Y tuvo que venir la ONU a restringir la libertad de expresión

Lo nunca visto. Pese a la tardanza en hacerlo, vale la pena dedicarle unos minutos a pensar en esto. La ACNUR, agencia de la ONU dedicada a los refugiados, contestó en Twitter a Percival Manglano, concejal del Partido Popular en el Ayuntamiento de Madrid, con el siguiente mensaje, a raíz de un tweet del representante público en el que aludía a que, supuestamente, el autor del atentado de Berlín era refugiado: “Es peligroso e injusto vincular comisión de delitos a si alguien es o no refugiado; generaliza, estigmatiza y provoca miedo 3/4”.

Lo relevante de esto no es que Percival Manglano dijese la verdad o no, sino que la mismísima ONU se meta a valorar cuál debe ser el código de conducta de un político o, más concretamente, qué puede o no puede decir un cargo elegido por los votantes. De hecho, por el carácter general de su “advertencia”, se puede extender su llamada al orden incluso a la prensa. Para ellos, es un problema serio el que los medios de comunicación nos informen de quién es la persona que comete un atentado, o que publiquen una opinión que relacione nacionalidades y comisión de delitos, un asunto que, en teoría, no debería trascender de la pura estadística.

Podría parecer, tras tantos años de quejas continuadas sobre la calidad de las noticias en la prensa, su imparcialidad y su objetividad, que la prioridad en todo caso a la hora de relatar unos hechos debería ser manifestar exactamente lo ocurrido y que, además, los medios deberían tener libertad a la hora de organizar sus contenidos de la forma que deseen, sin intervención de grandes empresas o gobiernos, pero quizá, y solo quizá, haya cosas más importantes.

Tal vez el derecho a la información y la libertad de expresión sean, para ACNUR, cosas secundarias. Y dado que la ONU es, precisamente, una de las impulsoras de estos derechos, resulta paradójico que ponga otros criterios absolutamente subjetivos, puras conjeturas, por encima de las necesidades de la población mundial de tener datos contrastados a través de los cuáles forjar su opinión. Si no convence esto, veamos qué decían las Naciones Unidas en una de sus primeras asambleas sobre este tema:

“la libertad de información es un derecho fundamental y… la piedra angular de todas las libertades a las que están consagradas las Naciones Unidas”.

Cualquiera diría, y tal vez no se equivocaría al hacerlo, que vivimos en un mundo cada vez menos libre. Ya ni siquiera los defensores de la autonomía del ser humano, aquellos que sacan el hacha de guerra cada vez que alguien se atreve a cuestionarla, son capaces de disimular sus ansias desmedidas por conseguir el discurso único, desvelándose como totalitaristas de nueva generación. Son los mismos absolutistas de siempre pero con distinto acabado, una Inquisición tuneada y revestida con argumentos saltarines de quita y pon.

No hace falta que ningún súper-organismo internacional se convierta en la “madre del mundo”. No hace daño que haya diferentes opciones a la hora de recabar datos. No nos debería molestar que haya publicaciones tan dispares como OkDiario y Público. Nadie tiene derecho a imponer que haya que elegir entre prensa de izquierdas o de derechas, o entre políticos solo de izquierdas o solo de derechas y, de la misma manera, ni la ONU ni nadie tiene la potestad de decidir qué es lo que los habitantes del planeta Tierra tienen la necesidad de conocer y qué es lo que debe ser ocultado en nombre de un supuesto bienestar general.

¿Por qué no pueden los españoles  saber la nacionalidad de aquél que atenta contra su país, o un país cercano a España? ¿Por qué no pueden saber si ha habido un decreto que ha obligado a su país o a cualquier otro a acoger al que luego ha cogido un camión y ha arremetido contra ellos, o contra sus familias? ¿Por qué no puede un político dar determinada información o interpretar las cosas de la manera que le plazca? ¿De verdad alguien tiene el valor de decir, tras todo lo ocurrido, que lo que debe incomodarnos es que se estigmatice? ¿En serio?

Lo que provoca pánico es saber que nadie consigue detener la barbarie, que el mundo no está seguro, que el terror puede llegar hasta un mercadillo de Navidad y convertir la celebración y el júbilo en tragedia en cuestión de segundos. Y, si eso da miedo, aún más terrorífico es pensar que la ONU tiene un solo segundo, uno solo, para tirarlo a la basura teorizando sobre asuntos que no son de su incumbencia, en lugar de hacer su trabajo, si es que su labor sirve para algo más que para ganar dinero.

Vergüenza les tendría que dar.

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