Casado + Iglesias: algunas reflexiones conjuntas

La verdad es que entre mis costumbres no está la de defender a grandes personalidades en este blog. Sin embargo, hoy lo voy a hacer por partida doble. Ya ha pasado tiempo desde que me propuse no volver a ser tan brusco en mis publicaciones, de manera que espero que quien lea esto sepa entender lo que quiero decir y, luego, otorgue a mis palabras el peso que quiera darles. En fin, comencemos.

Publica estos días la prensa nacional que fue obsesión del Partido Popular en su momento que Pablo Casado obtuviese, al fin (tras siete años para sacarse media carrera), su titulación universitaria, presiones mediante. No soy quien para afirmar que fue así (la prensa parece poder hacerlo, no obstante), pero es evidente que el desarrollo de los acontecimientos, con la mitad de una titulación cursada en un año, no deja muchas dudas. Todo esto se suma a la polémica por las convalidaciones de su ya famoso máster, y deja al político muy tocado.

Debo decir que me asombra la sorpresa general ante el interés desmedido por obtener una titulación. “Lo importante no era que supiera, sino poder sacarse el titulito para poder vivir del cuento”, he llegado a escuchar y leer en todo tipo de ambientes, y eso me ha llevado a querer compartir con vosotros una anécdota que me tocó vivir no hace mucho, que, supongo, servirá de introducción.

Participé, hace aproximadamente un mes, en unos cursos organizados por mi universidad con propósito de formarnos para ayudar en la acogida de estudiantes de primer año el curso venidero (en mi caso, el cuarto y último, si hay suerte). El caso es que, en una exposición más bien extensa sobre el carácter actual de la Universidad de Valencia con respecto al que tenía hace unas decenas de años, la profesora se atrevió a encontrar una oposición clara en el propio propósito de la formación universitaria entonces y ahora.

Según su punto de vista (defendido con mucha vehemencia, he de decir), la universidad española había cambiado profundamente en los últimos años. Bajo su criterio, antes solamente servía para comprobar que habías adquirido los conocimientos que marcaba el plan de estudios y ese era el centro de su función y su única preocupación firme, mientras que, ahora, la mayor importancia recae en formar ciudadanos comprometidos en la creación de una sociedad mejor. Ya os imagináis dónde quiero llegar con todo esto, ¿verdad?

Tal vez no estemos comprendiendo el carácter visionario del PP y de Pablo Casado. Quizá el político popular sea un gran ejemplo de persona comprometida con una “sociedad mejor” (sea ésta cual sea), sin necesidad de ser un gran jurista, y puede que la universidad le haya ayudado a desarrollar ese tan maravilloso espíritu crítico que mi formadora reclamaba como esencial. ¿Acaso no es, por tanto, merecedor de una buena calificación? ¿Qué son unos cuántos fundamentos de Derecho comparados con la inmensa magnificencia de un hombre luchador y defensor de las causas justas y nobles?

He de decir que, para mí, las opiniones teletubbianas de la profesora no pueden estar más alejadas de la realidad. En mi opinión, mi formación como matemático se debería limitar a ser instruido en Matemáticas. Sin más. No necesito ser una bella persona para ser un buen profesional (afortunadamente, creo que soy apto para la vida en común) y, de hecho, tengo profesores en mi universidad que demuestran que no es necesario ser muy equilibrado ni siquiera para ser docente. Sin embargo, como ya he dicho, la mayor parte de quienes me rodean tienen, seguro, un punto de vista muy distinto sobre el asunto.

Por profundizar en la idea, la vida real dice que en la Universidad hay muchas asignaturas que la inmensa mayoría del alumnado supera con, por ejemplo, un “cinco pelado”. ¿Significan eso enormes conocimientos sobre la materia? ¿Está la Universidad garantizando algo si saca al mercado laboral a una persona que solo puede afirmar, con ciertas dudas además, que sabe la mitad del temario que debía conocer? Creo que es muy hipócrita otorgar a alguien un aprobado conociendo el 50% de lo exigible mientras nos llevamos las manos a la cabeza pensando “oh, dios mío, quizá Casado no es un gran experto en leyes”.

