¿Puede Cataluña independizarse de España?

Para quien venga aquí a leer sobre leyes y funcionamiento puramente político de las instituciones, aviso de que este no es un espacio en el que se vayan a tratar las cosas desde esa perspectiva. Hoy os voy a comentar mis impresiones, desde un punto de vista alejado de los formalismos actuales, sobre la posibilidad de que un territorio se independice de un “súper territorio” al que pertenece desde hace años, lo cuál es directamente aplicable al caso de Cataluña. Para ello, voy a tratar de hacerme servir de la mínima cantidad de tecnicismos posible, exponiendo mi punto de vista de una forma clara y concisa. Comencemos.

La legislación que tenemos actualmente, igual que nuestra disposición en pueblos, ciudades y estados, igual que la Unión Europea o, en definitiva, el ajuste territorial o administrativo que nos apetezca, e incluso nuestra cultura, proviene todo de un mismo punto: necesidades concretas e invenciones destinadas a satisfacerlas. Por ejemplo, aunque ahora nos parezca una frivolidad considerar que esto es cierto, la razón por la que se llegó a la conclusión de que estaba mal matar no es la ley divina, sino una obviedad: nadie quiere morirse (o casi nadie, puritanos), y menos si es a manos de otra persona y no del azar o la enfermedad inevitable. Es por eso por lo que se construyen los derechos y las leyes, para proteger las esencias que permiten que los seres humanos vivamos felices. Son construcciones culturales surgidas del interés común.

Por eso mismo, por salir del interés común e ignorar excepciones, necesitan de mecanismos de protección. Si todos estuviésemos de acuerdo en que la ablación femenina, el machismo o la esclavitud están mal, estarían erradicadas a nivel mundial y, de hecho, sería posible lograrlo, pero solo hay tres vías para poder homogeneizar el pensamiento de una zona. Las dos primeras son archiconocidas: la dominación de un territorio sobre otro, imponiéndole al dominado las exigencias y la visión del mundo del dominador, y la creación de un sistema privado de protección como, por ejemplo, la policía en España, que se encarga, a cambio de un sueldo, de que a nosotros no nos maten. Es evidente que la mayoría impone sus deseos a la minoría y, por ello, en nuestro país hay un sistema judicial que, a través de la voluntad ciudadana, dicta, al menos teóricamente, lo que está bien y lo que está mal para el español medio e impone sanciones a quien no lo cumple.

Como ya he dicho, existe otra alternativa. Leí el otro día a Íñigo Errejón, de Podemos, comentar que era necesario, a la hora de construir una identidad común, el uso de la cultura y la estética, y no podía estar más en lo cierto. La mayor parte de la humanidad es más susceptible de lo que parece a la sugestión emocional, a los símbolos y a los emblemas que nos representan a todos, y usarlos es una buena forma de reunir, en todos los sentidos, una complicidad generalizada hacia un pensamiento determinado. La argumentación, ya sea correcta y sincera o no, la propaganda, el adoctrinamiento infantil, son todos ellos mecanismos muy sugerentes, puesto que hacen algo que no prolifera demasiado en nuestro mundo: llamar la atención de nuestro cerebro. Nos parece que, si algo sale de la boca de un pensador, si un texto tiene más de cien palabras, alguna verdad tiene que llevar dentro, y por eso nos vemos abocados, como borregos, a creer a aquel que es capaz de usar la retórica para expresar sus intereses.  Muchas veces sobra con usar “palabros” para parecer culto y simular una opinión con fundamento. ¿Patético? Puede ser, pero es así.

Por tanto, podemos conceder que lo que tenemos actualmente rara vez ha nacido de una reflexión filosófica sincera. Casi todos nuestros sistemas y esquemas están marcados por defectos e incongruencias estructurales que se manifiestan en el descontento general de una sociedad educada supuestamente para pensar por sí misma, pero que carece de los mecanismos necesarios para darse cuenta de su propia incapacidad sistemática. De alguna forma, creen que, protestando, debilitan al sistema, sin darse cuenta de que la construcción del mismo nace de nuestra propia flaqueza. Todo es como es porque, en algún momento, convino que fuese de ese modo, y ahora, para cambiarlo, haría falta una revolución social que no puede surgir. Hemos perdido nuestra autonomía, y esta premisa va a volver a lo largo del texto.

Así pues, ante esta incapacidad de lo que tenemos de satisfacer nuestros deseos, ante la continua queja en todos los sentidos emitida desde la sociedad hacia políticos, empresas y otros colectivos, cabría preguntarse si no estamos sobrevalorando lo que tenemos ahora mismo, si no estamos cayendo en una incongruencia evidente, en la incompatibilidad entre la infelicidad sistemática y la conveniencia de que las estructuras básicas de nuestros estados sigan siendo como son actualmente. O necesitamos un cambio total, o todo está bien, pero creer que el enorme enfado que tenemos es compatible con nuestro afán por mantenerlo todo siempre igual es una auténtica estupidez.

