¿La clave para mejorar la Educación está en invertir más en ella?

Como miembro de la comunidad estudiantil, esa de la que tanto se habla pero a la que tan pocos pertenecen, y consciente del juego político que se ha llevado a cabo en los últimos años a raíz de las sucesivas reformas de las leyes referidas a la educación en España, me veo obligado a aportar mi punto de vista sobre una de las perspectivas fundamentales que los principales partidos mantienen acerca de la enseñanza, y es la de que se la debe dotar de más fondos con el objetivo de hacerla mejor. No voy a negar que es un buen punto de partida, sobre todo por lo sugerente que resulta, a la hora de abordar un sector increíblemente problemático en nuestro país, pero creo que las necesidades reales van por otro camino, que el dinero es un peaje y no un destino en el camino hacia una educación de calidad.

En primer lugar, nuestros problemas no empiezan en el bachillerato o en la universidad, como muchos intentan hacernos creer, sino en la parte elemental de la educación. El informe PISA, que evalúa a los estudiantes cuando tienen 15 años, nos puede servir de baremo para entender muchos de nuestros problemas, puesto que, tanto en comprensión lectora como en Matemáticas o Ciencias, estamos por debajo de la media europea. Las pruebas PISA tienen un valor relativo, evidentemente, y deben ser tomadas únicamente como un indicativo acerca de si las políticas educativas están funcionando o no, conque, para el tema que nos ocupa, es perfectamente válido utilizarlas para constatar que tenemos un problema.

Las pruebas PISA evalúan a los alumnos con cuestiones de carácter general, estructuradas como si fuesen hechos de la vida cotidiana de los que se desea extraer un fundamento técnico. Por ejemplo, una pregunta sería un cambio de divisas, o lo que es lo mismo, una proporción básica aplicada al caso concreto de un viaje al extranjero. De esta forma, el alumno lo que tiene que hacer es demostrar que, a partir de planteamientos sencillos, es capaz de encontrar la resolución correcta con una cierta soltura y habilidad. Y, en esto, los españoles demostramos, año tras año, que somos muy malos.

Creo, no obstante, que no hacía falta hacer ninguna prueba de rendimiento para saber que, en un país en el que el inteligente se hace el tonto para caer bien, en el que te miran mal cuando dices tres palabras seguidas con sentido o en el que si no piensas como esté de moda en ese momento se te dice que estás equivocado sin prestar la más mínima atención a tu argumentación, la intelectualidad brilla por su ausencia. Desde pequeños, y eso creo que es indiscutible, se nos educa para ser poco inteligentes, y la comunidad educativa logra siempre ese objetivo.

Lo logra porque, cuando somos pequeños, somos muy vulnerables a las opiniones ajenas y a las actitudes de los que nos rodean. Es mucho más fácil inculcar en alguien el amor por el aprendizaje cuando es un niño que cuando tiene quince años y ya siente que no hay nadie que se preocupe por él. Y para hacer eso no hacen falta grandes presupuestos, sino educadores que estén a la altura de las exigencias. Y, de hecho, creo que, vista la situación actual, necesitamos, ya que nos vamos a embarcar en un proyecto de grandes dimensiones, un profesorado que esté por encima del nivel que cualquiera imaginaría, porque el tiempo sigue pasando y, año tras año, estamos más y más lejos de la meta. Debemos hacer, en un plazo de diez años, lo que se debería haber hecho en los últimos cincuenta.

Dado que el tema central sigue siendo si es necesario aumentar el gasto en educación, continuaré diciendo que nuestras carencias abarcan incluso el terreno de la propia honestidad personal y el conocimiento de nuestras capacidades y limitaciones. En España tenemos, por ejemplo, una Formación Profesional de muy poco calado, absolutamente desprestigiada por los propios estudiantes, y una Universidad en la que, si bien superamos a Finlandia en porcentaje de jóvenes inscritos y que acaban obteniendo una titulación, parece que los conocimientos adquiridos no son lo suficientemente relevantes como para obtener trabajo.

Con esto, creo que tenemos una radiografía honesta de la Educación en España. Tenemos: unos profesores completamente deficientes como educadores, humillados por el resto de sectores productivos del país por su nula especialización y la baja cualificación que se requiere para ser maestro; una población joven que se avergüenza cuando sabe más de lo normal, que forma parte de una sociedad en la que si eres inteligente eres un bicho raro; una Formación Profesional sin dignidad, que si recurres a ella la gente piensa que eres idiota; y, por último, una Universidad de la que sale gente que no tiene ni idea de lo que ha estudiado (y esto no lo digo yo, lo dice que el 86% de los aspirantes a oposiciones de maestro en Madrid en 2011 suspendió un examen de nivel de un niño de 12 años, o un estudio de la Universidad de Málaga, en el que solo el 5,5% de los alumnos que componían la muestra lograron aprobar un examen correspondiente a esa misma edad). Ese es el diagnóstico, ahora, ¿cuáles son las soluciones? ¿Hay que meter más dinero?

