El fiasco de los títulos de Máster (?)

Navegando hoy por la red, he encontrado un artículo en el diario El Mundo que ha llamado poderosamente mi atención. Si queréis, podéis leerlo pinchando aquí abajo (o, si no, tranquilos, que voy a comentarlo brevemente y tampoco es un tema difícil de entender):

http://www.elmundo.es/espana/2018/03/25/5ab69c64ca4741ae748b4619.html

A grandes rasgos, el artículo comenta la decepción de muchos alumnos respecto al contenido impartido en sus másteres y la profesionalidad de los mismos, y se pregunta cómo es posible que una delegada del gobierno (puesto de Cifuentes cuando cursó el  famoso máster que ha iniciado toda esta polémica) pudiese compaginar su tarea política con una titulación que, se presupone, debería ser harto exigente.

Me vais a perdonar, pero me parece bastante gracioso que alguien que se ha graduado en Educación Secundaria y Bachillerato comente que en su Máster no se le ha enseñado mucho más de lo que ya había dado en la titulación. Lo siento por esa persona, pero cuesta imaginar qué es exactamente lo que esperaba al elegir su camino profesional. Al fin y al cabo, más allá de profundizar en algunos temas particulares (psicología, por ejemplo), no se me ocurre nada más que pueda justificar dedicar un año extra a formarse para una etapa educativa que dura seis años y a la que, en definitiva, como mínimo le has dedicado cuatro.

Hay grados universitarios que tratan ramas enormemente amplias y que, por ello, merecen ampliaciones dependiendo del campo al que se quiera dedicar cada estudiante. Por ejemplo, no cuesta imaginar que, al acabar Física, un alumno se vea en la necesidad de elegir especializarse en Astrofísica o en Física Teórica, pero creo que este caso no es homologable a otras disciplinas por pura lógica. ¿Existe, dentro de los estudios de “Magisterio” (para que todos nos entendamos), algo que motive la especialización a un nivel parecido al que he comentado?

Mi sentido común me dice que no y que, a este respecto, como máximo podríamos ensayar una separación entre los que quieren ser profesores de Secundaria y los que quieren serlo de Bachillerato (lo que entendería que se llamase “Máster en Educación Secundaria y Bachillerato”), aunque pienso que algo así deja a la altura del betún a quien ha cursado una carrera de cuatro años, o abrirnos a temas puntuales dentro del mundo de la enseñanza (Psicología de la Educación, por ejemplo), teniendo en cuenta que parece razonable que unos estudios con estas características deberían adoptar otro nombre que no fuese tan genérico.

En definitiva, y por no extenderme en demasía en este punto, hay estudios que difícilmente merecen una ampliación (hasta podría discutirse que se puedan llamar grados universitarios en algunos casos, pero eso supongo que es otro tema). No obstante, hay otras quejas expuestas por los alumnos en el texto de “El Mundo” que sí merecen ser puestos en cuestión, como la falta de profesionalidad de los estudios universitarios.

En este tema, daré la razón a los críticos: el nivel de profesionalidad de la universidad pública es bastante bajo. No obstante, es algo normal. Basta con poner “público” tras cualquier cosa para convertirla en cara, ineficiente o chapucera (nótese el “o”). Al fin y al cabo, lo público se basa en la obligación de confiar en los demás, así como en tener en cuenta sus deseos y capacidades. Dicho de otra manera, hay que ser sensible con los problemas e ideales de los que nos rodean, y eso no casa muy bien con la exigencia.

Esto lleva a una conclusión muy simple: un máster estará bien o mal organizado dependiendo de si los profesores y la dirección son capaces de orientarlo y optimizarlo correctamente, así como de si los alumnos sirven como instrumento de presión para exigir cambios cuando los consideren necesarios. Por suerte o por desgracia, hay una gran variedad de particularidades que influyen, y la suma de todas ellas le da mayor o menor valor a cualquier título que uno quiera cursar. El problema esencial es que lo que denuncian es beneficioso para casi todos los estudiantes.

¿Qué quiero decir? Que existirá una maravillosa minoría que se quejará de que el nivel de exigencia sea bajo y una inmensa mayoría que disfrutará de ello. En España hay un problema evidente de “titulitis” y de obsesión con los estudios universitarios. Todo padre (o madre, sí, o madre) quiere que su hijo estudie en la universidad y acabe teniendo un título. Ha llegado un punto en el que tener un grado universitario difícilmente merece una mención destacada. Si una tercera parte de los jóvenes están en la universidad, ¿qué relevancia puede tener ser universitario?

Ojo, no quiero decir que uno no pueda sentirse orgulloso de haber superado cuatro años de estudios, pero es imposible valorar como algo excepcional lo que ya no lo es. ¿Qué pasaría si un 30% de los jóvenes fuesen futbolistas profesionales? Más allá de cuestiones de utilidad (un titulado puede ser más provechoso para la sociedad que un jugador de fútbol), lo cierto es que los estudios ahora son un mercado masificado. Los empleadores exigen títulos y la Universidad los expide con velocidad supersónica para cubrir las expectativas y el ego desmedido del ambiente de los campus.

Es por eso por lo que las reclamaciones de estos alumnos chocan muchas veces, primero, con la propia naturaleza de sus titulaciones y, segundo, con el carácter comercial de la Universidad pública. El alumno medio no quiere que sus estudios sean difíciles. No quiere sufrir horas y horas en una biblioteca, ni estudiar día a día, ni tener que hacer nada extraordinario para obtener el título. Y el alumno medio es el target de los diseñadores de planes de estudios.

Alguien como yo disfrutaría de una Universidad difícil, exigente y prestigiosa, mucho menos masificada y concentrada en la creación de saber, pero hay que reconocer que ya no vivimos en un mundo interesado en esas cosas. La Universidad no es el taller de Andrea del Verrocchio, no es una estructura de recogimiento en torno al saber, no tiene las características deseables para quien quiere hacer algo distinto. La lucha por el saber empieza después de los estudios.

La Universidad, para no extenderme en demasía, es gente normal haciendo cosas normales. Y la gente normal tiene mejores cosas que hacer que perseguir lo extraordinario.

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