El mundo desde la perspectiva de Carmen Calvo

Siempre que hablamos de una figura pública -lo habréis notado alguna vez-, prefiero referirme, inicialmente, a elementos de su biografía que nos ayuden a entenderla. Carmen Calvo, Vicepresidenta del Gobierno y Ministra de la Presidencia, Relaciones con las Cortes e Igualdad, es una de las figuras políticas que mayor relevancia está tomando en los últimos tiempos en España, pero goza de un amplísimo historial de deslices curiosos que, seguramente, explican sobradamente el papel que está desempeñando en el ejecutivo actual. Como es una lista más que divertida, permitidme ilustrarla de esa manera y no a través de un amplísimo párrafo:

-Mi favorita: pronunció la famosa frase “Estamos manejando dinero público, y el dinero público no es de nadie”, una de mis citas preferidas cuando intento convencerme de que tampoco estoy tan desubicado en la vida.

-“La violencia contra las mujeres es el principal problema de España, así de claro”, es otra de sus citas célebres, que le ha valido -probablemente- para ser la Ministra de Igualdad.

-Fue ministra de Cultura, y tiene en su haber deslices como confundir la expresión latina “dixit” con Dixie, reprendiendo a un senador por, supuestamente, haberla ridiculizado llamándola como dicho personaje animado.

-Nos recordó, también, que había sido cocinera antes que “fraila”, siendo ésta, probablemente, una de sus primeras aventuras en el truculento mundo del lenguaje inclusivo.

-Le pidió a Bill Gates, en una de sus reivindicaciones más célebres, que acuñase la Ñ en la red -yo tampoco estoy muy seguro de a qué se refería.

Supongo que es suficiente con esto para darnos cuenta de que estamos frente a una celebridad política de primer nivel. Sin embargo, su nombramiento en puestos de tanta responsabilidad no ha chirriado por sus jocosos deslices como Ministra de Cultura, ni siquiera por su concepción algo liberal del dinero público. Ha conseguido, en estos meses como Ministra de Igualdad, dejar todos sus errores y erratas previos a la altura del betún. Incluso para una persona tan maniática en lo que a la hemeroteca se refiere, debo admitir que su actuación política supera, por mucho, mis expectativas más funestas.

En primer lugar, Calvo no ha dudado estos últimos meses en promover, desde el Ministerio de Igualdad, una visión más que radical de la violencia de género. La segunda frase que he rescatado de ella, en la que consideraba que ésta era el principal problema de España, se ha materializado en una perspectiva ciertamente contundente en lo que a la lucha contra la violencia se refiere, pero enormemente dudosa respecto al buen juicio de su aplicación. La punta del iceberg es su aceptación de la consigna “solo sí es sí”, enmarcada en una legislación que toma las peores ideas del debate sobre el machismo y pretende convertirlas en norma. Carmen Calvo, desde su atalaya moral y su infinita sabiduría, se atrevió a afirmar, inclusive, que, si una mujer no decía expresamente que sí, estaba radicalmente en contra de lo que se estuviese proponiendo.

Su perfil, aparte de sus preocupantes coqueteos con el feminismo más descerebrado, se completa por la extrañísima actitud que adopta frente a todo tipo de temas. Sus razones y convicciones más profundas parecen estar en un conflicto interno permanente, y eso se nota si analizamos sus intervenciones en prensa en las últimas semanas. Si hay un caso paradigmático, sería el de calificar como “agenda cultural” el viaje de Sánchez con su mujer al FIB a disfrutar de un concierto de The Killers. Sería lógico dejarlo en un desliz propio del deseo de caerle bien a quien le da de comer y de conservar su estatus, si no fuese porque la que trata de desmantelar la polémica otorgándole el carácter de “cultural” a un simple acto lúdico, alejado de las responsabilidades, de Pedro Sánchez, es ni más ni menos que una ex Ministra de Cultura.

Por si no fuese suficiente con su capacidad de prostituir sus prioridades pasadas en pos de defender su lugar actual, no hace falta remontarse a su etapa como miembro de un gabinete anterior para encontrar otras contradicciones. Basta con acordarnos de que la misma mujer que reivindicaba la necesidad del sí expreso para confirmar el deseo sexual femenino es, ahora, la vicepresidenta que acusa al Partido Popular de hacer demagogia al decir que, probablemente, Quim Torra pretendía expresar su deseo de atacar al Estado español a través de la frase “hay que atacar al Estado español”. Dicho de otra manera, parece que Carmen Calvo considera que expresar explícitamente lo que deseas hacer es una necesidad y una prueba suficiente en unos casos y no en otros, como si la prevención de la rebelión dentro del Estado fuese un asunto menos importante y más matizable que las prácticas sexuales y conversaciones de cama del ciudadano medio.

Tal vez haría bien en preguntarme si la señora Calvo tiene problemas para discernir la realidad de sus fantasías, o si es solo una hipócrita rodeada de un círculo de admiradoras de lo más desagradable, pero prefiero quedarme con la parte que me parece más relevante del asunto: este tipo de personajes gustan a buena parte de la ciudadanía española. De hecho, voy a subir la apuesta: lo preocupante de verdad es que un partido político con la larga historia que tiene el PSOE se preste a dejar la vicepresidencia en manos de una persona como Carmen Calvo -tampoco es pequeño el peligro que supone colocarla como Ministra de Igualdad-. No creo que poner los mandos de un instrumento de acción política tan importante como el PSOE en manos de personas como nuestra vicepresidenta sea una opción razonable, pero entiendo que se enmarca en una tendencia creciente en la izquierda.

Tal vez sea Podemos el fenómeno que creó esa diversificación de lo que entendemos por una persona dedicada a la política o, más bien, el que más popularizó la extraña necesidad de que todo el mundo sintiese que tenía un representante público a su alcance. El argumento era interesante, en cierto modo: en la calle había todo tipo de personas, mientras la política era, para ellos, un terreno profundamente homogéneo en el que todo el mundo era de clase alta, gozaba de una buena educación y repetía proclamas en favor de las grandes empresas de forma más o menos explícita. Esa forma de pensar emerge, probablemente, del mismo lugar del que viene la idea de la representación igualitaria por sexos en las empresas o de las cuotas raciales en las películas, todos conceptos basados en la visibilidad mayor o menor de colectivos creados y fundamentados en valores más bien superficiales.

Para poder entender el dolor de las razas debías pertenecer a ellas. Para defender a las mujeres, quién mejor que una mujer. Para mejorar la vida de los pobres, quién mejor que los pobres, y así sucesivamente, se está tejiendo una red de cerrazón intelectual que, a mi juicio, es muy preocupante. La compasión y la empatía quedan desmanteladas poco a poco, volviendo a lógicas que parecían superadas -la del rico que solo piensa en sí mismo, la de la mujer que debe ser protegida de los peligros de un mundo cruel…- y enterrando el sentido común en un hoyo que es mejor cuanto más profundo sea y escondido se encuentre.

En este ambiente florecen posturas como la de Carmen Calvo, en una especie de tribus con sentido de grupo arraigado que se sienten mejor cuanto más selecta es su membresía. El identitarismo no es, de por sí, algo que merezca rechazo de antemano, pero no se puede convertir en el baremo que todo lo mide, ni las políticas identitarias deben ser la base de lo público. Carmen Calvo y sus ideas ya estaban superadas, pero parece que habrá que derrotarlas de nuevo.

Dejar un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *

Una idea sobre “El mundo desde la perspectiva de Carmen Calvo”