¿Condenado a decapitación y crucifixión por manifestarse?

¿Existirá, hoy en día, alguien que crea que estamos avanzando hacia una nación global? Si lo hay, debería abrir los ojos. El mundo es, hoy, demasiado cruel, egoísta e interesado como para dejar a un lado la diplomacia y las “buenas relaciones” con quienes atentan contra los Derechos Humanos y abrazar la valentía, esa actitud tan loable y, a la vez, tan esquiva en pleno siglo XXI. Puede que las comunicaciones mejoren, pero la empatía no viaja por fibra óptica.

Mientras estas líneas son escritas, Ali Mohammed Al-Nimr sigue afrontando una condena a muerte en Arabia Saudí. Su pena no tiene justificación: morir decapitado para, después, ser su cuerpo crucificado y exhibido para el resto de “su pueblo”. Todo esto, para más inri, motivado por el enorme crimen que se le imputa en la sentencia; esta dice que “animó manifestaciones a favor de la democracia en Arabia Saudí utilizando una BlackBerry“.

Muchos líderes europeos, como Hollande, Valls o Corbin, han denunciado la situación, pero existe un cierto consenso en torno a la idea de que solo el perdón real lo puede salvar de tan terrible desdicha. La misma persona que tendría que ratificar (lleva pendiente desde 2015) la condena, el rey Salmán, puede anularla, aunque las numerosísimas ejecuciones en el país no sientan un precedente demasiado esperanzador.

El caso de este chico no es más que un ejemplo de la realidad que domina el planeta, más allá de habladurías, bravuconadas y cánticos exaltados. La Comunidad Internacional, sabedora de que no puede hacer nada y de que este tipo de hechos no hacen más que demostrar la volatilidad de su poder, prefiere mirar hacia otro lado, hacer como si Ali no existiera. Llevan ya años disimulando.

¿Cuánto tiempo llevas escuchando hablar de la dictadura venezolana, o de las supuestas locuras de Putin en Rusia? Las actitudes de Nicolás Maduro llevan siendo denunciadas años, y se considera al país latinoamericano un ejemplo de mala gestión, corrupción y desequilibrio de poderes, de la misma manera que a Putin se le acusa de intolerante, homófobo y racista.

¿Alguna vez habéis escuchado a Putin o a Maduro pedir 1000 latigazos para un bloguero? ¿Acaso Rusia o Venezuela permiten que hombres hechos y derechos se casen con niñas de 7 años a las que luego convierten en esclavas sexuales? ¿Se le ha ocurrido alguna vez a alguno de estos países de los que tanto escuchamos hablar crucificar a alguien? ¿Está acaso impuesto un sistema de tutela masculina a las mujeres en esos países, o se admiten delitos de “magia y hechicería” como motivos para decapitar a un ser humano? No, claro que no.

El principal problema es que, como siempre, la Comunidad Internacional aparece y desaparece según le conviene. Cuando el “Presidente” de Corea del Norte amenaza desde un país extremadamente pobre con lanzar una bomba atómica que nadie se cree que tenga, la prensa se lleva las manos a la cabeza, pero nadie tiene demasiado interés en hablar de las continuas hambrunas que tiene que soportar su población, o de lo increíblemente penoso que es que en pleno 2017 haya aún países en los que la población tiene restringido el acceso a Internet, tal y como si vivieran en una burbuja.

Podríamos continuar enunciando ejemplos hasta el fin de nuestros días, pero la conclusión ya ha quedado clara: ni hay justicia en el mundo, ni la habrá hasta que le podamos dar la vuelta al sistema actual.

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