Sobre la huelga feminista del 8 de marzo

He reflexionado mucho sobre si escribir acerca de este tema o dejarlo pasar. Después de todo, no es algo que me incumba demasiado. No es más que una huelga puntual y el país ha vuelto hoy a la normalidad sin los cambios demandados (como, por supuesto, era de esperar). Podría pasar de largo y no hacer ninguna apreciación al respecto, como sé que harán muchos. Porque es el camino fácil.

Al fin y al cabo, uno no sabe muy bien a qué se está enfrentando. Hasta a mí me sorprenden, a veces, los extremos a los que llegamos para defender nuestros puntos de vista, y eso que yo ya partía con una enorme falta de fe en el sentido común. Es por eso por lo que entiendo que solo unos pocos se atrevan a hablar del asunto, aunque es triste que sean, como siempre, hombres irascibles que pierden los estribos a la menor oportunidad. En definitiva, escribo para quitarme una espinita clavada y, además, para relanzar el blog, que ya iba siendo hora.

Me he leído el manifiesto de la convocatoria, a diferencia de muchas personas que la han criticado. Creo que vale la pena quitarnos de encima un punto rápidamente: el carácter apolítico de la misma. “Llamamos a la rebeldía y a la lucha ante la alianza entre el patriarcado y el capitalismo que nos quiere dóciles, sumisas y calladas”, “En Catalunya estamos viviendo una escalada de la represión: cargas policiales el 1 de octubre con denuncias de agresiones sexuales”, “denunciamos la aplicación del Artículo 155 de la Constitución española y exigimos su inmediata suspensión”, “Gritamos bien fuerte contra el neoliberalismo salvaje que se impone como pensamiento único a nivel mundial y que destroza nuestro planeta y nuestras vidas”. Igual se me ha pasado algún apunte, pero creo que con estas frases es suficiente para ilustrar lo que voy a decir.

Por supuesto, veo bien que una convocatoria analice el mundo de la forma que le venga en gana. Ahora, bajo mi punto de vista, si se pretende que sea apolítica, tal vez carezca de sentido comentar una supuesta alianza entre el capitalismo y el patriarcado, el artículo 155 (no sé qué tendrá que ver con el feminismo) o algo llamado “neoliberalismo salvaje” que yo, por lo menos, desconozco qué es y dónde se pone en práctica (no en vano, me encantaría mudarme a un lugar así). No soy quién para poner en duda las buenas intenciones de quienes introducen estos temas en la mentalidad colectiva, pero tal vez no todas las feministas vivan presionadas por esos temas políticos que mencionan, ni estén necesariamente de acuerdo todas las mujeres de cada manifestación a lo largo del país con la celebración de un referéndum sobre la independencia de Cataluña.

No obstante, el carácter apolítico de la llamada a las calles no tiene mucha importancia, pues, aunque si la convocatoria efectivamente fuese desinteresada, no tardará algún movimiento más allá del feminismo en instrumentalizarla. No en vano, las presencias y ausencias de cargos públicos ya han empezado a ser comentadas, y es que todo vale en la sociedad en la que nos ha tocado vivir. Hoy en día, todo es política, por activa o por pasiva.

Otro aspecto que me gustaría reseñar es que creo, con toda sinceridad, que no todos los llamados a la huelga son iguales. Por mucho que se pretenda que así sea, siento que no tiene el mismo carácter una movilización de trabajadores (me niego a desdoblar, las trabajadoras van dentro también, así es el castellano) de la minería quejándose de sus horribles condiciones de trabajo, o una revuelta campesina contra los patrones, que una reivindicación que afecta a más del cincuenta por ciento de la población mundial.

