El (supuesto) problema del adoctrinamiento en la Universidad

Para quien, seguramente, esté planteándose dejar ya una férrea crítica a este artículo, lo primero que quiero decir es que no va a tener absolutamente nada que ver con política. Por supuesto, los casos concretos de adoctrinamiento sí tienen ideología detrás, como no podía ser de otra forma, pero pretendo entrar de forma muy sucinta a comentar mi experiencia personal y, luego, plantear una reflexión más general sobre un tema que está bastante de moda, especialmente dentro del argumentario de la derecha.

En primer lugar, siempre me ha costado entender la fijación que tiene la política por el espacio universitario. Si tuviese que hablar de adoctrinamiento a lo largo de mi vida, sin duda se me ocurrirían muchos más eventos relacionados con mi niñez y adolescencia que con la edad adulta. No en vano, en esas edades somos mucho más influenciables, tenemos unas ideas menos formadas y es más fácil meternos en un “micro universo”, aunque sea por unos años -hasta descubrir la triste realidad de lo amplio que es el mundo-, de manera que lo lógico sería que el foco se pusiese antes, y no cuando ya somos mayores de edad.

En mi anterior artículo sobre el Bachillerato Internacional sí hablé, aunque fuese de forma muy breve, de adoctrinamiento, y es que las características de un instituto hacen mucho más fácil la tarea que una universidad. Al fin y al cabo, en un colegio, por ejemplo, la plantilla de profesores tiende a estar más unida en torno a unas directrices, el mensaje suele calar más entre los tutores, las clases son más pequeñas y privadas -por decirlo de alguna manera- y, lo que creo que es más importante, los profesores llegan a conocer a sus alumnos de forma medianamente profunda, cosa que en una universidad, llena de temarios extensos, clases magistrales y montones de alumnos prácticamente desconocidos incluso entre nosotros, no suele suceder.

También creo que tiene que ver con la labor del profesor que, muchas veces, es también investigador, y no suele tener pretensiones tan profundas de influir en el alumnado pues, en ocasiones, ni siquiera les agrada en demasía dar clases. El profesor de colegio o instituto tiene el clima adecuado para hacer calar su mensaje y, especialmente en cursos inferiores, juega con una baza brutal que la universidad no tiene: la autoridad total sobre el menor en el tiempo que está en el aula -por no hablar de que, muchas veces, el mismo maestro da muchas asignaturas, lo que ayuda a que su forma de pensar vaya calando-.

En general, la gente llega ya a la universidad -al menos, claro, según mi experiencia- con unas ideas bastante formadas -que no fundamentadas, ni correctas. Solo formadas. Ni siquiera es un adjetivo positivo-. El que es de izquierdas lo sabe desde hace mucho y el que es derechista también, y el ambiente será el que determine qué grupo previamente formado es el que domina los espacios públicos. Tal vez por la tendencia general escolar, o puede que por el propio carácter de las ideologías en disputa, la verdad es que es la izquierda la que suele dominar la difusión cultural, y la derecha y los liberales son los que buscan pequeños resquicios donde colar sus ideas y recoger los acólitos que les correspondan.

Por mucho que sea un tema recurrente, haríamos bien en reconocer que, en la etapa universitaria y, al menos, en España, por ahora los grupos de presión no son tan relevantes como podría parecer. Al menos en mi universidad -la de Valencia de Estudios Generales-, un alumno podría superar sus cuatro años de carrera sin tener la más mínima idea de qué asociaciones tiene a su alcance, si no fuese porque hay una serie de grupos de presión muy concretos y, lo que es más importante, establecidos por la propia directiva de las universidades, que constituyen la verdadera influencia sobre el alumnado en materia ideológica.

Lo que quiero decir es, efectivamente, que el problema no es que haya charlas liberales o marxistas en la universidad, pues siempre están destinadas a un público muy minoritario y casi nadie les hace caso -quien esté en mi universidad sabe de los poco fructíferos intentos de los comunistas de que se llenen sus charlas, así como de la renuncia absoluta de los liberales a lograrlo-, sino que los propios dirigentes del sistema universitario fomenten la existencia de determinados órganos de decisión que influyen realmente en la vida del alumnado. Dado que este es un blog personal, me daré el lujo de hablar de mi experiencia, para ilustrar lo que quiero decir.

