La semana #1 (Cifuentes, Siria y la prensa española)

No puedo negar que me sorprende que el tema Cifuentes haya sido capaz de provocar reacciones tan viscerales en tanta gente. Desde que subí el anterior artículo han pasado ya más de dos semanas y, sin embargo, el asunto sigue llenando páginas y páginas de prensa española. Hoy me he sentado ante el ordenador dispuesto a escribir sobre otro tema, pero debo reconocer que la polémica ha abierto debates que, honestamente, me gustaría tratar en este blog. Supongo que podemos considerar este artículo una evolución del anterior, si os parece bien.

En primer lugar, me ha parecido divertida la reacción de la oposición (Ciudadanos, Podemos y PSOE) al ataque del Partido Popular, que ha tratado en sus redes sociales de revertir las acusaciones sobre Cifuentes poniendo en entredicho la pulcritud de dirigentes del resto de formaciones políticas, como Franco (PSM), Errejón (Podemos) o Miguel Gutiérrez (Ciudadanos). Digo que me ha parecido jocosa porque se ha dado un episodio muy recurrente en política: cuando alguien usa argumentos comparativos, se le acusa de caer en el “y tú más”.

Siempre he pensado que la gente que tiene mucho interés en política no suele ser demasiado inteligente (me refiero, por supuesto, a quienes no ocupan cargos, sino que solamente dedican horas de su vida a trabajar por un partido político o una idea sin llevarse nada a cambio), y por eso no me extraña demasiado que argumentos de este estilo sirvan para tranquilizar a la militancia de PSOE, Cs y Podemos. No en vano, tirar la bomba de humo del “¿pero cómo puedes hablar de que yo […] cuando tú hiciste […]?” y hacerse el indignado parece funcionar muy bien en un país de trincheras en lo que a sensibilidades políticas se refiere.

Las personas muy interesadas en política no acostumbran a tener un ansia demasiado fuerte de conocer la verdad. Si, para muchos, Cristina Cifuentes debía ser cesada antes incluso de que su caso comenzase a ser investigado, qué no podríamos llegar a pedir para quienes perpetran un ataque militar contra un país, Siria, cuyo uso de armas químicas está aún en entredicho. Lo que me parece más relevante del ataque es que, como digo, se tiende a hacer gala, en redes sociales y en prensa escrita, de una megalomanía que resulta muy, muy cómica.

Los que gustamos de opinar somos, habitualmente, personas con hilarantes delirios de grandeza. Muchas de mis amistades tienen esta actitud, y pocas veces lo he hablado con ellos directamente, pero me voy a tomar la libertad de comentarlo aquí. El caso es que, cada vez que leo algo relacionado con política, tiendo a imaginar que el escritor se siente tocado por la gracia divina mientras expresa su punto de vista. No en vano, el articulista de opinión jamás opina. No se puede ser “opinador” político si no estás dispuesto a escribir con contundencia.

El ataque a Siria por parte de EEUU, Francia y Reino Unido no “puede ser contrario a los derechos humanos”, ni “podría ser más un problema que una solución”. Quien escribe estos artículos nunca diría algo como “creo que Trump se equivoca”, o “no entiendo la postura de Macron y pienso que carece de lógica”. No, la gente no quiere leer eso. Los fanáticos del mundillo de lo público no pueden dejarse llevar por el impulso de ser comedidos. Si se habla de algo, tiene que ser con claridad. Trump está loco, Macron no tiene ni idea de lo que hace, el ataque a Siria viola los derechos humanos y destruye Occidente y todos los que escribimos sabemos muchísimo mejor que cualquier investigador de pacotilla si Al Assad ha usado armas químicas o no.

De verdad, entrad a cualquier diario que se precie y mirad los artículos de opinión. Os sorprenderá que sea hasta difícil encontrar algo que parezca un punto de vista personal. Todo son frases grandilocuentes.

“En cualquier país serio, Cristina Cifuentes ya no sería Presidenta de la Comunidad autónoma de Madrid.” (Rosa María Artal)

“La política en España vive en permanente crisis. La mentira, la corrupción, los debates inservibles y lo electoral como único objetivo es el paisaje que los ciudadanos contemplan cada día.” (Inma Aguilar Nàcher)

“¿Para que sirve un rey? Se lo diré yo. Para nada.” (David Bollero)

“El caso es que El País saca una bastante delirante conclusión de esta decisión judicial.” (Aníbal Malvar)

Todos estos artículos eran de eldiario.es y Público, pero seguro que en otros diarios hay ejemplos similares.

Como ya he dicho, lo más destacable de estas frases es que están cargadas de potencia. Hay quien dice que son un recurso estilístico, pero quien vive en España sabe que el que las usa, las siente de verdad. Dicen algo parecido a ese “déjame que te enseñe, que tú no sabes” tan habitual. Me recuerdan a ese “dices tú de mili” de José Mota, y supongo que por eso me hacen gracia cuando lo que deberían darme es lástima. Lástima porque el articulista español no está preparado, a veces, para opiniones dispares. Los españoles no siempre dudamos, no siempre somos decorosos al referirnos a los demás, no siempre dejamos la puerta abierta a la rectificación.

Ese es un rasgo que reconozco que me disgusta profundamente. Hilando con lo que he comentado antes, supongo que por eso no suelo hablar de política con nadie más que con este blog, y tiendo a ser indiferente y no entrar en discusiones profundas en público. Me siento muy incómodo con las personas que son maleducadas cuando argumentan, y eso incluye a personas de las que tengo muy buena opinión más allá de su ideología, así que supongo que ignorar el debate es una buena forma de escapar de la amenaza de la desilusión. Es, al menos, la que yo he encontrado, y me funciona bastante bien.

Otro de los aspectos generales que he notado en los demás es la tendencia a dejar de leer cuando el texto es excesivamente largo, de manera que me he propuesto que estos repasos semanales no superen las 1000 palabras.

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