Los extremismos NO existen

La política a nivel mundial es terriblemente aburrida. Es como un juego de ver quién es capaz de llegar más lejos engañando. Desde sus inicios, la democracia no es más que una enorme ironía disfrazada de sentido común, una burla que provoca la risa estridente de aquél que sabe que juega con ventaja desde el principio. ¿Alguien se ha parado a pensar cómo era el mundo antes de que personajes públicos como Donald Trump pudiesen siquiera soñar con ocupar la Casa Blanca?

Ayer, cayó Matteo Renzi en el prometedor referéndum de Italia. Si la Europa de siempre (que lleva cuatro días si somos francos, pero ya se siente como si existiera desde hace eones) respiraba con la victoria de Van der Bellen en Austria, las noticias que llegaban desde el país transalpino hacían saltar todas las alarmas. Se preveía que Renzi perdiera, pero no de una forma tan contundente.

¿Cuántas cosas han pasado este año, verdad? Si nos hubiesen dicho, el 1 de enero de 2016, que el Reino Unido votaría para salir de la Unión Europea, que la paz en Colombia tendría al final que ser impuesta en contra de la voluntad popular, que los americanos elegirían a Donald Trump como presidente o que Renzi, ese prometedor primer ministro, tendría que dejar su cargo, nos hubiésemos reído todos a carcajadas. ¿Es una pena que todo eso sea una realidad, no?

Si hay algo que la Filosofía se ha preguntado desde siempre, es la naturaleza del Bien y, por ende, de lo justo. Es una discusión inconclusa, por supuesto, pues su solución sería, probablemente, el hito más grande de toda la historia de la humanidad, pero eso no evita que las personas, ignorantes en su mayoría, se crean capaces de dar respuesta a cuestiones cuya valoración no saben ni encarar correctamente. La ignorancia es la madre del atrevimiento.

Y atrevida es la apuesta europea por crear un marco común de entendimiento en un mundo donde, por ejemplo, en un mismo país ni siquiera se comprenden el norte y el sur. Naciones dentro de naciones, identidades dentro de identidades, medias verdades y medias mentiras. Todo es falso, y cierto al mismo tiempo. Nos sentimos llenos de esperanza cuando conseguimos lo que queremos, y abandonados cuando la suerte nos da la espalda. Somos demócratas cuando nos gusta el resultado, y tiranos cuando perdemos. Nos olvidamos de las normas, porque no las entendemos, y luego suplicamos clemencia y nos amparamos en la ley cuando nos enfrentamos a lo desconocido.

Así es el mundo actual. Desangelado, pútrido y desesperado. Demasiada fe le tenemos, en realidad. Nada de lo que se ha creado hasta el momento tiene, en el fondo, más fundamento que la práctica. Se puede disfrazar la falta de argumentos con la fiereza en su defensa, con el amor por lo que se cree y con la esperanza en un mañana mejor, pero nada de esto es más que papel mojado. Todos somos unos extremistas. Llegamos demasiado lejos.

Y es que es normal que los partidos que defienden ideologías radicales, ya sean de izquierdas o de derechas, proliferen en épocas como la que estamos viviendo. Estoy muy de acuerdo con aquellos que dicen que la ideología ha ido muriendo poco a poco. Efectivamente, el pensamiento moderno sobre política es simplista, pragmático, acotado. Ni siquiera los que se hacen llamar “extremos” son capaces de hacer algo más que bailar sobre la línea de lo políticamente correcto. La gente, cansada, acaba escogiendo al que parece más alejado, aunque en realidad solo esté a la vuelta de la esquina.

Los grandes consensos ideológicos están ahí. La visión de la sociedad como un conjunto de lobos feroces con forma humana que tienen que ser regulados para no asesinarse los unos a los otros está ahí. El miedo permanente a enfrentarnos a la desprotección motiva casi todas nuestras decisiones. El sistema educativo ni se plantea fomentar la libertad efectiva de pensamiento. Se contenta con utilizar un término tan grandilocuente como vacío e, incluso, feo: la tolerancia.

