“75 consejos para sobrevivir en el colegio” y una sociedad lamentable

Quería empezar esta nueva andadura en Internet con un tema de moda, dando mi opinión sobre el libro “75 consejos para sobrevivir en el colegio” de María Frisa, no porque me guste subirme al carro de lo que está a la orden del día, sino porque gusto de llevar la contraria y cada asunto que se hace viral lleva a un montón de visiones equivocadas (no, no quiero decir distintas, quiero decir equivocadas). No voy a aburrir más con un preludio eterno y sensacionalista, pues siempre es mejor ir al grano y, en este caso, hay mucho que comentar sobre María Frisa y el archiconocido libro sobre la supervivencia en la escuela.

He de decir que, como ya es habitual en mí, soy de los que se llevan las manos a la cabeza cuando sucede algo y, después de quejarme y patalear un poco, me planteo ver qué es realmente lo que ha suscitado ese hecho. En este caso, con la revelación en la prensa de la existencia de un supuesto libro machista, retrógrado y que fomentaría el bullying, no pude evitar ir como pollo sin cabeza, enervarme y firmar la petición en Change.org sin dudarlo dos veces. Tampoco es que crea que esa web sirva para mucho, pues los asuntos, por ejemplo, de Santander, suscitan firmas de gente que vive en Cádiz, así que, de fiabilidad, poca, pero bueno, supongo que habría que pensar dos veces antes de aprobar voluntariamente algo. Por ello me propuse leer, al menos, el principio del libro, a ver si me tenía que arrepentir de haber dado mi nombre a la reclamación de retirada de la obra.

Después de leer las primeras páginas, disponibles para cualquiera en Internet si busca un poco, y de darle contexto a las frases que se habían destacado en los principales periódicos de nuestro país, tengo ya una opinión formada sobre el libro, que podría dividir en dos secciones: la primera, explicar qué me parece la obra, y la segunda, argumentar por qué, a pesar de mi visión como consumidor sobre ella, sigo pensando que no es una lectura adecuada para niños. Empecemos.

Es un libro divertido, si se me permite la opinión. Conjuga muy bien dos aspectos que, muchas veces, los autores no saben casar, que son el tono infantil y el humor bastante avanzado (suelen tender a tratar a los niños como deficientes mentales). Todo el texto está marcado por una ironía profunda. La protagonista, en sí misma, es una parodia de la niña normal tocada por la varita de la inteligencia, con una capacidad infinita de razonar, muy superior a la de algunos adultos. Aunque parezca que lo estoy diciendo de broma, María es una escritora con mucho talento, que ha conseguido plasmar en unas pocas páginas mucho más decoro lingüístico que otros escritores en toda su carrera, sin tener que incurrir en trucos viejos para conseguir suscitar interés. Su novela engancha de verdad.

Sin embargo, no puedo evitar reconocer algo que me entristece profundamente, y es que, por mucho que quiera, la novela no me hace sentir bien. Por mucho que me lo intente tomar como una broma, no lo logro. Yo, que he disfrutado de la literatura desde muy temprana edad gracias a la biblioteca recopilada por mis padres, y que me he atrevido a probar todos los tipos de humor habidos y por haber desde que tenía apenas nueve o diez años, aun teniendo un estómago a prueba de bombas en lo que a susceptibilidad se refiere, he reconocido en la mentalidad de la niña, sin exagerar, la misma forma de pensar que tenían muchas personas con las que me llevé mal en mi infancia y que me impidieron disfrutar de ella como correspondía.

Y es que sí, cuando la niña dice cosas como que hay que buscar un amigo que sea más tonto que tú, o que siempre hay que encontrar alguien con quien meterse, lo hace de forma divertida y con un relato ameno, pero no dejan de ser cosas por las que muchos están sufriendo. Esa forma de pensar existe y es la predominante en la juventud, es la que muchos padres enseñan a sus hijos para que, efectivamente, “sobrevivan” en el colegio, en una especie de “sálvese quien pueda” del que quieren que los suyos salgan bien parados. Ese es el problema que le veo al libro: la autora intenta ridiculizar la sociedad española, pero no lo consigue, porque la realidad supera, en mucho, la ficción.

Hay gente que lo compara con otros temas de humor negro, o con universos terriblemente brutales, intentando decir “bueno, no es para tanto, en este libro se nos plantea una sociedad peor”, pero se olvidan de un aspecto esencial del valor literario, que va a seguir siendo lo que produzca reacciones en el lector por los siglos de los siglos: la verosimilitud. Lo que dice la niña es verosímil, realmente es posible que una niña piense así. De hecho, es posible que sea mil veces más cruel de lo que lo es Sara, que tenga comportamientos e ideas mil veces peores. La niña protagonista es hasta suave viendo cómo está la sociedad, y eso me lleva a afirmar algo simple: el problema no es el libro, el problema es que el libro es verdad. No es como leer sobre vampiros u hombres lobo, o sobre personas con el cuerpo amarillo que viven en una caricatura nuclear.