Siempre he pensado que la hipocresía es un verdadero problema social. Por ejemplo, me hace gracia que se critique al PP por “buscar que Casado apruebe a toda costa” cuando es el propio sistema el que ha obligado a la universidad a abrirse en canal, traicionando incluso sus propios principios, para convertirse en una máquina desbocada de imprimir títulos. ¿De qué nos estamos quejando?

Buena parte de los estudiantes ni siquiera piensa en qué puede aportar como profesional, ni en el valor que tienen los conocimientos adquiridos. No en vano, proliferan los consejos sobre qué profesor elegir para que sea más fácil aprobar, las peticiones de ayuda a alumnos de cursos superiores para saber qué va a salir en el examen (y, por ende, no estudiarse el resto) y, por supuesto, el ansia por formas de pasar la materia aún con el examen suspenso (recuperaciones, trabajos compensatorios, seminarios, prácticas que suban nota, y un larguísimo etcétera de trucos). Si me quieren convencer de que más de un diez por ciento de la comunidad universitaria se siente muy preocupada por conocer cerca del cien por cien de su temario, pierden el tiempo.

Todo el mundo, si puede, quiere tener una carrera. Quiere que se le abran las puertas de una titulación y, con mayor o menor gloria, acabar teniendo el papelito que diga que es X clase de profesional. No entiendo el revuelo porque un partido político tenga esos mismos deseos (si bien comprendo que se critique que sea a través de actos ilegales, por supuesto). ¿Qué padre no quiere que su hijo estudie en la universidad? No he visto a nadie, en toda mi vida, pedir que le suspendan una asignatura con motivaciones nobles como las que ahora reclama la gente: “es que considero que aprobar con tan poco conocimiento me convierte en un peligro cuando empiece a trabajar”. Casi todo el mundo quiere el título y olvidarse y, cuanto más fácil sea sacárselo, mejor. A ver qué colectivo estudiantil ha protestado para que los criterios de evaluación sean más duros. No digamos tonterías.

Sobre la nueva casa de Pablo Iglesias e Irene Montero, con un valor de, aproximadamente, 600000 euros, debo decir que creo que habla muy bien de ellos el hecho de que la gente se escandalice ante su hipocresía. Es verdad, el líder de Podemos dijo que poner en manos de un político que se puede costear una casa de seiscientos mil euros el futuro de un país era una locura, pero no es ni el primero, ni será el último, de la lista de cargos públicos cuya palabrería luego no ha llevado a parte alguna. Aún así, nos sorprende que sus contradicciones sean tan evidentes y, como digo, eso es bueno. Los españoles aún somos algo románticos, después de todo, y hacemos humor negro y comentarios durísimos durante el día para luego, por las noches, abrazar nuestros ositos de peluche y escuchar la banda sonora de Frozen.

Digo todo esto porque es curioso que un país tan crítico como el nuestro, con tanta sorna en lo que a sus análisis se refiere, no dé por hecho que lo que diga un político es, o una mentira completa, o una verdad a medias, o una perogrullada. También me parece curioso que los militantes de Podemos, que se ponen nerviosos cuando un dirigente del Partido Popular decide ir a una tienda a comprarse unos pantalones en vez de adquirirlos en el mercadillo, defiendan ahora a sus camaradas de algo que, en teoría, deberían despreciar, y eso, de nuevo (y lo digo en serio), habla muy bien de Iglesias, Montero y el resto del equipo.

La conclusión es evidente: ellos, igual que todos los partidos políticos, han conseguido tener fieles, y eso tiene un mérito impresionante. No importa lo que alguien que defienda al PP piense de los vagos universitarios pues, si Pablo Casado tarda siete años en hacer media carrera, le va a parecer bien. También da igual lo que alguien de Podemos opine de “los ricos”, “la casta” y demás porque, si Pablo Iglesias se compra un chalé que cuesta sesenta veces el salario mínimo interprofesional a lo largo de un año, va a encontrar cien motivos por los que está bien (es que no es para especular, es que es en apoyo a los refugiados, es que seguro que es para invitar a barbacoas a colectivos LGTB…).

Por no extenderme más, una conclusión sencilla: este país es muy divertido.

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