El currículo mágico de los políticos españoles

Sé que resulta extraño hablar de la vida académica de los políticos españoles, así, en plural. Acostumbrados como estamos a que solamente importe la de Pablo Casado -y la de Cristina Cifuentes, en su momento- entiendo el revuelo que puede ocasionar que alguien nos recuerde que ellos no han sido los únicos que han ido a la Universidad -o no- y que han obtenido importantes diplomas -o no-. Sin embargo, este blog no sirve a ningún propósito particular más allá de plasmar mi punto de vista de forma sencilla y directa, de manera que puedo permitirme el lujo de hablar en general, aprovechándome de que este es un rincón íntimo, en cierta manera.

Quiero hacer un inciso y es que, a lo largo de toda mi actividad en la red -que ha sido mucha, aunque muy intermitente-, me he encontrado con la incomprensión muchas más veces de las que me hubiese gustado. No hay nada más frustrante para un escritor que pretender comunicar X y que el público general crea, siquiera por un segundo, que lo que has querido dar a entender es, precisamente, la negación de X. Es enormemente molesto y decepcionante y, sabedor de que cuento con la mayor parte de responsabilidad en lo que a ese problema respecta, me voy a esforzar por ser molesto, irreverente o, incluso, ofensivo, pero nunca incomprensible.

Dicho esto, podemos comenzar haciendo un repaso, sin pretender ser muy exhaustivo, a casos de políticos españoles que han falseado su currículo:

  • Luis Roldán, del PSOE, que fue capaz de sacarse una ingeniería industrial, Empresariales y un máster en económicas sin siquiera haber terminado el Bachillerato. Que su currículo fuese un poco falso no le impidió ser director general de la Guardia Civil y subsecretario de Estado.
  • Juan Manuel Moreno Bonilla, del PP andaluz, a quien su título en ADE se le fue difuminando del currículo -pasando de ser grado a “estudios”, y así sucesivamente- hasta desaparecer.
  • Elena Valenciano, del PSOE, que afirmaba tener dos carreras, Derecho y Ciencias Políticas, que en realidad jamás terminó.
  • Patxi López, del PSOE y candidato hace poco a secretario general del mismo, dijo que era ingeniero y nunca acabó la carrera.
  • Javier Viondi, de IU, que dijo que había estudiado Medicina, cosa que jamás ocurrió.
  • Tomás Burgos, del PP, que fue secretario de Estado, dijo también que era licenciado en Medicina, lo que luego quedó en que algún estudio tenía sobre la materia.
  • Pilar Rahola, independentista, afirmaba que tenía dos doctorados en la versión en castellano de su web que se convertían en una licenciatura en la versión en catalán.
  • Pedro Sánchez, Presidente del Gobierno, cuyo “Máster en Liderazgo Público” por el IESE hace referencia a un título inexistente en ese formato, y cuya tesis doctoral no es pública.
  • Y más, y más. Sólo hace falta buscar.

Sin embargo, he de decir que todos estos casos me parecen absolutamente irrelevantes, más allá de que sea divertido recordarlos para reprocharle a nuestros representantes públicos su tendencia a criticar en unos lo que ocultan en otros. Mi experiencia en la universidad me ha permitido entender que nadie tiene por qué ser más capaz ni estar mejor formado por tener una titulación que siendo autodidacta -por supuesto, quien aproveche bien la universidad puede pasar de este comentario-, pero incluso hablando de conocimientos en general, un político tiene, como única obligación, ser un sofista de manual: una persona con mucho arte para convencer y capaz de hilar argumentos dedicados a un público concreto. Los políticos no suelen ser ideólogos, los que están delante de las cámaras no son los que elaboran los programas electorales, por mucho que cueste interiorizarlo. La mayor parte de la relevancia de un cargo público está en lo que representa su imagen y lo que es capaz de proyectar en los demás. Detrás de ellos hay un enorme elenco de asesores -no hay más que ver los que ha contratado Sánchez-, consejeros, pensadores, analistas y demás que son los encargados de que el rostro elegido como altavoz pronuncie un mensaje que agrade a sus potenciales votantes.

