El futuro de la valla de Ceuta y Melilla: dos alternativas coherentes y una salida desesperada

Lo de la Valla de Ceuta y Melilla no es un asunto novedoso, ni mucho menos: estamos hartos de escuchar, semana tras semana, los continuos intentos, por parte de personas que buscan un mejor futuro, de superar el límite que separa los territorios de Marruecos y España a través de las famosas vallas. Sin embargo, el país está revolucionado desde la entrada en el gobierno de la izquierda, y todo parece que haya que inventarlo de nuevo, de manera que los límites del Estado español vuelven a estar en entredicho. Si ya el ministro Marlaska hablaba de retirar las concertinas -colocadas por Rodríguez Zapatero-, y muchas organizaciones clamaban contra el uso, por parte de la Seguridad española, de mecanismos poco ortodoxos para reprimir los saltos de inmigrantes, me parece que es menester llevar el debate a otro nivel.

No me refiero, ni mucho menos, a defender la colocación de un enorme muro, como propone el partido político Vox -sí, me atrevo a nombrarlos, no como la prensa tradicional- en lugar de la valla, ni a entrar en si los ataques a la frontera son más o menos frecuentes ahora que cuando gobernaba el Partido Popular; ni siquiera deseo valorar si los inmigrantes utilizan, hoy, métodos más o menos merecedores de censura que en años anteriores -pese a que, por supuesto, defiendo que los problemas de la Guardia Civil para mantener el pulso migratorio tienen mucho más que ver con la política de lo que parece-. Reitero que quiero hablar de la valla de Ceuta y Melilla como creo que, al menos por una vez, deberíamos tratarla: como un instrumento de control fronterizo que debe existir o desaparecer, pero que no puede permanecer en el limbo por más tiempo.

Los argumentos tradicionales de la izquierda tienen mucho que ver con lo que quiero plantear: los inmigrantes son necesarios para que la economía y la natalidad fluyan adecuadamente, así como personas que merecen una oportunidad y que huyen de la guerra y de la miseria. La derecha, por el contrario, parece pensar que, en la inmensa mayoría de casos, quien intenta saltar la valla debe ser detenido, pese a que eso no evita que más de uno -y de cien- hayan cruzado nuestras fronteras cada año bajo el gobierno del PP. La pregunta que quiero plantear es simple: ¿para qué se supone que queremos que sirva la valla? No, incluso: ¿qué significa la valla?

Puede parecer una pregunta baladí, de respuesta fácil, pero pienso que no lo es tanto. Como liberal, reconozco que tengo el defecto de que no me sirven las medias tintas. Una valla, para mí, es un límite. Si, en mi vida cotidiana, sé que no puedo entrar en la casa del vecino y quedarme a vivir en ella cambiando la cerradura -en realidad sí puedo, tristemente, pero pongamos que viviésemos en un país del primer mundo-, es normal que espere, en caso de que infrinja esa norma, que caiga sobre mí todo el peso de la ley, pues la consigna era meridianamente clara desde el principio: no puedo pasar. Si la valla es un límite, todo inmigrante que la supere debería ser ilegal y, por ende, devuelto al otro lado. Esa es una postura que me parecería coherente.

No os preocupéis, que os veo venir. Hay otra opción que me parece lógica también, y que seguro que es el sueño de muchos de los lectores: retirar la valla. Es posible que incluso la izquierda me considere un loco, pero me gustaría que me explicaran cuál es el fondo de su razonamiento: si hay cientos de miles de personas en África merecedoras -todas, honestamente no me cabe la menor duda de ello- de un futuro mejor, que creo que es algo que piensa toda la izquierda e incluso yo considero una verdad evidente, no veo el motivo por el que negarles esa posibilidad si partimos de la base de que nos gustaría que los que tratan de saltar la valla triunfen en su propósito. Dicho de otra manera, si nos quejamos de que a gente capaz de superar seis metros de altura y concertinas se les trate de detener de alguna forma poco ortodoxa -contando con su demostrada capacidad física-, no veo cuál es el motivo por el que los que piensen así podrían negarse a dejarlos entrar. Habrá muchos que me recordaréis, ahora, que ha habido miembros de Podemos que han defendido la retirada de las vallas, pero coincidiréis conmigo en que la medida está enormemente lejos de ser aplicada, y que se trata, por ende, de un apoyo meramente propagandístico.

