Serena Williams, las “niñas buenas” e hipocresía en la sociedad

Tengo la extraña manía -totalmente contraproducente a la hora de conseguir visitas- de comentar acontecimientos puntuales mucho después de que éstos hayan tenido lugar. Me parece que es esencial, para un buen opinador, tener la perspectiva del tiempo y una pequeña época de reflexión antes de hablar de cualquier tema, máxime cuando, como todos mis artículos, pretendo que mis palabras trasciendan el hecho concreto y se sitúen en otro plano, refiriéndose no solo a lo que sucedió en el pasado sino, también, entendiéndose como valoraciones e ideas que pueden servir para el futuro inmediato o, incluso, lejano, en caso de que situaciones de similares características se puedan repetir.

La final femenina del US Open de tenis, uno de los cuatro Grand Slam de la temporada, nos dejó la victoria de la japonesa Naomi Osaka frente a Serena Williams, absolutamente favorita para imponerse en dicho partido. Seguro que todos habréis escuchado la historia de lo que sucedió en dicha final: la sanción inicial a Williams por recibir consejos de su preparador se convirtió en la eliminación de un juego del conteo de la tenista estadounidense mientras el ambiente se enrarecía cada vez más. La ira de Serena Williams por un supuesto trato injusto por su condición de mujer, madre y (probablemente, quién sabe si también lo considera un motivo) negra, provocó no solo su salida por la puerta de atrás del torneo sino, también, una crispación terrible en el mundo del tenis que convirtió en un momento desagradable y humillante la entrega de premios, donde Osaka debería haber sido recibida con todos los honores como flamante nueva campeona, pues no hay que olvidar que el partido acabó 6-2 y 6-4, una victoria contundente e indudable frente a una de las mejores tenistas de todos los tiempos.

La mala educación, tanto de Williams como del público norteamericano, produjo no solo el llanto de Osaka sino, incluso, una situación increíble: la japonesa pidiendo perdón por haber tumbado a Serena con tan enorme facilidad como lo hizo, algo insólito y que sonaría ridículo si hubiese sido, por ejemplo, Rafael Nadal el que, abrumado por la brutal hostilidad, hubiese tenido que pedir perdón en Basilea por derrotar a Roger Federer en la final en sets fáciles. Por supuesto, las reivindicaciones feministas de Williams, respaldadas por la federación femenina de tenis, ni siquiera se detuvieron tras el daño ocasionado a Osaka y a la imagen del deporte a nivel mundial, sino que continuaron en las ruedas de prensa y llegan, incluso, hasta el día de hoy.

La polémica se ha instalado, como no podía ser de otra manera, en el seno de ese feminismo rancio, de ese feminismo de Twitter y 240 caracteres que ni siquiera se molesta en comprobar lo que dice y, como era de esperar, ya hay muchas articulistas hablando de que Serena Williams lo único que hizo mal fue enfadarse por una injusticia, que el árbitro le quitó el derecho a cabrearse que sí tienen los hombres y que todo tiene que ver con una supuesta imagen de “niña buena” que nosotros imponemos a las mujeres desde que son pequeñas y que perpetuamos sancionándolas cuando se salen del redil en el que, supuestamente, las mantenemos durante toda su vida.

Me gustaría preguntarles cómo es posible, si esa es su explicación de lo ocurrido, que la sociedad falocéntrica del tenis sancionase a Nick Kyrgios por simular la masturbación durante un partido; quisiera entender por qué, si los hombres tenemos permiso para enfadarnos e increpar al universo porque eso nos hace “más machos”, Benoit Paire fue sancionado por romper raquetas durante un partido en un acceso de rabia -Grigor Dimitrov perdió un partido por descalificación por hacer lo mismo-, o, si los grandes tenistas masculinos tienen vía libre para saltarse las normas, por qué Rafael Nadal ha recibido cuantiosos “warnings” durante su carrera por tardar en sacar entre punto y punto, por saltarme otros muchos casos como los de Nalbandian o John McEnroe. Estoy seguro de que nadie considerará que estos ejemplos son, precisamente, casos de tenistas poco conocidos: estamos hablando de tenis de primer nivel y de sanciones muy duras.

Por desgracia, sé que a nadie le interesa la verdad. La mayoría de quienes están defendiendo a Williams en España no sabe ni quiénes son los primeros cinco tenistas del ranking mundial -ni femenino ni masculino-, ni les interesan lo más mínimo las reglas del tenis ni las sanciones disponibles para el juez de silla, ni muchísimo menos les importa que el supuesto trato favorable al tenista masculino sea, de hecho, una absoluta mentira. Lo único que desean es mantener a toda costa su discurso del hombre beneficiado por su sexo y la mujer sometida a los designios de “machirulos” que le dicen lo que hacer en base a un supuesto patriarcado que actúa incluso en el deporte profesional. Que sea verdad o mentira es lo de menos.

Bajo mi punto de vista, siempre matizable o, incluso, posiblemente equivocado, estamos cometiendo el error de dejar que la gente oculte y justifique su mala educación, su mal perder, sus estrategias deshonestas, sus traumas personales y sus vivencias propias como si todas ellas fuesen producto de una situación descontrolada. No podemos dar pie a que una gran campeona del tenis se dé el lujo de ser irrespetuosa solo porque puede argüir que la posible sanción que le impongan proviene del hecho de ser mujer. No podemos convertir rasgos identitarios en regalos caídos del cielo que nos dan carta blanca para hacer trampas, desobedecer las normas o llevar todo al límite. Por suerte o por desgracia, la sociedad en la que nos ha tocado vivir no parece tener claras estas premisas. El resultado de nuestros errores me temo que será mucho peor de lo que podemos hoy imaginar.

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