaba, ¿no?

Ahora empieza un período en el que ensalzar las negociaciones, felicitarnos todos por lo logrado, por la paz, por el consenso, por los pactos, por los acuerdos, por la estabilidad, por el diálogo, y miles y miles de términos más, que tanto nos gusta usar de vez en cuando. Y es ese ” de vez en cuando” lo que realmente importa, la lección que debemos sacar del proceso de Paz en Colombia. Todo es importante… de vez en cuando.

No sé cuál es la verdad, si los colombianos habrían aceptado o no ese acuerdo. Ni siquiera sé si deberían aceptarlo o no. No me parece que sea un juicio que yo deba realizar, pues les corresponde exclusivamente a ellos decidir qué hacer con su país. Lo que sí pienso es que todo este recorrido tiene, como telón de fondo, algo sumamente perverso: la capacidad humana de olvidar nuestros orígenes y reivindicaciones cuando nos conviene.

Otra cosa no, pero creo que alguien que analiza la política debe gozar de buena memoria. Por eso os pido que, cuando os digan que la ciudadanía siempre es lo primero, y que todo debe ser decidido dando la cara ante los habitantes del país, recordéis dos cosas: la primera es que, a veces, hay determinaciones que se toman en soledad, de forma aislada, y cuya responsabilidad hay que asumir individualmente; la segunda, que a la mayoría le suele parecer bien que decidan otros por ella. Incluso los más intrépidos hincan la rodilla cuando entienden que los que mandan pueden llegar a los resultados que ellos mismos desearían de forma más rápida. La subordinación al poder existe siempre que éste se asocie de forma medianamente buena con nuestros deseos.

La Paz en Colombia será paz, sí. Y, seguramente, traiga consecuencias positivas, pero el pueblo colombiano se ha dejado una parte de su soberanía por el camino. El Estado, como gran fundamentación del sistema mundial, le ha vuelto a meter otro gol a la libertad. Y ya van muchos. ¿Cuándo serán demasiados? Quién sabe. Creo, humildemente, que la goleada aún va a ser mucho mayor, antes de que nos demos cuenta de la tomadura de pelo oficial en la que estamos inmersos.

 

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