En la Jornada de Bienvenida de este año a la Facultad de Matemáticas, donde se enseña a los nuevos alumnos -un poco- lo que será su estancia en la Universidad y se hace propaganda -hablan de las notas de corte, de la demanda, de lo bien que le va a los egresados en mi titulación, y ese tipo de cosas-, introdujeron este año un vídeo de un órgano cuyo nombre era algo así como la “Oficina de Igualdad”, donde aparecía una chica joven que comentaba lo típico que cualquiera entendería que se incluyese en un evento de estas características -la capacidad de las alumnas de denunciar el acoso sexual, los abusos machistas, etc.-, para luego dar paso a una señora, que debía ser responsable de dicha oficina, que informaba a los presentes de que la Universidad -no sé por decisión de quién- estaba comprometida con introducir la perspectiva de género.

¿Qué es la perspectiva de género? Da para un artículo, pero basta con decir que los principales argumentos utilizados en el vídeo -no digo que sea el fundamento de lo que se conoce como “perspectiva de género”, tranquilos todos- son los ya manidos “no se habla de mujeres matemáticas importantes a lo largo de la historia”, “la representación de las mujeres dentro de la dirección de la universidad es escasa”, “hay menos catedráticas que catedráticos”… En fin, lo de siempre, no pretendo sorprender con esto. El caso es que, lejos de detenerse en su intento de polemizar, dentro de una institución pública y, por ende, de todos, acerca de hechos y contenidos aún en durísima disputa académica, continuaron comprometiéndose con el lenguaje inclusivo -lo de “todos y todas”, para entendernos- para visibilizar a la mujer.

Sin querer entrar en otros grupos de estudiantes, como el ADR -las siglas se refieren a “Academia de Representantes”-, que también toman decisiones dentro del ambiente universitario que nos pueden afectar, y que no podemos lograr que dejen de existir porque “han sido una reclamación del alumnado a lo largo del tiempo” -ni la más remota idea de por qué nadie iba a pedir eso-, el caso es que los únicos instrumentos de presión efectivos dentro de la vida del alumnado los tiene la propia Universidad en sus manos. Si no los controla totalmente a nivel de individuos que forman parte, sí que ha delimitado todas sus funciones y, por ende, es responsable de los mensajes que se envían. Y, ahora, me gustaría hacer una aclaración, para finalizar.

Con este artículo, no pretendía entrar en si es positivo o no que la Universidad disponga de medios para difundir mensajes privados como si fuesen públicos. Mi opinión, por dejarla ya aparte y no dedicarle mucho tiempo, es que este tipo de cosas sobran. Nadie se va a quejar por una asociación contra el machismo, o contra el abuso sexual -aunque existe ya una muy buena, llamada Justicia española-, pero sí podemos preguntarnos si está bien que la derecha o la izquierda nos bombardeen con sus mensajes en nombre de la Universidad. Porque la Universidad son sus alumnos, no cuatro lobbys pequeños y a los que nadie les presta atención, obsesionados con que alguien les haga caso, aunque sea a la fuerza. Y reitero que me da igual que sean liberales, comunistas o carlistas.

Por mucho que ése sea mi punto de vista, insisto en que mi objetivo no es hablar de mis ideas. Lo que quería era contestar a una duda muy simple, la existencia de adoctrinamiento en la universidad pública, y creo que he dejado claro lo que, según mi experiencia, hay en ella: grupos pequeños que ponen todo de su parte por influir, pero que se quedan en absolutamente nada a no ser que el oficialismo utilice sus privilegios para darles más voz de la que les corresponde. La “presión social” universitaria es absolutamente ficticia. Las charlas no se llenan, las “acciones” no las secunda nadie y, en definitiva, la mayor parte del alumnado no tiene interés en nada ideológico.

Quien lo dude, puede mirar el porcentaje de alumnos que ejerce su derecho a voto en la Universidad a la hora de elegir rectores, decanos o cualquier otro puesto de responsabilidad. Pues ese 15, 20 o 25 por ciento que habréis visto que lo hace en vuestra universidad es el que decide por todos, estando el resto obligados a aceptar una politización y una serie de medidas que no se han reclamado nunca. No es un drama, pero es algo que vale la pena tener presente.

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