El Valle de los Caídos, un paso más en el camino

El Valle de los Caídos y, más concretamente, la tumba de Franco albergada en él, se ha convertido en un problema del año 2018 de forma progresiva. Al principio, no era más que una discusión vieja con argumentos de otros tiempos; personas que parecían venidas de épocas pretéritas discutiendo sobre si el Valle era digno de ser conservado o si debía ser modificado en mayor o menor medida. En ese momento, plantear incluso la demolición no era una locura, pero los meses pasaban y las variadas demandas de los tertulianos y las redes sociales no se materializaban en nada concreto. Como el lector sabrá, todo esto ya ha cambiado: las diferentes ideas sobre el futuro del monumento se han dado una tregua y han adoptado un primer objetivo común: sacar a Franco del Valle de los Caídos.

Con ese propósito, se ha establecido todo un aparato argumentativo en torno a lo ilógico que resulta que un “dictador genocida” se encuentre enterrado en un monumento histórico del Estado español. Haciendo uso del simbolismo y de la comparación, se nos ha explicado que sería lo mismo que encontrar, en Alemania, la tumba de Hitler envuelta en honores, o la de Mussolini en Italia. La memoria de las víctimas de la guerra y la represión ha sido evocada como argumento más que sólido: es fácil, para todos nosotros, entender lo doloroso que sería tener a nuestro padre enterrado en cualquier lugar recóndito y a su asesino descansando cómodamente como un héroe.

Lo curioso viene cuando el mayor adalid de la memoria histórica a día de hoy es el PSOE, y tenemos que escuchar a políticos de profesión, como Adriana Lastra, ilustrarnos acerca de lo urgente que es desenterrar a Francisco Franco, aludiendo a unos supuestos “cuarenta años de retraso” que España tendría en lo que a memoria histórica se refiere. Y digo que es una forma peculiar de valorar el pasado del país precisamente porque viene de un partido que ha gobernado España durante la mitad de esos años, y ha sido el principal partido de la oposición en el resto de ellos. Cualquiera diría que el PSOE de Pedro Sánchez amaga con un profundo propósito de enmienda, y que nos sorprenderá en breves con una petición pública de perdón por sus cuarenta años de fascismo, lo cuál, viendo lo sensibles que nos estamos poniendo todos con nuestros privilegios, tampoco sería tan descabellado.

En fin, el caso es que, cuarenta años después de la muerte de Franco, su cadáver monopoliza la escena política, y eso no deja de ser reprochable. Para los liberales, entre los que tengo el gusto de incluirme, la posición geográfica del antiguo Generalísimo es algo bastante irrelevante o, al menos, creo que debería serlo: moralmente, la lucha contra los totalitarismos que caracteriza al liberalismo no debería convertirse en una excusa para revisar una y otra vez los relatos históricos, sino en la motivación para una acción política que afronte los problemas actuales de la sociedad. Dicho de otra manera, es más provechoso para los liberales tratar de revocar impuestos abusivos, o leyes injustas, en pleno 2018 -máxima teniendo en cuenta lo nulos que son nuestros progresos en esa materia-, que ocuparse de los huesos de un hombre a quien los que convivieron con él ya combatieron de la mejor forma que pudieron y/o supieron.

La oposición radical a sacar a Franco del Valle no tiene otro objetivo, en mi caso, que poner el foco en lo verdaderamente importante: tenemos un país con multitud de retos y problemas que pertenecen al siglo XXI. Es verdaderamente irresponsable, para con las víctimas del sistema actual -de la precariedad o del mercado laboral, por ejemplo-, hacerles ver que su dolor es menos agudo que el de los que padecen por unos acontecimientos que, veinte años atrás, nadie evocaba como fuente de reflexión política. Se trata de establecer prioridades, y de ser justos con el mensaje que se ha dejado a la sociedad durante los últimos años: la izquierda ha repetido que estamos “en una situación de emergencia social”, y dudo mucho que levantar la lápida de Franco sea la urgencia más extrema a la que nos enfrentamos.

Entroncando con esta idea, el problema esencial es que, de Franco, se puede pasar a lo que se quiera a continuación: la cruz, el Valle en su conjunto, las placas de las calles, los jueces de la época franquista, funcionarios afines a partidos de extrema derecha, mandos militares alineados con posturas de añoranza de épocas pasadas, y así hasta el infinito y más allá. Porque el PSOE sabe que, en una situación complicada como la que hoy afrontan, es bueno tener una herramienta de distracción bien engrasada, y no se desharían del “comodín Franco” si no tuviesen preparados miles de temas similares. Ése es el principal problema, y no el traslado de un cuerpo, que es un asunto en el que buena parte de la sociedad estaría de acuerdo y levantaría poco enfrentamiento si se hiciese con tacto, respeto y calma. Porque las heridas históricas, igual que las sociales, cicatrizan muy mal y se abren con poco, y usar la barbarie producida por volver a tirar de la “caja de Pandora” de la Guerra Civil como escudo protector demuestra más bien poco talante político.

En definitiva, todo esto forma parte de un ciclo que se hará cada vez más constante y desagradable hasta que explote por algún lado; crear fetiches de la nada empieza a ser muy sencillo: encuentras una persona que haya sufrido por un tema, conviertes su sufrimiento en algo inadmisible y convences al número adecuado de personas de que ese individuo necesita la atención más urgente del mundo. A veces, es tan patético como si -metafóricamente hablando- hubiesen estado observando a alguien agonizando en la calle y se diesen cuenta de lo impostergable que era ayudarlo precisamente en el momento en que muere. Sentimiento de culpabilidad al canto, porque eso es lo que crea el anacronismo de querer solucionar padecimientos pasados con los medios actuales. Nunca vamos a ser suficientemente justos, porque el mismo procedimiento que seguimos está viciado en su seno:

  1. Analizamos qué problemas sociales hay en un momento concreto.
  2. Elegimos el menos urgente de todos. Preferiblemente, uno para el que ya no haya cura.
  3. Nos afanamos en su solución hasta que, al fin, hacemos un apaño y nos quedamos satisfechos.
  4. Cuando hemos acabado, nos damos cuenta de que tendríamos que haber ayudado a otra gente que aún tenía algo que perder.
  5. Como nos sentimos culpable por haberlos abandonado, conseguimos que la sociedad en su conjunto se sienta como una basura.
  6. Conseguimos la legitimidad para repetir el proceso, y volvemos al paso 1.

Hasta que no cambiemos esta dinámica, vamos a seguir viviendo en una bacanal asquerosa, llena de arrepentimiento, odio y asco. Y lo peor es que, en ese “via crucis” amargo e interminable, tampoco vamos a conseguir ser mejores personas. La irresponsabilidad nunca va a ser el camino.

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