No hay ninguna formación política que promueva que la educación sea libre, que desaparezca la educación estatalizada y se promuevan formatos novedosos. Tampoco la hay que exprese la necesidad de que las personas ahorren o gasten de forma voluntaria. A ninguno se le pasa ni siquiera por la cabeza plantearse la posibilidad de eliminar el grueso de los impuestos. Su concepción del hombre, en general, es la misma. El gasto público cambia un pequeño porcentaje cada gobierno, y los resultados educativos, por ejemplo, son muy similares. ¿Alguien se cree que, partiendo de una idea de ser humano común, se pueden desarrollar políticas tan diferentes?

La lucha por el gobierno hace mucho que se ha convertido en una lucha de gestos entre las diferentes formaciones, en una batalla de estrategias que ya conocíamos de otros sectores como la publicidad. Nunca había sido más valorada la capacidad como comunicador de un político, su habilidad para producir eslóganes, su respuesta rápida a preguntas incómodas, su trato correcto con la prensa o, en definitiva, cualquier otra característica más cercana a lo que se exigiría de un personaje televisivo que de un puro gestor.

Aunque no lo parezca, si llegamos a un acuerdo acerca de que esto es cierto, hemos normalizado muchos de los rasgos que caracterizan al populista o al extremista: el político, en general, es un personaje público que necesita de habilidades propias de un embaucador, la política es en sí misma gestual más que ejecutora, y nuestro rechazo a sus ideologías proviene más del efectismo con el que dicen las cosas que del trasfondo que tienen sus ideas.

Aún así, habrá quien pueda decir que existen políticos cuyas ideas sí que traspasan la barrera de lo común y entran en el terreno de lo dantesco, como construir muros entre países en plena época de globalización. Sin embargo, hay dos vertientes a la hora de valorar lo diferente que llevan a problemáticas distintas: por un lado, está el ver en estas políticas la demencia llevada a su máxima expresión, secundada por una población engañada por un enorme aparato propagandístico. La otra opción está en ver a una parte de la sociedad, sea mayoritaria o no, como “outsiders” enfermizos que deben ser apartados del desarrollo político porque desprecian al resto.

La primera alternativa se impone habitualmente para hablar de populismo de izquierdas, y la segunda, cuando se discute sobre populismo de derechas. Bajo mi punto de vista, lo conveniente sería que estos temas se tratasen sin ningún prejuicio, pero la discusión occidental es marcadamente patética en la mayor parte de los casos. Desde que somos niños, se nos enseña que la clave de la argumentación está en tomar unas premisas y extraer, de ellas, todas las implicaciones que sean posibles. En el caso de que alguien se atreva a cuestionar nuestros principios, nos quedamos sin respuestas. ¿Qué problema tan filosófico, verdad?

La solución que se viene dando por parte del sistema educativo es una escueta apelación a valores conocidos por todos que encierran una potentísima carga argumentativa pero parecen inocentes: derechos humanos, respeto, dignidad, igualdad, equidad, compañerismo… Si funciona, la discusión se ha revestido tanto de terminología habitual que el que defiende la visión generalizada tiene todas las de ganar ante el que quiere diversificar el pensamiento. Y, generalmente, los disidentes son tan malos, y sus medios tan pequeños, que la derrota es lo único que les espera si cuestionan a la gran autoridad.

¿Se podría debatir sobre filosofía o política sin hablar de leyes, derechos humanos o naturaleza humana? Bajo mi humilde opinión, sí, sí se podría. Lo que pasa es que esa es tarea de filósofos y, como todos sabemos, quedan pocos de ellos en el mundo actual que no se dediquen a hacer “refritos” de pensadores anteriores, como si fuesen mecánicos que aprietan cuatro tuercas de una maquinaria que suponen perfecta tal y como es.

¿Extremismo? ¿Demagogia? ¿Maldad? ¿Bondad? ¿Acaso significan algo esos términos más que lo que nos hemos convencido de que designan? Quizá los extremistas no sean aquellos que aportan una visión alternativa, sino los que, mirando al horizonte, entrecierran los ojos hasta que solo ven lo que ellos quieren ver. ¿El resto? Enfermedad.

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