Es tentador darle una mayor importancia al trabajo de un político de primer nivel, y tendemos a idealizarlos, pero no necesitan ser personas con mucha profundidad ni conocimientos. Incluso, yendo más allá, incluso si os diese la razón y concediese a los representantes que tenemos un trabajo exhaustivo de búsqueda de información y formación de opiniones, más razón tendría, si cabe, para afirmar que sus estudios no deberían parecerme relevantes. Al fin y al cabo, si el mensaje que transmiten y sus actos en el gobierno me parecen coherentes y adecuados, ¿por qué debería importarme que tengan o no titulación?

Por supuesto, existe otra vertiente crítica mucho más profunda, que se refiere a lo inconveniente que es que un representante público mienta de forma descarada acerca de su currículo. Al fin y al cabo, como muchos han recordado, los políticos son servidores cuya fiabilidad se presupone, y una falta grave a la verdad supone una pérdida de credibilidad inaceptable en ellos. Ante esto, no puedo evitar pensar en tantas veces que he comentado, con conocidos míos, lo relevante que me parecía valorar la vida privada de las personas a la hora de considerarlas adecuadas o no para un cargo, y las muchísimas críticas que me he llevado por ello.

¿Tengo que ser más explícito? Bien, lo seré. Si alguien me plantea que quien ha mentido en su currículo no es de fiar, espero que tenga a bien que yo le pregunte cómo es posible que quien no ha montado jamás una empresa dé lecciones de cómo hacerlo; podría cuestionar también, y seguro que todos lo juzgarían inadecuado, con qué derecho una persona sin experiencia profesional alguna se convierte en líder obrero; podría preguntar cómo es posible que alguien cuyo padre tenía una tarjeta Black se convierta en brutal opositor del establishment, y así podría pasarme horas refiriéndome a la vida privada de las personas para invalidar sus argumentos. Quien me diga que Pablo Casado no puede ser cargo público porque no es de fiar por falsear su currículo, puede venir y explicarme por qué debería confiar en que Carmen Calvo, doña “el dinero público no es de nadie”, va a administrar el país mucho mejor de lo que lo haría uno de mis gatos. Y es que, si tiramos de hemeroteca, y nos ponemos a relacionar a la gente con su pasado y a cuestionar su legitimidad, podemos pasarnos la vida entera detectando incongruencias.

Por encima de todo, y no quiero dejar pasar la oportunidad de decirlo, creo que hay muchas cosas peores que mentir sobre tu currículo y, que yo sepa, ningún partido político ha salido a denunciar públicamente hechos como colocar a personas de tu confianza en puestos de responsabilidad pública a base de dedazos -un 25% más de gasto en asesores de Pedro Sánchez “el de la calle”-, incumplir promesas electorales de todo tipo -hecho por absolutamente todos los grupos, en todos los órganos públicos, a lo largo de la democracia- o dejar un país con más de un veinte por ciento de paro. Aún estoy esperando que llegue el día en que alguien se atreva a decir que es ridículo que se puedan presentar a las elecciones partidos con gestiones tan nefastas como las que hemos tenido en este país, y me temo que me moriré sin que eso ocurra -y eso que, espero, me quedan muchos años de vida-.

Por todo esto, y porque soy un demócrata de los de verdad, deseo que sean las elecciones las que juzguen a Pablo Casado, al PP, al PSOE, a Ciudadanos, a Podemos y al resto de partidos. Si son deshonestos, repugnantes, indecentes, insidiosos, vergonzantes o ridículos, prefiero que sea la ciudadanía la que los mande a su casa, y no una reunión de pecadores de todas las ramas y todos los estilos que se reprochan los unos a los otros los mismos males que ellos mismos llevan a cuestas.

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