Pues, bajo mi punto de vista (y obviando los ENORMES cambios sociales necesarios), para mejorar la educación habría que ejecutar una reestructuración del gasto en ella. No sé si sería necesario un aumento o un descenso, especialmente a largo plazo, del presupuesto para llevar a cabo estas medidas, pero creo que la respuesta a la pregunta inicial es clara: lo primordial no es el dinero, sino cómo se utiliza, y cómo se ponen los mecanismos necesarios para evitar un gasto ineficiente.

En primer lugar, propondría que Magisterio fuese una única carrera para todos los niveles formativos, que se eliminase la separación entre Educación Infantil, Primaria y Secundaria. Un único grado, con un buen contenido teórico pero, sobre todo, muchas prácticas externas, con necesidad real de tener un alto nivel de expresión escrita y oral, así como manejo de alumnos con dificultades. El maestro ideal debe ser un todoterreno, alguien que ame su trabajo y que sea capaz de dedicar el tiempo necesario a cada estudiante, pues solo así conseguiremos que nadie deje de formarse sin, antes, haber adquirido unas competencias básicas. Además, subiría la nota de corte y trataría de que adquiriese la consideración social de carrera universitaria de exigencia alta. Necesitamos que nuestros profesores no sean aquellos que no entran a hacer lo que realmente les hubiese gustado, nuestros niños no se merecen profesionales rebotados y descontentos.

Así mismo, considero muy necesario invertir, y esto sería ya algo a nivel estatal, dirigido a todo el sector público, en personal que realice evaluaciones externas. Se trataría, en el caso concreto de la educación, de exámenes a los maestros, charlas personalizadas para comprobar su motivación y predisposición a la enseñanza, revisión del cumplimiento de los métodos educativos dispuestos por ley y, en última instancia, exámenes de nivel de carácter puramente estadístico a los alumnos en edades significativas o conflictivas, especialmente en los primeros años de formación, que sirviesen para comprobar el funcionamiento correcto de las políticas puestas en marcha en el sector. Por supuesto, los resultados de estas pruebas tendrían carácter vinculante, pudiendo cesar el contrato de profesores ignorantes o negligentes a la hora de instruir, proponer algún complemento formativo para los maestros a raíz de las innovaciones y necesidades que vayan apareciendo, o implementar algún  tipo de gestión externa provisional en aquellos centros cuyo rendimiento sea particularmente alarmante. Todo tendría que ser estudiado con expertos en cada tema para, así, asegurarnos de ir en sintonía con una forma adecuada de plantear la enseñanza.

Por otra parte, los contenidos teóricos de cada asignatura básica serían diseñados por profesionales que aportasen su perspectiva real de cuáles son los conocimientos mínimos que toda persona debería tener. Con ese saber exigible para toda persona, se elaboraría un programa educativo de una duración determinada que sería de cumplimiento obligatorio, y que después daría acceso a una especialización. Creo que no tiene sentido separar claramente etapas educativas si solamente va a existir un salto de nivel sin la elección de un sendero u otro, de forma que sería un objetivo primordial establecer un claro salto entre la Formación Superior y la Formación Básica, eliminando los pasos intermedios. Todo el mundo debería tener esa Formación Básica, y luego la Formación Superior se impartiría o en la Universidad o en Institutos de Formación Profesional.

Para la Universidad y la Formación Profesional, contaría con la opinión de expertos en cada rama del saber, tanto desde el punto de vista de la investigación y el desarrollo como de empresarios, analistas o economistas, que diesen un perfil adecuado, para el presente y, por supuesto, con la vista puesta en el futuro, del titulado en Física, Matemáticas, Economía, ADE, Medicina y, en general, cualquier carrera o ciclo existente. A raíz de esas necesidades, se elaboraría el listado de competencias a adquirir y, pues, se podría realizar un desglose de asignaturas efectivo y optimizado.

Así pues, a través de esa mejora y revisión continuada de la calidad de la enseñanza, se podría proyectar una mejor perspectiva profesional para los jóvenes de nuestro país. Por supuesto, el Estado debería destinar todos los fondos necesarios a cumplir los objetivos marcados, así como a garantizar, como marco necesario para la implementación de todo lo descrito, una educación pública gratuita, de calidad y dotada de infraestructuras suficientes. Ese debería ser el compromiso de una España mejor con sus niños, adolescentes y jóvenes, una lucha eterna e ilusionante por enseñarlos a vivir en un mundo cambiante y lleno de desafíos.

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