“La Reina de España” no fue ni reina, ni de España

Creo que ya se puede, a estas alturas, hablar del fracaso de la última película de Fernando Trueba. Con un presupuesto de unos 11 millones de euros y menos de 400000 euros recaudados en su primer fin de semana, contando, además, con un cartel plagado de estrellas y una publicidad (sea esta buena o mala) de lo más generosa, no se puede negar que el último proyecto de Trueba no podrá ser recordado por su rentabilidad. Se podría discutir si cuenta, o no, con otras virtudes, pero creo que ese es un tema que no me compete valorar a mí.

Mi papel es, únicamente, comentar lo que, a nivel cultural, social y, quizá, ético, se puede extraer de los resultados obtenidos por una película que prometía un éxito considerable. Para empezar, afirmaré que, con boicot o sin él, Fernando Trueba ha cometido un error que jamás debería cometer nadie cuyo porvenir en el trabajo dependa de forma directa de la aprobación del gran público: poner a una parte del país en contra suya.

Es verdad que España no es el país más patriótico del mundo. A la mayor parte de españoles no les agradan sus tradiciones, ni las costumbres, ni las celebraciones o, al menos, no muestran interés por defenderlas. Todos renegamos habitualmente del tipo de símbolos que contienen nuestras festividades y, directamente, de lo que se celebra en ellas, reinterpretando día tras día nuestra historia. Este es, desde luego, el país más propicio para opinar igual que Trueba, aunque ahora se arrepienta.

No sé si su error fue ser demasiado poco comedido con sus declaraciones. Quizá, incluso aquí, exista un límite a la hora de despreciar a España. Puede que casi nadie salga a la calle a defender la cultura española, pero tal vez, y repito, solo tal vez (pues hablar de un boicot efectivo no es más que darle a una suposición la calificación de verdad objetiva), incluso aquellos que habitualmente reniegan de ser españoles hayan creído que Trueba se había excedido. A mí, personalmente, me da exactamente igual si el cineasta se considera español o si, por el contrario, lleva toda su vida aquejado del complejo de querer ser francés. No me interesa.

Lo que sí que me importa es que es alguien que ha vivido en mi país. Que ha conocido todo lo que España tiene para ofrecer. No solo ha gozado de una prolífica carrera y del reconocimiento de la ciudadanía, sino que, además, tuvo el honor de ser galardonado con el Premio Nacional de Cinematografía. Y, aún así, ni siquiera en ese momento pudo dejar de ser maleducado. Porque no, decir lo que dijo no es ser provocador, ni atrevido, ni valiente. Es, simplemente, falta de decoro.

Para los no entendidos, recordar que el decoro, en el terreno de lo lingüístico, hace referencia a la falta de adecuación entre lo emitido y el emisor. Es el error que comete un escritor cuando pone a un campesino, descrito como ignorante por él mismo, adornado con un lenguaje grandilocuente y lleno de terminología técnica. Fernando Trueba hizo exactamente lo mismo. No adecuó sus palabras a la situación en la que estaba. Fue rebelde cuando no tocaba.

Se pueden hacer miles de discursos reivindicativos sin caer en la soberbia de creer que uno es, en sí mismo, más importante que sus circunstancias, que no tiene por qué atender a los condicionantes. Nadie está más allá del bien y del mal. Si bien apoyo su idea de que no se tiene por qué apreciar a un artista más que a otro por compartir nacionalidad con él, y respeto sus opiniones en este sentido, creo que no eran, ni el momento, ni el lugar para expresarlas.

Pienso, de hecho, que el mayor problema del artista radica en que tiene una doble función: por una parte es un creador que tiene que agradarse a sí mismo y, por otro lado, tiene latente la necesidad de vender sus obras a los demás. Es la dicotomía de la que no pueden escapar ni los escritores, ni los cineastas. Si bien son valiosos para el país por el mero hecho de crear, y pueden llegar a pensar que no hay nada más importante que su punto de vista, la gloria definitiva llega con el reconocimiento ajeno. Es, digamos, la parte más existencialista de la creación artística, ese contacto con el otro que convierte un simple proyecto en algo digno de recuerdo y admiración.

Hay muchos autores que no entienden esto. Entiendo que estén dolidos porque su arte se ve limitado por el presupuesto, o porque no tienen el apoyo suficiente como para garantizarse el triunfo sin necesidad de acertar completamente con aquello que hacen. Es doloroso perder cuando se apuesta todo a una única jugada, y aquel que vende o expone una obra completa no tiene más remedio que tomar ese riesgo. Si le sale bien, todo el país gana junto a él y, si sale mal, se queda solo en la melancolía.

Sin embargo, deberíamos ser todos más humildes. Incluso si la vida, muchas veces, es injusta, y aún reconociendo que es verdad que el mundo de la cultura en España no recibe demasiada atención, probablemente tenga mucho que ver con que los genios no abundan. Es algo generalizado en la Europa actual, la de los estándares, la de la igualación por abajo, la de la mediocridad. Nos sorprende que alguien consiga algo extraordinario, y no creemos nunca que podamos ser nosotros.

Por eso, cuando alguien lograalgo mínimamente grande, lo consideramos indestructible, imparable, sin darnos cuenta de que la genialidad se construye día a día. Un estratega no puede vivir toda la vida de una sola batalla, y tiene que tener la mente despierta siempre para ganar la siguiente. ¿Por qué no admitir que los españoles leen poco, pero que aún así hay libros superventas? Películas con presupuestos escasos que logran recaudaciones de cientos de millones de euros, humoristas que consiguen llenar teatros semana tras semana, como “No te metas en política”… Nadie tiene la culpa de la falta de acierto de los demás.

La vida es llevarnos a nosotros mismos a nuestra máxima expresión. Jugar con riesgo. Admitir que nadie tiene por qué elegirnos a nosotros. Fernando Trueba no se siente español. Los españoles no se sienten con ganas de ver su película. Que le pregunten a “Animales fantásticos y dónde encontrarlos” si se puede hacer que los españoles vayan a las salas de cine.

Quien una vez no supo ganar, no extraña que, ahora, no sepa perder. El boicot, la falta de ayudas, el desprecio al cine español, el IVA cultural… ¿Quién es el culpable de que la reina de España no sea ni reina, ni de España?

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