En el caso catalán, ocurre algo diferente. Ellos desean una desconexión con el Estado español y así lo han manifestado, promoviendo la formación de todo tipo de instituciones necesarias en un país, como una agencia tributaria (a pesar de haber sido desestimadas por el Constitucional). Tienen, sea conveniente o no, una planificación que están llevando a cabo con una exactitud algo discutible, pero con una idea de fondo necesaria y, hasta cierto punto, suficiente: la independencia. Saben, sin embargo, que para llegar a ella tienen que aceptar un trámite que, en los países europeos, no está muy bien visto, como es el de la desobediencia.

No soy una persona de pensamiento nacionalista. No creo que sea el camino, ni en Cataluña ni en ningún territorio del país pero, a la vez, considero que hay algunos argumentos que se usan en contra del proceso independentista que deberían pasar varios filtros. Para empezar, las leyes vigentes en el Estado tienen su razón de ser únicamente cuando se tiene un objetivo común, que es el de la convivencia. Es como si yo aplico una ley dentro de mi casa. Si una persona está viviendo dentro, y la mayoría de miembros en esa casa están de acuerdo en esa medida, ese individuo en particular tendrá que aceptar nuestro punto de vista. Sin embargo, si se quiere marchar, la ley ya no tiene sentido, puesto que, simplemente, ha rechazado ese marco común de entendimiento. Esto funciona porque yo entiendo que, como la he pagado, la casa es mía, es decir, hay una propiedad que me permite imponer unas normas.

Habrá quien diga “el ejemplo no sirve porque, en realidad, es como si esa persona cogiese un cacho de la casa y se declarase propietario de ella”. Sin embargo, no es del todo cierto que ambas cosas sean equivalentes, puesto que la propiedad de España está en manos de los españoles. Los derechos no son de los territorios, la casa no tiene entidad por sí misma, sino que está unida en virtud del deseo de su población y somos todos nosotros los que decidimos que así sea, cada uno de los que vive en cada una de las habitaciones manifiesta que quiere que, en su conjunto, sean una “casa”. Por tanto, efectivamente, hay una parte que sí que es cierta, y es que la Constitución reconoce que los derechos son de las personas, de todas las personas de la casa, y que las decisiones se tienen que tomar en común. ¿Tiene sentido hablar de “España” como si de una casa con cuatro paredes se tratara?

Habría quien diría que sí, que “el referéndum se debería hacer en toda España”. Sin embargo, aquí entramos en una contradicción intrínseca: defendemos que España es como es por voluntad de todos los españoles, pero entendemos que, si los seccionásemos, cada uno tendría unos intereses. Sí, es obvio, cae de cajón, pero la premisa de la que partíamos era otra, que los españoles éramos todos un pueblo unido con una soberanía conjunta y que todos estábamos de acuerdo en que una Constitución nos uniese a todos. Y es que, si me decís que esa premisa no la veis adecuada, simplemente el proyecto español deja, automáticamente, de tener sentido, puesto que no tendríamos una casa sino, más bien, habitaciones unidas por un contrato de subordinación. Hay ahí un reconocimiento implícito de sensibilidades diferentes, una necesidad de poner los asuntos de unos ciudadanos en manos de otros. Lo que hagan los catalanes lo tienen que decidir los madrileños, existe una imposición explícita. En conclusión, tenemos un problema de realidades, identidades y límites. Cataluña existe pero no existe, las decisiones las toman todos pero hay unos entes, las Comunidades Autónomas que, a los ojos de cualquiera, quedan como en una especie de limbo conceptual. Son y no son, deciden y no deciden. De hecho, deciden lo que el grueso popular les permite decidir. Las cosas, en nuestro país, no están claras.

Eso me lleva a afirmar una evidencia: por encima del pueblo español en sí mismo, hay una “masa”. Cada persona tiene sus propias sensibilidades, sus propios intereses y sus propios deseos. De una idea compartida, surge un pueblo. Cuando el pueblo se hace grande, una ciudad. Después, una provincia. Después, una Comunidad Autónoma. Después, un país, y en cada salto lo que decidieron los dos primeros individuos que se unieron se va perdiendo poco a poco. Lo que viene recogido en la Constitución no es el derecho de cada español a ser libre y a desarrollar la vida que desea, sino la plena autonomía de la “masa” poblacional a la hora de hacer que sus deseos sean órdenes. Esa es la verdad. Eso, que en principio estaría bien, conlleva algo que trataré en otras entradas: la clave está en convencer a la masa de que piense de una determinada manera. Si lo haces, el país es tuyo.

