Los “fascistas” de Vox, los antifascistas y la paradoja de la tolerancia

Seguro que últimamente, si frecuentáis cualquier red social, habéis tenido la oportunidad de leer esa famosa viñeta, adaptada del pensamiento del filósofo Karl Popper, en la que se habla de la paradoja que supone que una sociedad tolerante acabe siendo consumida por la furia y la imposición que los intolerantes promueven, sugiriendo la necesidad de establecer un marco más bien cerrado de ideas que se pueden considerar “admisibles” en pos de conservar una seguridad y un bienestar que “los otros” podrían poner eventualmente en peligro. Por resumirlo aún más, Popper parecería expresar su acuerdo con muchas políticas de censura que estamos viendo hoy en día, y de las que voy a rescatar un ejemplo más bien explícito: la prohibición de que el autobús de la asociación católica “Hazte Oír” pueda circular por las calles de muchas ciudades españolas. Si nos amparásemos en la archiconocida viñeta, esto tendría mucho sentido: al fin y al cabo, permitir a esta asociación expresar su punto de vista abriría la puerta a nuevas expresiones de aparente intolerancia que, poco a poco, erosionarían la magnífica sociedad occidental que tanto nos ha costado construir. Por el bien de la humanidad, “los niños tienen pene y las niñas tienen vulva, que no te engañen” es un eslogan a eliminar, una llamada a la locura colectiva y a la violencia que los demócratas no pueden aceptar.

El problema de la paradoja de la tolerancia es que, en realidad, no significa lo que la mayor parte de personas creen. De hecho, buena parte de quienes, hoy, la usan como argumento para protestar contra la derecha y la extrema derecha se sorprenderían si supieran que su formulación real aplicaría más a la “alerta antifascista” que Pablo Iglesias activó el domingo, con movilizaciones en el territorio andaluz, que a los mensajes que Vox pueda lanzar en la calle, en las redes sociales o, incluso, en cualquier parlamento. En cierto modo, quienes acogen con alegría los planteamientos del filósofo austríaco se olvidan de una parte fundamental de su exposición, que no queda reflejada en la famosísima viñeta y que dice así:

Con este planteamiento no queremos significar, por ejemplo, que siempre debamos impedir la expresión de concepciones filosóficas intolerantes; mientras podamos contrarrestarlas mediante argumentos racionales y mantenerlas en jaque ante la opinión pública, su prohibición sería, por cierto, poco prudente. Pero debemos reclamar el derecho de prohibirlas, si es necesario por la fuerza, pues bien puede suceder que no estén destinadas a imponérsenos en el plano de los argumentos racionales, sino que, por el contrario, comiencen por acusar a todo razonamiento; así, pueden prohibir a sus adeptos, por ejemplo, que prestan oídos a los razonamientos racionales, acusándolos de engañosos, y que les enseñan a responder a los argumentos mediante el uso de los puños o las armas.

(Karl Popper. La sociedad abierta y sus enemigos, Volumen 1)

Dicho de otro modo, la paradoja de la tolerancia no aplica, ni muchísimo menos, a ideas defendidas exclusivamente en el plano argumental y que no incitan a la violencia de forma directa. La prohibición de concepciones filosóficas intolerantes, más allá incluso de si las ideas de Vox son intolerantes o no, ni siquiera sería recomendable. En el contexto actual, en el que la izquierda tiene medios más que suficientes para extender su mensaje con muchísima mayor fuerza de la que lo puede hacer la derecha, al menos en el terreno mediático, la prohibición del argumentario ultra es, de hecho, un abuso de poder que, a mi juicio, sería inaceptable, cosa en la que, probablemente, el creador de la paradoja de la intolerancia estaría de acuerdo conmigo.

Por el contrario, si nos paramos a pensar en la intolerancia del mensaje de Pablo Iglesias, así como de muchos colectivos y partidos políticos de la izquierda actual, creo que se presenta como un hecho indudable: PSOE y Podemos han acusado a los votantes, simpatizantes y militantes de Vox hasta de justificar la violencia contra las mujeres; los han llamado misóginos, racistas, machistas y xenófobos, y han cargado contra sus medidas hasta el punto de sugerir (idea que ha llegado al terreno mediático) la ilegalización de Vox. Hemos visto a altos cargos del PSOE afirmar, con sorprendente facilidad, que Vox es un partido antidemocrático, y poca duda cabe de que la escalada dialéctica va a ser sorprendentemente rápida a partir de ahora.

A decir verdad, si tuviese que objetar algo a la paradoja de Popper, tendría que ver con las dudas que suscita en mí la premisa de la que parte: difícilmente, en una sociedad como la actual, un grupo pequeño de intolerantes podría subvertir el orden democrático e imponer una etapa de terror sobre una inmensa mayoría de la población. Dicho de otra manera, me sorprende que nadie se plantee el sinsentido que supone, en una etapa en la que el estado prácticamente tiene el monopolio de la violencia (legítima o no, especialmente a gran escala), proponer la idea de que un grupo de personas minoritario, sin copar los mecanismos de control democráticos, sería capaz de someter al resto de la población. La paradoja de Popper solamente tiene sentido en dos supuestos: el primero, los intolerantes se hacen con el poder o, al menos, con una cierta cuota de poder por medio de la violencia o de artimañas varias, lo cuál difícilmente ocurrirá en un país como España; el segundo, los intolerantes conseguirían sus objetivos democráticamente. En este caso, en realidad la paradoja ni siquiera aplicaría, pues se rompería el primer elemento: la sociedad sería, en general, intolerante, y no tolerante, de modo que no habría nada que subvertir.

