Algunas impresiones personales sobre la transexualidad y los niños

Pese a que este tema parece tener mucho que ver con mi canal de Youtube y, por ende, no sería difícil sugerir que debería haber sido un vídeo, no me considero aún lo suficientemente hábil como para tratar una cuestión tan complicada delante de la cámara. Pretendo hacer lo que mejor se me da, escribir al respecto, principalmente para que no queden dudas ni haya lugar a suspicacias respecto a lo que dije o quise decir.

En primer lugar, no tengo nada en contra del colectivo trans. No sería nada capaz de determinar de una forma profunda lo que deben sentir, pues nunca he percibido una diferencia entre mi sexo biológico y mi género, pero creo que cualquier percepción personal debería ser respetable en la medida en que no afecte ni dañe a los demás. Por ende, si bien no me importa ser acusado de tránsfobo (y probablemente, si este artículo es rescatado dentro de algún tiempo, tal cosa ocurrirá), me gustaría dejar claro que no me provoca animadversión la idea de que alguien quiera sentirse mejor consigo mismo a través del procedimiento o de la solución psicológica que crea oportuna.

Sin embargo, lo que quiero tratar en este artículo va mucho más allá. Tengo dos objeciones para las que busco respuesta, y cuya solución no he sido capaz de descifrar por mí mismo. Considero que son incongruencias que llegan al fondo de la ideología actual sobre la diferencia entre sexo y género, y que se extienden a un aspecto fundamental: cómo concebir el trato al colectivo trans en la sociedad, dónde centrar nuestros esfuerzos y qué es posible hacer en nombre del bienestar individual. Como siempre, el problema está en la coherencia entre concepciones diversas de aspectos realmente variados, que se entrelazan, como viene siendo habitual, notoriamente mal a día de hoy.

La discusión sobre el género tiene un polo interesante: el género podría ser, y muchas feministas lo interpretan de esa manera, solamente una construcción social. El ser hombre o mujer, más allá de los genitales, solo sería la manera que tiene la sociedad de asignar roles y conductas a un sexo y al otro. Biológicamente no existirían diferencias que justificasen los comportamientos, gustos, aptitudes y actitudes diferenciales de los hombres y las mujeres, siendo todo únicamente fuerza de la costumbre y de la presión del entorno. Esta forma de afrontar la problemática del género me parece falsa de fondo (la ciencia no parece soportarla, pues hay multitud de experiencias que apuntan a que la psicología de hombres y mujeres es bastante diferente), pero tampoco estimo que resulte muy razonable si la intentamos hilar con la forma que luego encontramos para paliar la infelicidad de las personas trans.

Someterse a una operación de cambio de sexo (que no de género, cuya existencia y naturaleza está en disputa) es una medida que muchas personas trans estiman como necesaria para su satisfacción personal. El problema es que concebir el género como una construcción social casa terriblemente mal con este hecho. “El género se distribuye de forma independiente del sexo” puede ser una hipótesis interesante (de hecho, es razonable para muchas personas), pero lo que no acaba de ser razonable es crear una categoría que luego necesita desaparecer. Es decir, si el género expresa una realidad aparte del sexo, ¿qué tiene de coherente que la solución para muchas personas sea igualar su sexo a su género? ¿No estamos expresando, entonces, precisamente lo mismo que estamos rechazando? Dicho de otro modo, si la mayoría de personas trans encuentran la asociación entre sexo y género como lo más deseable, y sufren brutalmente en el aspecto psicológico cuando esto no sucede (hasta el punto de someterse a operaciones quirúrgicas para modificar, en la medida de lo posible, su sexo), ¿qué diferencia este sufrimiento de uno patológico?

Nadie pretende equiparar este hecho a enfermedades mentales, pero sí que se plantea una duda fundamental: si la base del discurso es que sexo y género se deben tratar de manera independiente, como dos entidades distintas que no tienen relación entre sí (cosa, ya de por sí, enormemente discutible desde el punto de vista estadístico); pero se da la situación de que, incluso en los casos minoritarios donde no coinciden, la diferencia entre sexo y género provoca un sufrimiento considerable en el individuo, que tiende a aliviarse cuando se “acerca” el sexo al género, ¿qué clase de gimnasia mental habría que llevar a cabo para negar lo “conveniente”  que es que tu género sea igual a tu sexo? No solo es lo más habitual en los seres humanos sino que, además, cuando no sucede los propios individuos acaban solicitando operación quirúrgicas para modificar artificialmente su sexo. ¿Acaso alguien podría poner en duda que la equiparación entre sexo y género es deseable cuando una de las discusiones más habituales, como forma de ayudar al colectivo trans, es si las operaciones de cambio de sexo deberían entrar en la Seguridad Social?

