La sentencia sobre las cláusulas suelo NO nos beneficia

Me sorprendo hoy al ver cómo la sociedad española se alegra ostensiblemente por la resolución del Tribunal Europeo que obliga a la devolución íntegra de las ganancias derivadas de las cláusulas suelo, bajo el pretexto de que éstas se impusieron sin informar debidamente a los consumidores. Lo curioso de esta sentencia respecto a otras es que, lógicamente, tiene carácter retroactivo: si un Tribunal decide que las condiciones del contrato son abusivas (cosa que se tiene que determinar, según tengo entendido, caso por caso), puede ordenar la devolución del dinero desde el momento en el que dicho acuerdo fue firmado por ambas partes.

Esto, que podría parecer una victoria de los derechos de la ciudadanía sobre los deseos desmedidos de los bancos de ganar dinero, no puede estar más lejos de algo positivo para quienes defendemos la libertad. Quienes creemos que el Estado y los Tribunales deben intervenir lo menos posible, y únicamente haciendo cumplir las condiciones establecidas en los contratos firmados voluntariamente, nos llevamos hoy un nuevo golpe.

Ya no importa lo que se haya firmado. No importa que todos sepamos que los bancos son entidades dedicadas a obtener ingresos. Da igual que, cuando firmamos un contrato, todos sepamos que la otra parte se considera más beneficiada que nosotros o, cuanto menos, cree que no va a perder dinero a raíz de su decisión. De hecho, tampoco tiene la más mínima relevancia que todos seamos conscientes de que existe esa “letra pequeña” que todos deberíamos leer. Ni siquiera vale la pena ya tener en cuenta que las decisiones económicas deberían ser tomadas con especial cuidado, porque no tienen marcha atrás y pueden influir por siempre en nuestra vida. Ya da igual todo.

Ni los contratos están para cumplirlos, ni somos libres de firmar lo que queramos. No se nos considera capaces de informarnos debidamente, ni se cree que tengamos la obligación de hacerlo. Las decisiones de nuestra vida ya no tienen importancia, se pueden revertir. De hecho, podemos obligar a quien ha firmado un contrato con nosotros a anularlo, o ser obligados nosotros a renunciar a las condiciones pactadas. Vamos a ser niños pequeños toda nuestra vida.

Haciendo una analogía con la final de la Champions, Juanfran podría volver a lanzar aquel penalti que estrelló contra el palo, arguyendo la injusticia de que pensaba que ajustar el lanzamiento iba a resultar en la victoria de su equipo y no en el choque de la pelota con el poste.

Pensaréis que no tiene tanta importancia. Al fin y al cabo, es una decisión que, a la mayoría de españoles, nos beneficia o, al menos, no nos perjudica. Sin embargo, la verdad es otra. Es cierto que, al menos en principio, no nos va a hacer daño, a los que no nos dedicamos a la banca, el hecho concreto de que se devuelva el dinero. El problema son las consecuencias a largo plazo y, por encima de todo, las lecciones que nos deja este hecho.

Las consecuencias las pagarán los que vayan a iniciar una empresa, los que firmen a partir de ahora una hipoteca, los que trabajen en una entidad bancaria y, en definitiva, cualquiera que quiera llegar a un acuerdo con otra parte, pues sabrá que su firma y su consentimiento no sirven para acordar algo, que el resto de la ciudadanía española e, incluso, la Unión Europea en su totalidad, les deben dar permiso para hacer ejercicio de su libertad. De hecho, en cualquier momento, el mundo puede intervenir y, cinco años después de la firma, obligarlo a aceptar nuevas condiciones.

Ese es el mundo en el que nos ha tocado vivir. Claro que esto va a tener consecuencias. Los bancos se fiarán ahora aún menos. Las empresas tendrán menos fe en la legislación vigente. Los ciudadanos de a pie somos, también nosotros, menos libres cada día que pasa. Y eso no es bueno.

Yo no quiero ser esclavo de nadie y, cada día que pasa, me siento menos libre. Debo estudiar como dicen los demás que estudie, acatar las normas que los demás quieren, ser gobernado por quienes los demás quieren que me gobierne, firmar los contratos que el resto quiera y romperlos cuando a la mayoría le dejen de parecer bien. Una vida sujeta a miles de normas, condiciones y obligaciones.

La pregunta es: ¿cuándo será suficiente?

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