Ahora que ya nos hemos quedado todos en shock, y estáis todos, por un motivo u otro, en desacuerdo conmigo, diré que acabo de escribir una pequeña mentira: sí veo una posible explicación a que ni la derecha ni la izquierda acaben de ser consecuentes con el tema de las fronteras -reitero, con la salvedad de Vox-. Las vallas son una barrera física extraordinariamente útil para España: permiten seleccionar a las personas que pueden entrar a nuestro país en base a una serie de parámetros enormemente relevantes para la actividad económica. Seguro que ya sabéis por donde voy.

No decidirse a considerar la valla una frontera absolutamente inviolable o a eliminarla responde a un interés eliminatorio: ni los niños pequeños, ni las mujeres en la inmensa mayoría de casos, ni los ancianos, ni los discapacitados, pueden superar un asedio policial mientras escalan una valla de seis metros de altura con concertinas en la parte superior. Sé que muchos pensaréis que estoy cayendo en el sensacionalismo, pero me gustaría que me explicaseis, si esto no tiene sentido, por qué la valla está en un limbo legal. ¿No es, acaso, un buen mecanismo para asegurarnos de que quienes entren en el país sean personas de las que gustan a las grandes empresas? Varones, de entre dieciséis y cuarenta y cinco años -por poner una cifra, para que nos entendamos-, con una buena condición física y habilidades y, cómo no, ávidos de trabajo y de mejorar su situación personal y familiar. Son los ingredientes perfectos para un buen trabajador precario.

Con esto, por supuesto, no quiero decir que la derecha y la izquierda sean conscientes, ni muchísimo menos, de las implicaciones de sus ideas, ni que George Soros esté metiendo sus fauces en Ceuta y Melilla para traerse mano de obra esclava a Europa. Soy perfectamente consciente de que, como la inmensa mayoría de temas en España -los desahucios, las ayudas sociales, las relaciones sexuales, la piratería-, la valla de Ceuta y Melilla está fuera de toda polémica profunda porque, simplemente, nos sentimos más cómodos analizando estos temas “en caliente”. Hay que admitir que, en realidad, nos encanta tener siempre estas problemáticas en liza para enzarzarnos en discusiones absurdas los unos con los otros, y que adoramos que, dependiendo de cómo se porten los inmigrantes al saltar la valla, o de cómo de majo sea el okupa y lo mucho o poco que gaste la luz que está robando, o de lo mucho o poco que piense el hombre en sus privilegios a la hora de la penetración, podamos pensar una cosa u otra de estos asuntos con total impunidad argumentativa, sin perder ni una pizca de nuestro estatus como pensadores y sujetos merecedores de atención.

Por supuesto que asumo que casi todo en esta vida tiene matices, pero no entiendo cómo las fronteras pueden tenerlos. Si tu entrada en mi país se produce en contra de las normas y, aún así, te dejo entrar porque se me echa la calle encima si te expulso, ¿en qué clase de sistema legislativo se supone que estoy dejando que vivan mis ciudadanos? Tal vez carezca de los instrumentos intelectuales -o, dicho de otra manera, de la extraordinaria capacidad de otros de salirse por la tangente- necesarios para ver este tipo de dilemas de otra manera, pero creo que no carezco de la honestidad suficiente como para considerarlas discusiones absolutamente dicotómicas, por un motivo muy sencillo: no me creo que sea yo quién -y recelo de quien piense en sí mismo con esa prepotencia- para decidir, caso por caso, qué individuo merece o no que haga la vista gorda en lo que a las normas se refiere.

Me niego a creerme con el derecho de mirar a los ojos a una persona que está sufriendo y decirle que no se merece una oportunidad porque sus circunstancias no son las que a mí se me ha ocurrido que necesita alguien para considerarse “refugiado”, y tampoco quiero convertir esto en un sistema parecido al de las opresiones, como si fuese una partida de póker a ver quién ha tenido una vida más espantosa y, por ende, se merece mayor compasión. Por eso, si de mí dependiese, la decisión debería ser una u otra. Valla sí, o valla no. Y nada más.

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