Por tanto, el diferenciar entre género y sexo no se debería plantear desde una perspectiva relativista, como si fuese indiferente para el ser humano concreto si coinciden o no, sino que el género debería ser discutido simplemente como lo que es: la expresión del sexo. La pregunta es si esa expresión está hipertrofiada o no con respecto a lo que significa éste, es decir, si “ser hombre” culturalmente tiene una entidad que se ajusta a lo que desearían ser los hombres, y sobre si “ser mujer” coincide con lo que querrían ser las mujeres. Dicho de otra manera, si nos estamos excediendo o no a la hora de atribuir características a los hombres y a las mujeres o si estamos siendo justos en la forma en que interpretamos sus diferencias. Es un tema complejísimo para el que yo no creo tener una buena respuesta, y que prefiero dejar a la psicología.

Lo que sí pretendo decir es que me parece vulgar que la discusión se cierre de manera abrupta. No me sirve una solución que considere que ser hombre o mujer biológicamente no debería tener significado alguno y, al mismo tiempo, apoye las operaciones de cambio de género. Me parece, aunque se elabore con la mejor de las intenciones, un punto de vista deshonesto, un parche momentáneo para un problema de fondo. Lo interpreto como una forma de denunciar algo sin ofrecer una salida. “Tu sexo no debería importarle a la sociedad, lo importante es cómo te sientas, pero cámbiate de sexo si ves que la cosa se pone fea, porque no tengo otra alternativa mejor”. Es el fracaso más evidente de una perspectiva. Creo que es lo que ocurre cuando se desligan dos hechos que sí tienen relación, pero no pretendo sentar cátedra de los motivos. Simplemente, si el sexo no significa nada, una persona trans no debería necesitar cambiar su sexo y, si le parece imposible renunciar a eso, hay algo que estamos analizando mal. O el sexo biológico es algo dentro de la sociedad, de modo que el género no lo es todo, o las personas trans están todas equivocadas. Habrá mujeres con pene y hombres con vulva, nadie dice que no, pero el mundo sigue siendo cruel, y tirar la piedra y esconder la mano, sin ofrecer una salida con sentido común, me parece inaceptable.

La otra cuestión que quería tratar tiene mucho que ver con todo lo comentado. Asumir la no equivalencia entre género y sexo supone romper un esquema social preestablecido, en el que muy pocas personas habían encontrado fisuras. Es decir, presupone un nivel de reflexión elevado. Preguntarse uno mismo por su género, cuestionarse su propia identidad y aprender a conocerse son asignaturas pendientes en las que aún queda mucho por hacer. Nadie podría poner en duda que esto tiene sentido, pero lo cierto es que congenia fatal con las operaciones de cambio de sexo en niños. Lo siento, pero no me acaba de convencer el argumento.

Dicho de otra manera, no me sirve una ideología por la cuál yo puedo estar equivocado con mi interpretación de mi rol y mi posición social, y atribuirla a un esquema conceptual viciado por mi esquema vital y por la limitación de mis experiencias, mientras un niño de cinco años debe ser creído cuando dice que se siente una niña. ¿No habíamos quedado en que la búsqueda de la propia identidad era un proceso complejo, lleno de dificultades y que requería la abstracción de las circunstancias? ¿Qué es un niño más que limitación intelectual, falta de experiencia y precipitación andante, necesitado de ensayo y error hasta para lo más básico? Sin conocimientos de ningún tipo, y siendo un sujeto en construcción a todos los niveles, me resulta irrisoria la idea de que dispone del Santo Grial de la autocomprensión mucho más de lo que lo hago yo, pese a que esa es la explicación aparente que se nos ofrece. Los niños son seres inexpertos en todo menos en su género, el cuál comprenden e interpretan perfectamente, aunque luego de su sexualidad, un concepto bastante menos esquivo que la identidad, no sepan absolutamente nada. Como explicación, adolece de todas las fallas habidas y por haber, y deberá ser revisada profundamente.

No pretendo negar la necesidad de una solución que garantice no solamente la dignidad como seres humanos de las personas trans, sino la evidencia de que no son enfermos mentales ni deben ser tratados como si lo fueran; el objetivo de este escrito se limita a dejar constancia de que la conclusión no puede basarse en la complicación selectiva de los conceptos (fáciles para un niño, complicados para un adulto) o en el relativismo absoluto, porque creo que, si por algo se caracteriza una postura absolutamente equidistante, es por no molestarse siquiera en intentar entender a la persona que sufre. Y creo que el camino es precisamente el contrario. La ciencia, la psicología, la cultura y la política deben estar para ayudar, y no para entorpecer. Para clarificar, y no para oscurecer. Para sanar, y no para echar sal en la herida.

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