Sobre la manifestación de Alsasua

No acostumbro, últimamente, a escribir sobre este tipo de asuntos. La literatura me tiene lo bastante ocupado como para mantenerme al margen de polémicas y enfrentamientos, si bien he de reconocer que, en ocasiones, siento el impulso de volver a hablar sobre política. Hoy, me he decidido a dejarme llevar por ese deseo culpable y me he atrevido a ponerme a comentar el acto de España Ciudadana, la plataforma de Ciudadanos que congregó al susodicho partido junto al PP y a Vox, y que ocasionó fuertes enfrentamientos con su retórica en defensa del Estado de Derecho, las Fuerzas y Cuerpos de Seguridad del Estado y, como no podía ser de otra manera, la unidad de España. La tensión que se vivió en la población navarra, tristemente célebre por las agresiones a unos guardias civiles, escaló al terreno político y, como acostumbro a hacer en estos casos, he preferido dejar enfriar el asunto hasta poder darle un enfoque relajado.

Lo primero que tengo que decir es que me ha sorprendido profundamente la forma tan despectiva con la que la izquierda, célebre por considerarla un recurso válido, ha censurado la “provocación” que suponía un acto en Navarra de partidos políticos en defensa de la policía o de la unidad de España. La izquierda actual, tan dada a la transgresión de todo tipo, a la simbología y a las reivindicaciones en terrenos hostiles, al ataque frontal a lo que consideran injusto y a la falta de clemencia y consideración hacia el que piensa diferente (por ejemplo, Willy Toledo llamando al uso de la violencia contra Vox), se pone de uñas contra unos radicales cuyo mayor delito es perturbar a la sociedad vasca, que tan tranquila estaba, introduciendo en sus territorios un debate tan incómodo y brutal como el de si la policía merece un respeto o no. No es de esperar, viendo el historial que ya arrastramos en este país de cambios de opinión de políticos de ambos bandos, una coherencia perfecta en los ideales de quienes nos representan, aunque me entristece que los adalides de la subversión y de la valentía -cosa loable, por otro lado, y en la que siempre me encontrarán de su lado- traten de criminalizar a otros por usar sus mismas armas. Cualquiera diría que lo que se desea no es que nada se quede sin debatir, sino que el debate nunca se quede sin nada. En fin, quién sabe.

Por otro lado, me resulta sorprendente que estemos perdiendo la tan buena costumbre de escuchar a los demás. Me acuerdo de tantas y tantas veces que las personas con ideas revolucionarias parecían gritarnos -de esto, no hace tanto tiempo- que, aunque no pensásemos como ellas, al menos intentásemos escucharlas; lo que pedían no era la comprensión asertiva, sino el mínimo compromiso de tenerlas en cuenta. Incluso en debates tan profundos como el del futuro de Cataluña, la postura de la izquierda era de escucha, de mediación, de buen carácter. Su lema era que todo el mundo merecía un mínimo respeto, y que incluso el peor rival siempre tendría derecho a que sus palabras se escuchasen. Podemos, en su postura ante el independentismo, siempre ha hablado de diálogo y de entendimiento. ¿Cómo se conjuga ese talante democrático con la disidencia, tantas veces enarbolado como bandera ante la derecha de las mordazas, con la imagen que nos está dejando la prensa, catalogando el acto de “extrema derecha” y obviando las reclamaciones de los asistentes de forma vulgar?

Me pregunto qué sentido tiene que la misma izquierda que nos dice que Otegi es un hombre de paz, y que su propuesta de comprensión entre españoles y de perdón y reparación a ambos bandos de la sociedad vasca tiene cabida, se dedique ahora a boicotear este tipo de actos. No entiendo que los mismos que hablan de que incluso los terroristas merecen que sus motivos sean escuchados, por mucho daño que hayan causado, no reprochen ahora a los radicales que fueron al acto a gritar “españoles, hijos de puta” y que intentaron reventarlo. ¿Es esto todo lo que ha conseguido la vía del diálogo? ¿Estos son los mimbres con los que vamos a tener que trabajar por un futuro mejor? Nadie dice que toda la culpa sea de un bando, pero estoy seguro de que los defensores a ultranza de la vía de la concordia lo pueden hacer mejor. Mucho mejor.

Por último, no entiendo el afán de los organizadores de la manifestación por retirarle el tono que ésta tenía, atribuyendo su presencia en Alsasua a la simple normalidad de un acto más, como si buscar la reacción y el enfrentamiento fuese un delito o una opción reservada a unos pocos privilegiados. A decir verdad, intuyo que, especialmente a tenor de cómo fueron admitiéndolo poco a poco, lo que tenían era miedo de ser censurados a nivel nacional; esa extraña cobardía de una parte del centro derecha que se va convirtiendo en envalentonamiento preocupante conforme las cosas les van saliendo como deseaban. Es otro signo más -y van ya unos cuantos- de esa guerra cultural perdida por el centro y por la derecha en favor de una izquierda que se ha apropiado, con enorme astucia y buena parte de inteligencia, de cosas que, en teoría, nos deberían pertenecer a todos.

Como síntesis de mi postura personal, más allá de todas estas consideraciones, apoyo este acto en Alsasua desde el punto de vista de que siento respeto -moderado, siempre, por los evidentes errores cometidos y los muchos matices a añadir- por los símbolos que los asistentes defendían, así como por mi deseo de que, en España, no hayan territorios hostiles a las ideas, pues creo que la cerrazón intelectual y la imposición de bandos debería ser algo reservado al ámbito privado, y no una constante en un país democrático donde queda mucho por hacer, pese a que no parece que ni unos ni otros, sean los asistentes al encuentro o sus detractores, vayan a movilizarse en demasía en pos de un país donde el debate sea algo más decente. Es una lástima, pero esa es la impresión que tengo y, dado que la llevo arrastrando mucho tiempo, albergo pocas esperanzas de que vaya a cambiar.

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