Miguel Ángel Revilla como metáfora

Cuando hablamos de Miguel Ángel Revilla, creo que es inevitable que muchos de nosotros visualicemos antes al tertuliano eterno de “LaSexta noche”, a ese hombre campechano que sentencia hablando, la proyección habitual de un político que ha sido tres veces presidente de Cantabria. Revilla, lejos de su tierra, ha construido su imagen en base a apariciones públicas más que frecuentes, generalmente en espacios medianamente afines a su persona, disponiendo de tiempo y medios más que suficientes para hacer que calase su mensaje y sin tener que enredarse en discusiones excesivamente largas. El político toma la palabra y el mundo parece quedarse mudo, preparado para recibir una nueva cátedra de un hombre docto y preparado.

Estoy seguro de que es algo evidente, pero mucho del éxito de nuestro Revilla se basa en su capacidad para lanzar el mismo mensaje cincuenta veces en mucho menos de una hora, esforzándose para que siempre suene exactamente igual. El presidente cántabro no es un producto que se esté actualizando de forma continua, ni siquiera un material acabado que se vaya adecentando en sus pequeños detalles con el paso del tiempo. Revilla es Revilla siempre, la misma persona, el mismo modus operandi.

Admito que su intervención en LaSexta del pasado sábado me sorprendió profundamente. Acostumbrado a que muchas personalidades, como Leticia Dolera, fuesen invitadas para hablar de su tema estrella -y exclusivamente de los puntos del mismo que les resultasen agradables-, me encontré con que, en el caso que nos ocupa, la entrevista no tenía una temática concreta: era el invitado contestando grandes preguntas de la política española, muchas de las cuáles nadie ha sabido responder de forma adecuada y satisfactoria para la sociedad en su conjunto. Hasta cierto punto, me pareció lógico: Revilla es un político con muchos años de experiencia, de manera que es razonable que, ante temas medianamente generales, como la corrupción, pueda expresar su mensaje de forma cómoda. Lo que me sorprendió fue que, enmascaradas entre otras cuestiones de menor importancia, el presidente tertuliano se atreviese a afrontar problemas muy concretos.

Ése es, probablemente, su poder, su mayor baza como personaje. Revilla adereza todo su mensaje con un número muy reducido de elementos. Él es capaz de hablar desde el aparente sentido común acerca de cualquier tema, y hacer que argumentos que tienen tres o cuatro años cuelen en 2018. ¿Que Revilla te dice que ha encontrado 80000 millones que recuperar para el Estado y que todo se soluciona contratando unos cuantos inspectores? Adelante. La resolución de conflictos de cualquier tema es fácil para él. No importa que hayan pasado por LaSexta economistas como Eduardo Garzón, Daniel Lacalle o Juan Ramón Rallo. Llega Revilla y desbarata debates de una hora de duración a la una de la mañana, llenos de expertos en la temática, con cinco minutos de obviedades que parecen sacadas del mundo de la piruleta.

Revilla es el sueño de todo tuitero. Ésa es una de las cosas que pensaba mientras escuchaba sus exposiciones. Es lo que todo genio de los micromensajes querría ser de mayor. De la misma manera que buena parte de los usuarios de Twitter son capaces de discutir en base a Franco, la corrupción, el machismo, el rescate a la banca, la precariedad, los recortes y el fascismo, a Revilla le basta con articular unas cuantas ideas que a todo el mundo le suenen bien y repetirlas una y otra vez, apelando a un par de datos. Revilla entiende que los que sufren no deberían sufrir, que los que pasan hambre deberían comer gambas, que todo el mundo es bienvenido mientras se porte bien, que la guerra no es la solución, que la corrupción nos cuesta mucho dinero y los corruptos son muy malos, y que cada uno debe amar a quien crea conveniente. Revilla parece haber sido ocupado por el espíritu de un niño de diez años que empieza a darse cuenta de lo dura que es la vida, solo que mezclado con la realidad de una persona mayor que vive obsesionada con que todo es facilísimo de solucionar y nadie más que él se ha dado cuenta.

Esa es la mezcla explosiva que tienen personajes como él y que, de vez en cuando, también políticos como Albert Rivera han querido imitar. Son planos, buenos y justos. Odian a los malos, aman a los buenos, defienden a quien merece ser defendido, cogen lo que es suyo, se indignan ante lo que la mayoría de la gente considera injusto, solucionan todo con inmensa facilidad. No se significan demasiado y, por ende, podrían llegar a ser queridos por buena parte de la ciudadanía sin necesidad siquiera de abrir la boca. Son la pesadilla de todo escritor: personajes buenos hasta rabiar, que solo hacen lo correcto, aburridos para el lector pero, por algún motivo que no alcanzaré nunca a entender, amados por las multitudes.

Las similitudes se acrecientan cuando nos fijamos en la trayectoria de cada uno de ellos y en su estatus dentro de sus respectivas formaciones y a nivel social. Mientras Albert Rivera, líder de Ciudadanos, mantiene una posición indiscutible pese a las expectativas truncadas electoralmente de su partido a nivel nacional y autonómico -desde 2006 es político-, Miguel Ángel Revilla es el candidato del PRC en las elecciones de Cantabria desde 1983. Esto implica que ha participado en la friolera de nueve elecciones. Pese a su carácter profético y filantropía, lo cierto es que Revilla no ha tenido mejor suerte que Rivera, dado que jamás ha ganado unas elecciones. De hecho, de las nueve veces que se ha presentado a unos comicios, solo en tres ocasiones ha sido la segunda lista más votada. Desde 2007, Ignacio Diego, del Partido Popular, lo ha derrotado en tres ocasiones, en 2011 incluso por mayoría absoluta. La primera vez que fue presidente autonómico, Revilla había sido la tercera fuerza, y se aupó a la presidencia con el apoyo del PSOE, aprovechando que al PP le faltaron dos escaños para la mayoría absoluta. En otra ocasión, el PP también se quedó a un solo escaño de quitarle la presidencia de la Comunidad.

El título del artículo, esa referencia a la metáfora, tiene que ver con el carácter universal que ha tenido siempre la figura del “perdedor simpático”. Es un fenómeno que creo que se extiende a todos los aspectos de la vida y que, igual que Revilla, muchos otros, como Alberto Garzón, han experimentado en sus propias carnes. El político es simpático, cae bien, todo el mundo parece estar dispuesto a votarlo y nadie le tose pero, a la hora de poner el voto en las urnas, la ciudadanía elige a otro que parece soportar una peor consideración ciudadana. Es algo parecido a lo que ocurre con la izquierda en España, o a lo que pasó con Hillary Clinton en las elecciones americanas: el universo parece decidido a convertir su vida en un desfile de caricias pero, a la hora de la verdad, se lleva el gato al agua la figura menos agradable posible. Todo el mundo parece ser del PSOE o de Podemos cuando les preguntas pero, a la hora de la verdad, uno de cada tres votó al PP en 2016, y otros muchos a Ciudadanos. Y así con todo.

Tal vez no sea Revilla el que aproveche -electoralmente hablando- el tirón que puede llegar a tener su actitud, pero es posible que pronto una figura neutra y sencilla conquiste a los españoles. Al fin y al cabo, las soluciones fáciles gustan a todo el mundo, y estoy seguro de que nosotros no vamos a ser menos. La figura de la persona que habla como si te perdonase la vida tal vez no sea la adecuada para un país como éste, pero es probable que la del salvador simplón sí tenga su lugar. Tarde o temprano, lo sabremos.

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