Cazando brujas.

Ninguno de nosotros lo recuerda, pero todos lo hemos oído. En algún momento de la historia de la humanidad, bastaba una acusación para poner a alguien entre la espada y la pared. No es solo el clásico ejemplo de las brujas. Si un pueblo invadía a otro, el hecho de ser diferente era una condena a muerte. Daba igual que fuese por religión, organización social o posición geográfica: estábamos nosotros y el enemigo. Y, como contra el adversario valía todo, contra el que lo parecía también nos podíamos permitir ciertas licencias. Al fin y al cabo, el precio de un error era más bien limitado. ¿Qué importaba si esa mujer no era una bruja? ¿Qué relevancia tenía que ese sujeto no fuese cristiano? ¿Qué más daba si aquel hombre solo pasaba por ahí? Donde no hay un concepto claro de la culpabilidad, tampoco lo hay de la inocencia. Y, si no hay inocentes, no puede existir el error. Y, sin el error, evidentemente, no hace falta el castigo.

Vivimos una época complicada, en la que el equilibrio es difícil de alcanzar. Parece que hemos vivido todos una suerte de revelación que nos está haciendo enfrentarnos con nuestros demonios, pero lo cierto es que es, más bien, como si alguien nos hubiese pegado un sartenazo en la cabeza por la espalda. Ni hemos sido nosotros los que hemos empezado a reflexionar como sociedad (ha sido, más bien, un efecto inoculado por la prensa y el sistema educativo) ni entendemos bien qué es lo que se espera de nosotros. El machismo y sus efectos son terreno inexplorado, por mucho que hagamos como si lo comprendiéramos todo.

Para muestra, no hay más que pensar en cuántas interpretaciones distintas hemos visto del mismo fenómeno. Hay quien dice que todos los hombres son machistas; hay quien lo extiende al conjunto de la población mundial; hay quien piensa en ello como algo residual, más extendido en otros países pero minoritario en el nuestro y, por supuesto, hay quien no tiene ni idea y cada día opina una cosa. Respecto a los machistas, tampoco está claro el asunto: he escuchado más de una vez que nunca dejarán completamente de serlo, porque es algo casi anclado en el ADN debido a la educación (si es que eso tiene sentido); por otro lado están los que creen que se podría erradicar (casualmente, suelen pensar que tal eliminación solo ocurrirá si la batuta del proceso cae en sus manos, pero ése es otro tema).

Si pienso en las manifestaciones del machismo, he escuchado de todo: la mirada indiscreta de un hombre puede ser un ataque (Netflix prohibiendo a sus actores mirarse demasiado es un bello ejemplo de ello); la incomodidad de una mujer en un entorno social desagradable para ella puede ser una forma de subordinación que roce lo criminal; la posición de las piernas de un hombre en el transporte público, el que un camarero entregue a un hombre la cerveza y a una mujer el refresco por defecto, el uso del masculino genérico en el castellano, la existencia de términos peyorativos en género femenino y no tan negativos en masculino y, al final, una infinidad de ejemplos más. El machismo parece acechar a cada esquina y, si le preguntases a mil personas si cada una de estas cosas que he nombrado le parece machista, probablemente nunca alcanzaríamos un fuerte consenso. El patriarcado es un ente que acecha en todas partes, pero no parece decidido a dejar una marca incontestable en lugar alguno.

Si escuchamos a Irantzu Varela, el hombre es el enemigo y la violación un instrumento del género masculino para oprimir a las mujeres; en opinión de cualquier representante de Ciudadanos, el feminismo defendería algo muy diferente y, si cuestionásemos al diputado estándar de Podemos, buscaría una posición intermedia entre el “machismo encubierto” de los naranjas y la excesiva virulencia de Varela. No en vano, debemos recordar que se ha reivindicado un feminismo liberal, aparte del feminismo tradicional. Qué es un “feminismo liberal” seguirá siendo una pregunta sin respuesta durante mucho tiempo, pero lo que queda claro es que el machismo estructural no es un concepto para todo el mundo. De hecho, probablemente ni uno solo de los conceptos que manejan en su jerga les sirva a todos por igual. Se está generando todo demasiado rápido.

Estos últimos días, a Plácido Domingo lo han acusado de ser un acosador sexual. La única mujer que ha dado la cara ha manifestado que no hubo tocamientos de ningún tipo, pero sí se sintió intimidada por la actitud del tenor a la hora de acercarse a ella. Como era de esperar, la justicia ha hablado: algunos grandes escenarios han decidido prescindir de los servicios de una de sus mayores estrellas y, de pronto, las puertas se van cerrando. No les culpo: al fin y al cabo, este mundo es un terreno pantanoso. Sí es sí, no es no, el silencio es no, un sí puede ser un no, todo depende de las circunstancias, a la víctima siempre hay que creerla, la víctima es víctima si se siente víctima… un jaleo demasiado complicado para alguien que solamente quiere vender entradas, y no desea la mala fama de verse envuelto en el fango de un proceso de corte kafkiano.

Nadie sabe cuándo empieza tu juicio por acosador sexual, ni quién es el jurado. De pronto, en tu trabajo te empiezan a mirar raro, tus actuaciones comienzan a ser suspendidas y nadie sale en tu ayuda. Si le preguntas a la justicia, te dice que hay un proceso abierto contra ti, pero que ellos no tienen nada que ver, porque su turno llegará mucho después. “El proceso tiene que seguir su curso”. Hay un tribunal que te está juzgando, pero no hay cargos concretos en tu contra. No tienes ningún mecanismo de defensa, porque no hay nadie a quien dirigirte. Quien te está valorando no desea escucharte. No le importan tus alegatos, tus motivos ni tus razones. Parte de una premisa: el acusado es culpable y debe recibir su castigo. Éste se irá ejecutando gradualmente, y no tiene marcha atrás.

Algún día, tu caso llegará a un juzgado habitual, y éste dictará una sentencia. El problema es que ni siquiera a ti te importará. Será demasiado tarde. Al fin y al cabo, habrán pasado años desde tu muerte quemado en la hoguera.

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