La dificultad que acabo de describir de imaginar, en el contexto democrático de 2018, una situación en la que una pequeña turba pueda dominar de forma violenta a un estado bien establecido sin convencer a la mayoría de la población, se explica fácilmente si atendemos a que Popper describió su paradoja en 1945, año en el que finalizó la Segunda Guerra Mundial. Si ya su planteamiento tenía fisuras de significado en aquella época, en la actualidad resulta difícilmente imaginable que los intolerantes se organicen para imponer sus posturas por medio de la intimidación. Y volvemos a Vox, y volvemos a 2018. Prometo que ya no nos iremos más.

Hoy en día, lo más similar que hemos tenido a una masa intolerante a las ideas ajenas tratando de amedrentar de forma violenta a otros es el llamamiento a la batalla en las calles de Pablo Iglesias. Incluso si tomamos la argumentación de Popper, con todas sus limitaciones, es más fácil aplicar la necesidad de censurar las teorías irrespetuosas de una parte de la izquierda actual, que gozan de un ideal censor bastante evidente, que tratar de imaginar un contexto en el que Vox utilice la fuerza para imponerse sobre el Estado español nacido de la Constitución de 1978. Incluso si convenimos en que tanto Vox como Podemos son intolerantes (cosa que, personalmente, no pienso en ninguno de los dos casos), lo cierto es que la mayor muestra de la que disponemos, hoy en día, de que una formación política en España trate de evitar una confrontación dialéctica, la ha dado Podemos, y ese es un hecho que, aunque resulte triste, debería hacer que la izquierda se replantease la conveniencia de apelar a la paradoja de la intolerancia día sí y día también.

Por otro lado, debo decir que me sorprende el tratamiento mediático de los enfrentamientos entre Vox y los colectivos llamados “antifascistas”, y que entiendo a los muchos que, en redes sociales, han observado con burlona sorpresa el hecho de que las cadenas de televisión llamen antifascistas a quienes se dedicaron a causar disturbios por un resultado electoral, implícitamente acusando de ser fascistas a quienes ondeaban sus banderas y bailaban, con suma tranquilidad, celebrando sus doce escaños, suma menor pero, fijándonos en los números, decisiva al fin y al cabo. Nadie niega las buenas intenciones de quienes se echaron a las calles, asqueados porque el voto ajeno no coincidiese con sus deseos y preocupados por la deriva supuestamente totalitaria que habrían amparado sus conciudadanos, pero probablemente su actitud le reporte a sus enemigos más beneficio que otra cosa. Eso sí es una paradoja interesante.

Vox es un instrumento que canaliza el descontento de la ciudadanía y, como liberal, no puedo congratularme de su éxito, pero sí que creo que sirve para que nos apuntemos algunas lecciones que, pese a las experiencias vividas en Estados Unidos con Trump, en Francia con Le Pen, en el Reino Unido con el Brexit o en Brasil con Bolsonaro, no hemos interiorizado todavía. Lo primero que deberíamos tener en cuenta es que el desprestigio de la prensa ha llegado a unos niveles insostenibles. El descontento de la ciudadanía no solamente salpica a los políticos tradicionales, sino que ha llegado a dañar la reputación de medios de comunicación, cuya capacidad de influencia era enorme hasta no hace mucho tiempo. Pese a los esfuerzos de la prensa mundial, vertiendo opiniones negativas y refutando de la mejor forma posible los argumentos de la nueva derecha, la ciudadanía ha seguido eligiéndolos, y eso debe servirles como lección de que, para recuperar su prestigio y poder, deberán realizar cambios profundos que, probablemente, tardarán años en surtir efecto. Además, por suerte o por desgracia, parece que han decidido, en lugar de agachar la cabeza e iniciar su transformación, seguir dando los últimos coletazos gritando desesperadamente, lo que sugiere que su ocaso va a durar más de lo que sería conveniente.

Por otro lado, pienso que la política actual debería hacer caso a las muchas veces discordantes que plantean debates que se quedan, y eso es lo más lamentable de todo, en el terreno de lo políticamente incorrecto. La izquierda y la derecha tradicionales deberían entender que no es bueno dejar el monopolio de la discusión, honesta y alejada de lo infantil, de temas que suponen una preocupación enorme para la ciudadanía, como la inmigración, la cuestión catalana, el recuerdo del terrorismo y de la época franquista o las presiones de determinados lobbys, en manos de la derecha e izquierda más duras, pues tapándonos los ojos y huyendo de los problemas no vamos a conseguir que estos desaparezcan, y no hay forma de escapar de la triste realidad: lo que existe siempre será explicado. La pregunta es si, hoy en día, estamos haciendo todo lo posible porque esa explicación sea satisfactoria, y la respuesta creo que es más que obvia. Así nos va.

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