Europa absuelve a un eurodiputado xenófobo y machista

Sé que todo el mundo tiene la mente puesta en modo moción de censura, y había empezado a escribir un post sobre ella, pero me detuve a mitad porque entendí que no tenía nada demasiado interesante que decir. Por si acaso, para que nadie diga que no soy claro, hago un resumen: no me agrada el gobierno que se va a formar, ni tampoco soy partidario de que haya un ejecutivo corrupto, ni siquiera pienso que la ciudadanía haya elegido bien en ninguno de los comicios que se han celebrado mientras yo he sabido algo de política (lo poco que sé ahora no me viene de lejos, la verdad).

Supongo que, dada esta suma de opiniones impopulares, mi mensaje no iba a ser demasiado interesante para nadie, dado que todo el mundo está esperando una posición concreta, entendiendo concreta como un alegato a favor o en contra de que Pedro Sánchez sea presidente. Si me pedís, a pesar de todo esto, mi punto de vista, pienso que pasamos de un ejecutivo que vende muy mal lo que hace (y que se deja muchas cosas por hacer) a uno que todo lo que haga, probablemente, lo hará notablemente mal, por no hablar de lo atenazado que estará por presiones de todos los flancos. Espero equivocarme, pues nadie me paga por tener la razón y estar en posesión de ella, en este caso, no haría más que perjudicarme. Suerte a Pedro y a su tropa, la necesitarán.

En fin, el tema de hoy es la decisión del Tribunal Europeo de absolver a un eurodiputado polaco, Janusz Korwin-Mikke, que cuenta en su hoja de servicio con gestos reveladores como el saludo nazi, con frases poco halagadoras hacia los refugiados (los llamó “basura humana”) y con opiniones sobre el propio proyecto europeo que van de considerarlo una idea maoísta a proponer convertir la Comisión en un burdel. Todo esto, unido a su particular animadversión hacia las mujeres, a las que considera inferiores, le valieron el rechazo del presidente del Europarlamento, quien “sancionó al diputado polaco con la retirada parcial de dietas y la suspensión temporal de sus actividades como representante público”*, decisión que ya ha sido revocada.

*Información extraída del diario El País.

Si alguien espera que hablemos de las ideas del señor Janusz para justificar (o no) su inclusión en el catálogo de personas censurables por parte de un parlamento democrático, se ha confundido de blog. Al fin y al cabo, siempre he propuesto que la lucha contra un extremo debe basarse en poner en cuestión sus fundamentos últimos, incluso si eso lleva a pisar terreno pantanoso. Por ende, mi pelea (dentro de mis posibilidades actuales) contra la corrección política y la censura creciente me ha llevado a intentar poner los límites de la libertad de expresión lo más lejos que he podido del punto en el que están colocados hoy en día.

No es que espere nada de la política institucional (tampoco de la “callejera”), pero creo que todo país, si desea tener algo de salud, debe permitir que su ciudadanía se exprese con libertad. Es el compromiso mínimo que todo gobernante debería tener al tomar el mando de una parte del país. Creo que aquél que defienda la democracia y la vía del diálogo debe hacerlo con especial ilusión cuando lo que enfrenta es un verdadero desafío a su capacidad de llegar a acuerdos, o incluso cuando no hay nada que acordar.

La idea que quiero poner en valor es que, si un discurso resulta cómodo y agradable para todos en todas las situaciones, sin duda está limitado en todos los sentidos, y creo que eso es lo que ocurre con la charlatanería política actual. La libertad de expresión no es un derecho importante por amparar que aquellos que estén en cercanía con nuestras ideas puedan darnos palmaditas en la espalda y decirnos lo guapos que somos y la mucha razón que tenemos, sino que es y será siempre relevante porque permite a quien se aleje de lo hegemónico manifestar su punto de vista. Es su verdadera función, el motivo por el que debe ser defendido.

Creo que el rumbo que está tomando el mundo en su fundamentalismo no aporta nada de cara a resolver los problemas que enfrentaremos en el futuro. Nunca he pensado que el dilema real respecto a pensamientos radicales sea la eterna discusión sobre si permitir que sean expresados o no, y ni mucho menos opino que habilitar su difusión vaya a hacerles favor alguno. Al fin y al cabo, las reacciones más fuertes de la ciudadanía suelen venir motivadas por fuertes episodios traumáticos, grabados a fuego en la mente de la gente (incluso si no son reales). Evitar las paranoias colectivas pasa por suavizar los marcos de convivencia y por habilitar espacios de confrontación ideológica.

No peco de ingenuo pues, por supuesto, entiendo que España tiene muchas limitaciones que habrá que solucionar de cara a poder crear esos espacios. Sin ir más lejos, si algo he defendido desde que tengo uso de razón, cada vez con más convicción, es que nuestro país sufre de un déficit conceptual enorme que hemos suplido como buenamente hemos podido, tirando  de explicaciones simplificadas y, más importante aún, de un mundo intelectual que es una copia barata de las reflexiones de otros países, modificadas y preparadas para que el español medio, enormemente impaciente, no tenga la necesidad de pensar en demasía. Lamento expresarme en estos términos, pero opino que los grandes problemas deben ser llamados por su nombre, y éste tiene una palabra asociada de mucho calado: ignorancia.

Siempre he escuchado eso de “no desees para los demás lo que no quieras para ti”, y creo que es una frase que encierra una gran verdad, así que me despido diciendo que, en efecto, para España quiero lo mismo que para mí mismo: poder buscar la verdad de forma continua, tropezando y cayendo, llorando porque las ideas, a veces, fracasan y deben ser reemplazadas, y afrontando con entereza las decepciones y episodios chocantes de una deliberación libre. En pocas palabras, para España quiero riesgo.

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