Tal vez yo sea muy individualista (es un sentido que, probablemente, los liberales tenemos un poco más desarrollado), pero me costaría mucho sentirme identificado en mis problemas con una de cada dos personas que me encuentre en la calle. Pienso, y me siento feliz al hacerlo, que cada uno de nosotros tiene miles y miles de matices en su forma de vivir la vida que impiden justificar una convocatoria tan multitudinaria. De hecho, incluso veo más lógica una manifestación de pobres  que una de mujeres, pues creo que la dicotomía y el conflicto están mucho más claros en el primer caso que en el segundo. No en vano, los pobres tienen problemas mucho más concretos y generales a compartir que las mujeres, que pueden gozar de vidas enormemente distintas dependiendo del lugar del mundo donde se hallen, así como de ideologías, conocimientos, puestos de trabajo, deseos personales y consideraciones sobre ellas mismas diferentes, por el simple hecho de que no todos somos iguales.

Por otro lado, el contenido en sí de la huelga refuerza lo comentado anteriormente. Es interesante, por supuesto, reivindicar la importancia de los cuidados. También lo es lamentar los asesinatos machistas, denunciar la represión de identidades sexuales diversas o criticar el machismo intrínseco del sistema educativo y la falta de contenidos referidos a mujeres. Ninguno de esos puntos es una mala idea ni debería ofender a ningún hombre. De hecho, creo que nadie debería estar en desacuerdo acerca de la necesidad de reivindicar y mejorar el posicionamiento y papel de las mujeres. El problema viene por otro lado.

Siempre me ha molestado el carácter coactivo que pretenden tener muchas reclamaciones ciudadanas. No me parece mal, ni mucho menos, utilizar la protesta como medio para recordar a los políticos las ideas que un colectivo tiene, pero sí me asusta pensar que, ante la baja fiabilidad que ofrece la gestión pública actual a ojos de buena parte de la ciudadanía, es posible que los gestos, los gritos o los cánticos acaben deseando sustituir los mecanismos de representación habituales.

Considero, para quien lo crea, que mi preocupación no está carente de sentido. Cuando vemos que, en todas partes, empieza a valer más un vídeo en redes sociales, los retweets y favoritos, los “Me Gusta”, los “estoy indignado” y, en definitiva, cualquier forma de protesta no administrativa, que los resultados de las urnas para medir las posturas ciudadanas generalizadas, creo que tenemos que ser conscientes de lo que eso significa, más allá de si creemos que es lo correcto o no. Es una realidad que acabará teniendo una gran importancia.

Con esto no quiero decir, pues la voluntad de malinterpretar se puede presuponer, que no sea lícita cualquier forma de reunión: soy un defensor a ultranza de la libertad de expresión sin límites, creo en el derecho que todos tenemos a ofender y resultar ofensivos y transgresores y odio la censura. Lo que quiero expresar es que muchas de las ideas de la manifestación dependen, al final, de los votos en las urnas. No creo que un veinte por ciento de la población en una plaza valga más que un veinte por ciento ejerciendo su derecho al voto, ni deseo que, algún día, llegue a valer más.

Por último, expreso mi preocupación por la generalidad de muchos de los comentarios dentro del manifiesto. Me pregunto cómo es posible que se haya conseguido introducir, en la mentalidad colectiva, conceptos como el neoliberalismo salvaje, la justicia patriarcal, las normas opresivas y demás ideas vacías hasta el punto de motivar a alguien para salir a la calle, con la cantidad de cosas bellas que hay en el mundo que hacer y por las que maravillarse y las mil y una formas que todos tenemos de mejorar nuestra vida sin depender de los demás. Tal vez sea yo una persona demasiado complicada, pero a mí, para movilizarme, me hacen falta más que unas frases simplistas acompañadas de generalizaciones e ideas obvias. No es fácil hacerme delegar mis problemas en nadie, aunque supongo que no soy el target de los organizadores de huelgas y manifestaciones.

En definitiva, que la gente use su tiempo para lo que crea conveniente me parece lo ideal, pero no deja de resultarme decepcionante que haya tan poca gente que persiga la felicidad y tanta dejándose llevar por la negatividad, la tristeza y el enfado perpetuos. La vida es demasiado corta. Cada día cuenta.

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