Dramas humanitarios “para todos los públicos”

Si algo me ha sorprendido siempre es la forma tan inocente con la que las personas suavizamos las elecciones informativas de la prensa. Dada la locuacidad y, por qué no decirlo, la dureza con la que todos los bandos criticamos las acciones de los gobiernos que no nos agradan, no deja de ser curioso que no hagamos lo mismo con el periodismo o, como mínimo, no seamos tan insistentes. Al fin y al cabo, a diferencia de un equipo de gobierno, que tiene una línea marcada y unas tendencias que, aunque nos molesten, todos admitimos como lógicas dentro del juego político, la prensa no debería tener esa “carta blanca” moral a la hora de exponer o esconder temáticas importantes.

Por algún motivo, hechos como la sobreexposición de determinados desaparecidos -por poner un ejemplo reconocible- y la ocultación del resto no nos parecen merecedores de tanta censura moral como una declaración del político de turno. No son pocas las personas que aceptan, con una facilidad pasmosa, la consigna de “la prensa te enseña lo que es más rentable”, u otras aún más desagradables como “la prensa vive del sensacionalismo”. Los españoles -pues desconozco la situación en otros países- convivimos, día a día, con supuestos profesionales a los que reconocemos como deshonestos e interesados y, lejos de censurarlos y presionarlos con fuerza, como haríamos con cualquier otra persona, les hacemos continuos lavados de imagen en forma de altísimas audiencias, dedicando buena parte de nuestro día a consumir sus contenidos.

En el mundo, hoy en día, hay multitud de dramas que merecen nuestra atención, y hechos verdaderamente relevantes que no son estudiados de forma digna por quienes, en teoría, se encargan de proporcionarnos un servicio valioso, como es la información. Sin pensar demasiado, los problemas enormes en Venezuela, la crisis nicaragüense, el ascenso del partido ultraderechista Demócratas Suecos para las elecciones de dentro de unos días en Suecia o, para qué negarlo, los asuntos norteamericanos merecían algo más que sucintas menciones -en el mejor de los casos-. Nuestros reportajes sobre lo que ocurre a lo largo del mundo son insuficientes, básicos y carentes de todo rigor, y es algo que merma nuestra capacidad de entender lo que nos rodea. Por algún motivo, esto que estoy diciendo no parece importarle a nadie.

Cuando hablo de “dramas humanitarios para todos los públicos”, me refiero a esa enorme multitud de situaciones que se viven a nivel mundial que son tratadas con una brevedad insultante por nuestros medios de comunicación o que, incluso, son omitidos en infinidad de ocasiones -excepto en campaña electoral, como el mítico ejemplo venezolano-. Vivimos rodeados de dramas humanitarios, pero la cobertura mediática los convierte en temas con los que los españoles podemos vivir, por decirlo de alguna manera. ¿Acaso alguien se cree que, si sacamos el doble del tiempo a Carmen Calvo que a una mujer venezolana diciendo que no tiene qué darle de comer a su hijo, estamos haciendo lo correcto? ¿Es eso darle el tiempo merecido a cada situación?

Imagino -suelo hacer muchos artículos y luego los publico en otro orden, no me lo tengáis en cuenta- que, cuando suba este escrito, ya estará en línea el correspondiente a la salida de Franco del Valle de los Caídos. Pues bien, ese hecho es representativo de la hipocresía de nuestra prensa: ¿en un país con un paro enorme, donde los jóvenes no pueden trabajar, donde nuestros mayores no tienen pensiones dignas, de verdad es de recibo dedicar tantísimo tiempo al cadáver de una persona? Sé que habrá muchos que me recuerden que la salida de Franco será un acontecimiento incluso para la prensa internacional, pero la clave es que lo habrá sido ahora que se ha aprobado, lo será dentro de unos meses cuando se efectúe finalmente y, si da lugar a algún episodio memorable, los principales telediarios a nivel mundial se harán eco de ello en los días siguientes -explicando las tensiones sociales provocadas, por ejemplo-. Dicho de otra manera, la salida de Franco ocupará los tres espacios que debería cumplir toda noticia: antecedentes, hecho concreto y reacciones.

Esto, que es de lo más normal, es radicalmente distinto a lo que suele suceder en nuestro país. Aquí, los temas peliagudos son tratados con enorme cuidado. El tratamiento de las noticias especialmente relevantes suele ser bastante limitado: una ligerísima ristra de antecedentes nombrados sin explicarlos demasiado, seguidos por lo ocurrido y por un par de comentarios. Es lo que suele ocurrir con decisiones de geopolítica -las tensiones de Trump con China-o dramas humanitarios -Nicaragua, Venezuela-. Es como si no hubiese tiempo para interesarnos por una relación completa de las tensiones entre dos países, o por las políticas que han llevado a una huelga general, o por las decisiones tomadas por Maduro para salvar la maltrecha economía de Venezuela. Eso es lo que nos ha llevado a un país donde la mayoría sabe que se va a exhumar a Franco mientras desconoce qué está pasando, hoy en día, en Venezuela.

Reflexionaba, hace no muchos días, con la extrema claridad y contundencia que han tenido muchas campañas gubernamentales para apoyar el fin de los accidentes de tráfico, o para concienciar a la ciudadanía de la necesidad de dejar de fumar. En una sociedad donde, cada vez que se fuma un cigarrillo, el adicto tiene que ver una lengua dañada por el cáncer, o donde nos recuerdan, con vídeos increíblemente dramáticos, los peligros de beber antes de coger el coche, es muy probable que la prensa piense que una exposición prolongada a situaciones reales de crisis humanitaria nos llevaría a una cierta crisis social. Y lo peor es que, en el fondo, creo que algo de razón no les falta.

Tenemos un país donde -con todos mis respetos para las víctimas- 48 mujeres asesinadas por violencia de género dan derecho a acuñar el calificativo de “terrorismo machista”, así como a promulgar leyes apocalípticas. ¿Qué seríamos capaces de pensar si, como hacen con estas cifras, nos recordasen día a día que, habiendo un 10% de extranjeros, éstos cometen más del veinte por ciento de los delitos en nuestro país? ¿Y si nos insistieran en que el suicido fue el final de la vida de más de 2500 hombres en 2016 de la misma manera que nos recuerdan que el machismo mata a un número muy inferior de mujeres? Son dos datos igual de tendenciosos -y matizables, y explicables sin necesidad de ser sensacionalista- que los que sí nos llegan, y sirven solo para que os hagáis una idea de la cantidad de cifras que, usadas sin ton ni son por personas maliciosas, podrían provocar enormes problemas sociales e histeria colectiva.

La culpa de que la información que nos ofrece la prensa sea incompleta e indigna de un país desarrollado es compartida entre unos horribles profesionales y una ciudadanía que tiende a la locura cada vez que escucha un dato preocupante. ¿Cómo vamos a avanzar como nación si, cada vez que nos dicen una verdad, reaccionamos como si hubiese llegado el Apocalipsis? ¿Cómo nos atrevemos a quejarnos de que nos traten como a niños pequeños? Sólo madurando podremos merecer la oportunidad de hacernos cargo de la vida real en todas sus dimensiones. Y, si no nos damos prisa, el mundo nos pasará por encima, como tantas veces ha hecho, y seremos los mismos idiotas que, una vez llegada la catástrofe, se preguntan, con los brazos al cielo: “¿quién se lo iba a imaginar?”

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