¿Quiere decir esto que se debe prohibir la obra de María Frisa? Pues, bajo mi humilde punto de vista, no. No hay que prohibir nada. El libro puede estar perfectamente en las librerías, pues es una obra literaria decente. Otro tema es si yo se lo compraría a mi hijo si tuviese uno. La respuesta a esa pregunta es un NO rotundo. Una vez habiendo expuesto lo anterior, creo que es fácil entender por qué yo no lo adquiriría ni se lo haría leer a los niños en las escuelas.

Contrariamente a lo que pueda parecer, cuando digo que los niños no deberían leer cualquier cosa, no es porque no confíe en su capacidad sino porque, sencillamente, tenemos una sociedad en la que la comprensión lectora tarda mucho en desarrollarse e, incluso, no se llega a formalizar nunca. En el colegio, se mandan un montón de libros para que sean consumidos por unos chavales a los que jamás se les ha sabido enseñar el valor de la lectura, que viven en un organigrama sin el más mínimo sentido meritócrata. No entienden para qué sirve leer, ni qué sentido tiene aprender, por eso la mayoría reconoce, cuando tiene ya dieciocho años, por ejemplo, que jamás se ha leído un libro completo, sino que ha ido buscando los resúmenes en Internet. No somos un gran país en este sentido, y echarnos flores sobre lo maduros y formados que somos mientras, luego, llenamos plazas exigiendo una educación mejor, me parece una actitud hipócrita.

Precisamente porque no tenemos padres que sepan educar a sus hijos ni fomentar amor por la lectura, ni tampoco disponemos de una educación que sepa asegurar que existan niños y niñas reflexivos, que vayan aprendiendo poco a poco y cultivándose en el ejercicio de sus facultades intelectuales, no confío en que se les propongan este tipo de lecturas en las que se puedan ver identificados, pues lo único que se puede lograr es que tomen las cosas, en su absoluta ignorancia y falta de entrenamiento literario desde la niñez, de mala manera, y se interesen por el punto de vista de la niña hasta el punto de que normalicen la conducta y la forma de pensar que tiene ella, al ser la que ven en los “chicos y chicas populares” de su clase. Es lo mismo que ocurre con la sexualidad y “Mujeres y Hombres y Viceversa”, por poner un simple ejemplo. Se ha hecho, de algo que antes sería inconcebible, un estándar que se puede defender, solo porque tienes iconos que viven de ello. El libro de María es eso, un cebo perfecto para mentes infantiles, inseguras y vulnerables que, faltas de entendimiento, no podrán más que exclamar “claro, por eso yo no soy popular” al ver cómo se les relata lo que viven de una forma tan habilidosa.

A los detractores que tachan a la autora de “machista”, “imbécil” e insultos similares, solo decirles que están muy equivocados, pues es una obra de FICCIÓN. Matt Groening, el autor de los Simpsons, no piensa que Homer sea un ejemplo de persona, ni Barnie un buen modelo para disfrutar del consumo de bebidas alcohólicas con moderación. Habría que ser un poco más decentes a la hora de criticar las cosas, llamar a todo por su nombre y encontrar qué es exactamente lo que nos molesta, plasmarlo por escrito y ser consecuentes después con nuestro punto de vista. No hay razón para “matar” literariamente a una persona por crear ideas grotescas. Si no, volveremos a la época de Galileo, o a las censuras pasadas, matando al mensajero y creyendo que así se solucionan los problemas.

Primero, hagamos que los niños quieran aprender. Luego, que les apetezca empezar, desde pequeños, a leer obras literarias sencillas, planas y que les enseñen, poco a poco, lo que es una metáfora o una ironía, de forma suave y progresiva. Después, hagamos que los profesores les expliquen lecturas un poco más complejas antes incluso de leerlas, que les hagan entender algunas referencias más profundas, en un proceso continuado de perfeccionamiento, todo adobado con un interés alto por la moral. Y ya, cuando hayan leído varios libros, cuando hayan visto, a través de obras edificantes y ejemplarizantes cómo debería ser un ser humano adecuado y respetuoso con los demás, cuando hayan reflexionado sobre lo que es ficción y lo que es realidad, sobre lo que está bien y lo que está mal, sobre la diferencia entre “ser popular” y “hacer lo correcto”, cuando hayan vivido años en una sociedad que rechace la discriminación y que premie a quien destaca y respete a quien se esfuerza, quizá sea el momento de enseñarles “75 consejos para sobrevivir en el colegio” pues, en ese momento, seguramente sí llegarían a disfrutarlo y se avergonzarían de la enorme ignorancia e intolerancia de las generaciones de sus abuelos y padres.

Un breve apunte para algunos supuestos entendidos: una sociedad es libre y abierta cuando las mentes que alberga son libres y abiertas. Justificar todo basándose en adjetivos vacuos no nos hace más inteligentes.

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