“Los terroristas no son tan malos”: la limpieza moral de actos horribles

Os invito, antes de comenzar a leer este post, como condición probablemente indispensable para su disfrute, a emprender la -desagradable, seguro- lectura del artículo de opinión de Público, escrito por Joseba Achotegui, titulado “El duelo colectivo por los atentados del 17-A ha de ser por 24 muertes, y no por 16 como se ha dicho”. Para quien prefiera obviar la obligación de empaparse de los argumentos de este señor -cosa que tampoco creo que sea poco recomendable, por otro lado-, y tratando de ser objetivo con el contenido del mismo, diré que su idea es la siguiente: los seres humanos tendemos, instintivamente, a crear dialécticas de buenos y malos cuando ocurre algo que nos perturba profundamente, siendo incapaces de entender que, por ejemplo, en casos de terrorismo, los perpetradores de los ataques también mueren de forma violenta y son víctimas cuyo duelo merece la misma consideración que el de cualquier otro ser humano.

Evidentemente, el contenido argumentativo de este escrito hace aguas por todos lados; sin pretender detenerme mucho a rebatir sus paupérrimas ideas, simplemente me atreveré a preguntar al lector si, en el caso recurrente de un hombre que mata a su esposa y luego se suicida, consideraría lógico que un articulista de opinión nos instara a todos a no caer en la tentación de hablar de víctimas y verdugos, pidiéndonos que tuviésemos en cuenta los daños del capitalismo y el sufrimiento de la familia del asesino antes de valorar los actos de éste. Supongo que ese simple ejemplo servirá para evidenciar lo torticera y tramposa que es la tendencia posmoderna de blanquear todos nuestros errores, creando explicaciones multidimensionales que oscurecen deliberadamente conceptos, antes tan evidentes y compartidos socialmente, como la culpabilidad o, y éste creo que es el quid de la cuestión, la maldad.

No perderé la oportunidad de lamentarme también por el horrible nivel ortográfico y gramatical del texto, carente de multitud de signos de puntuación y estructurado con pésimo gusto. Un diario como Público debería, no ya optar por correctores que eviten despropósitos como éste, sino cerciorarse de mantener una plantilla de opinadores cuyo material original sea, como mínimo, decente antes de pasar la primera revisión. Me niego a creer que la enorme hornada de blogueros jóvenes de este país es incapaz de, más allá de su ideología, hacer un trabajo infinitamente superior al del texto que acabamos de leer. Si buscamos, en un ejercicio de masoquismo, los motivos por los que un diario serio podría desear publicar algo así, la perspectiva tampoco es mucho más halagadora.

Joseba Achotegui construye su relato de forma paternalista y condescendiente: vagas nociones de psicología “de andar por casa” y algunas generalizaciones son, para él, sustento suficiente como para negar, a quienes no comparten su punto de vista, una perspectiva adecuada del tema que se está esforzando en tratar. Muchas de sus afirmaciones son ciertas, tratándose de meras perogrulladas que no aportan absolutamente nada, pero, a la hora de llegar a las conclusiones que quiere alcanzar, demuestra unas carencias conceptuales solo comparables con las que muestra a la hora de escribir. Si tuviese que explicar cuál es el error principal de su texto, diría que radica en una ignorancia extrema de la enorme complejidad y especificidad de los parámetros que trata de manejar, así como en su empeño de extraer, de una exposición pseudocientífica de escasísimo valor técnico, lecciones sobre la moralidad humana que se salgan del terreno de lo discutible. Por supuesto, sus objetivos caen en saco roto rápidamente, pues comete multitud de fallos que se evidencian incluso en una lectura superficial.

No quiero caer en la tentación de generalizar, haciendo creer al lector que la tendencia global del mundo español de la opinión es la terrible falta de calidad que tiene este artículo en concreto, pero sí me atrevería a decir que el autor se ha empapado, hasta la saciedad, del esquema comprensivo de la política de hoy en día, cada vez más modelada a imagen y semejanza de las posibilidades de las redes sociales; es el paradigma del texto moderno, un escrito con apariencia de riguroso estudio, escasa longitud y lugares comunes mezclados con conclusiones contundentes. Si se me pidiese definir en una sola frase el texto del que estamos hablando, diría que es la perfecta caricatura del sueño posmoderno. Un texto lleno de vacuidades, simplicidades y obsequios para engordar la arrogancia del lector objetivo (favorable, de partida, a las tesis del articulista), mientras enmascara las propias dudas del autor sobre la veracidad de lo que está expresando.

Diría, por ende, que este escrito no es una desviación del objetivo actual del mundo de la opinión, sino una expresión grotesca del mismo, como cuando un inventor dispone de la idea adecuada pero falla rotundamente en el diseño: el comprador se ve forzado a rechazar el producto, no porque no le guste el concepto, sino porque su apariencia es tan grotesca que la sola idea de concordar con la filosofía detrás de tal esperpento le resulta degradante. Dicho de otra manera, por no enredarme, este texto es tan particularmente feo que, pese a que utiliza todas las técnicas que a tantos blogueros, tanto de derecha como de izquierda, han conducido al éxito, el resultado final es imposible de digerir por nadie que tenga dos dedos de frente.

Si tuviese que entrar, más profundamente, a valorar la intencionalidad que podría subyacer en el escrito, admito que me sentiría tentado a ver a su autor como alguien deseoso de crearnos algo así como un “complejo de maldad” en base a nuestras preferencias morales, haciéndose valer de un relativismo extraño. Es posible que ésta sea la lectura más interesante de todas y la que merecería mayor desarrollo -pues es, realmente, la que habla de con qué fin se sentó Joseba Achotegui a escribir-, pero pienso, honestamente, que es fácil explicar lo que pienso que el autor deseaba transmitir, sin necesidad de hacer este escrito más largo de la cuenta.

La postura de Achotegui es más habitual de lo que parece en una parte de la izquierda -la derecha suele tener otros vicios, más individualistas-: ellos creen, con toda sinceridad, que existe una explicación, más allá de la ética propia del individuo, para todos nuestros actos. El hecho de que una persona ponga una bomba y otra muera, junto a su verdugo, por los efectos de ésta, es un acontecimiento que, pese a la diferente posición en la que parece dejar a cada uno de ellos, puede ser entendido a través de una explicación superior que los iguale. Es como si nos convirtiésemos en Dios por un día y los humanos fuesen, para nosotros, hormiguitas cuyas acciones son determinadas por grandes estructuras que nos dominan completamente. Ése es el truco para conseguir que las intuiciones morales que todos tenemos -el que mata suele ser malo; el que muere es, como mínimo, neutro siempre que sea inocente- sean no solo erróneas, sino reprochables: si nos subimos a una atalaya y cogemos una única explicación, la del sistema de clases, el capitalismo feroz y el patriarcado opresor -la Santísima Trinidad-, no tiene sentido que juzguemos a nadie por sus actos, y somos injustos si lo hacemos.

Esa trampa se va a reproducir, a lo largo de los próximos años, como la pólvora, pues es seductora a más no poder: solo con una fe inquebrantable en ella, todas nuestras fallas y las de los que nos rodean encuentran una explicación aliviadora. De hecho, el problema es que cualquier cosa que se nos ocurra puede ser aceptable de esta manera: basta con cambiar la explicación que usamos para todo, añadiéndole algún parámetro o ampliando los que ya tenemos, para seguir relativizando. Y esta tendencia es algo que, tarde o temprano, desde el liberalismo comprometido vamos a tener que combatir. No todo vale.

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