No tenemos derecho a decidir, es cierto. Pero no es que no lo tengan los catalanes, es que no lo tiene nadie. No deberíamos estar orgullosos por poder decir “que se aguanten, esto lo decide toda España”, porque lo que estamos diciendo implícitamente es “yo, como ente individual, doy exactamente igual”. No importo nada, todo se decide, como ya dije antes, por ocupación, imposición o adoctrinamiento. Un catalán vive en una zona que se llama Cataluña, con un idioma propio, con unas ideas propias, y con un Parlamento con un cierto poder que tiene mayoría para producir una secesión. Sin embargo, el resto del país pone el límite, que es “tú existes hasta que yo quiera, eres catalán hasta que yo diga que eres español, porque una vez se firmó que tú serías español. Y votaste a favor, aunque, si hubieses votado en contra, hubieses sido español igualmente”.

Aquí podemos ir a otro punto y preguntarnos qué sentido tiene que unos españoles marquen sus deseos sobre otros, es decir, qué fundamenta la unidad de España ahora mismo. Si, como ya he dicho, Cataluña hubiese sido España aunque hubiese votado en masa que no en la ratificación de la Constitución, habría que cuestionarse cuál es la base. En efecto, habéis llegado a mi misma conclusión: las leyes y la “masa” apoyándose en las leyes. No hay otra razón, no hay un fundamento místico que diga “España es una”, no ha bajado Dios a decir que es así. Hay un trozo de tierra que se llama España donde nos hemos asentado, y hace muchísimos años, tras multitud de conflictos, se dijo que todo era el mismo país y se creó un entramado conceptual para defender esa idea, primero a través de los acuerdos entre dinastías y, luego, ya mediante documentos. El problema no es que Cataluña sea España, porque seguramente el resultado del referéndum sería un rotundo “NO” a la Independencia, sino que hemos decidido que Cataluña DEBE ser España.

Por tanto, lo que tenemos es un sistema que dice que nos representa a todos, pero donde nuestras sensibilidades individuales no valen nada, donde nuestro proyecto de vida debe ser secundado por el resto para poder llevarse a cabo. Tenemos una Constitución que dice que existen Comunidades Autónomas, que España está dividida en territorios con diferentes sensibilidades, pero que el cacho de tierra llamado “Cataluña” no tiene entidad, y el cacho de tierra más grande llamado España sí, a pesar de que éste también se subordine a la Unión Europea y desde ella también vengan leyes. La idea que quiero hacer entender es que la ley no es un orden natural de las cosas, el sustento de esto no es filosófico, no es moral, las limitaciones de poder de cada órgano son puramente circunstanciales y establecidas por conveniencia. Es coger una regulación, aprobarla en un momento y considerarla inamovible.

Al final, todo en esta vida son casualidades, y nos inventamos fundamentos para defender lo que nos gusta. Las leyes no sirven para la convivencia, porque aunque no se quiera convivencia se tienen que acatar. Las leyes no se hacen para poder ser fácilmente revisables, sino para atar a los más pequeños a la voluntad de los más grandes el tiempo que se quiera. Las leyes se inventan unas libertades y cercenan otras, idean unas identidades y eliminan otras. El pueblo no es educado para luchar por su libertad, sino que lo que se busca es tener una masa educada para querer lo que los de arriba quieran. Todo es mentira, los sistemas actuales no están hechos para adaptarse a la verdad del momento, sino para defender unos valores por encima de otros, para conceder la bonanza a lo que unos piensan y disminuir la importancia de lo que otros consideran relevante, para hacer menos agraciado el cambio y sobrevalorar la estabilidad.

Espero que esta reflexión haya servido para transmitir un sencillo mensaje: lo que hay ahora es posible cambiarlo. No es nada divino. Lo que tenemos es una masa que decide, una masa a la que llevan como ovejas en un rebaño. Estamos controlados por el miedo, por la propaganda, por la cultura y por todo lo que tenemos encima, y escogemos la opción más fácil, que es creernos que lo que hemos construido es lo mejor que puede haber. No hay error más grande que subestimar el poder del individuo y tratar de enterrarlo. Porque cada uno de nosotros puede levantarse de nuevo, y debe hacerlo. Esto no es un alegato en favor de la independencia de Cataluña, sino de la independencia del pensamiento y de la reflexión crítica, una petición de que pensemos sobre cómo son las cosas y entendamos que podrían ser de otra manera, que no hay nada que exista por un logos divino. Todo está permitido. La fortaleza intelectual actual más sólida está hecha de barro.

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