La empatía selectiva

No podía dejar pasar la oportunidad de comentar un tema que siempre me ha llamado la atención. No son pocas (de hecho, son infinitas) las ocasiones en las que he escuchado que la izquierda es “empatía”. Juan Carlos Monedero definía las posturas progresistas con ese término en un vídeo de hace unos años; para él, la izquierda era ponerse en la piel del otro, mientras la derecha significaba alinearse con los intereses de las élites. Hasta aquí, todo bien. El problema estaría en la posibilidad de que esa capacidad de pensar en el prójimo se convirtiese en una mercancía. Lamentablemente, ese momento ha llegado.

Me parece curioso que los que critican la lógica liberal como la mercantilización de todo lo que tenemos sean, precisamente, los que hacen un uso más mercantilista de sus sentimientos y de los sentimientos ajenos. Enmarcados en su propio sistema de creencias, han conseguido dirigir su atención de forma precisa a todos aquellos casos que soportan su línea de pensamiento, alejándose de manera desvergonzada de los que no les convienen. Por ejemplo, si pensamos en la proliferación de manadas en los últimos años (ejemplificada en las treinta y siete manadas de 2019), resulta curioso darnos cuenta de que la única que ha suscitado interés, quitando la de Bilbao de los últimos días, ha sido la manada de Sevilla de 2016. No en vano, incluso en la noticia que os he citado, que habla de violaciones en 2019, la portada se la llevan el Prenda y sus compañeros de crimen.

¿Es que, acaso, la izquierda no tenía altavoces mediáticos para hacerse cargo de 37 manadas en ocho meses?  Tocaban a menos de cinco manadas por mes o, lo que es lo mismo, a cada una le podría haber correspondido, haciendo una media, casi una semana completa de atención mediática. No hace falta que os diga que, hasta hace poco, ni siquiera habíamos llegado a escapar del bucle de hablar de la violación grupal en los Sanfermines. La conexión es tal que, si nos fiásemos de muchos medios, cualquiera diría que hemos pasado de una primera manada, los creadores, a una segunda, los sucesores de Bilbao, teniendo en tres años un enorme vacío; esto es, evidentemente, falso.

No obstante, ni siquiera tenemos que irnos al caso de las manadas. Podemos hablar de violencia en el ámbito familiar, o de violencia entre parejas homosexuales. No lo digo yo, lo dice el Observatorio Español contra la LGTBIFobia en este artículo: los recursos que las víctimas de violencia de género tienen a su alcance superan, por mucho, los que están a disposición de los agraviados por casos de violencia entre personas del mismo sexo. Sin embargo, parece que la famosa empatía se agota en eslóganes y pancartas en el Orgullo: para los medios, los casos que denuncia el Observatorio son casos aislados que no merecen atención y, para la izquierda, mentiras derechistas, una trampa en la que no se debe caer.

Es cierto, eso sí, que la izquierda actual protege bien a sus víctimas. Sus víctimas son suyas y de nadie más, hasta el punto de, haciendo gala de una gran empatía, echar del Orgullo a políticos de Ciudadanos que han sacado infinidad de iniciativas para defender los derechos de los homosexuales (además de apoyar el Pacto de Estado contra la Violencia de Género). Algunas tragedias son indiferentes a los ojos de la falsa izquierda actual, pero no se puede negar que donde ponen el ojo ponen la bala. Si les da por algo, antes se mueren que darte las migajas. Como diría Carmen Calvo, “el feminismo nos lo hemos currado las socialistas” y, por ende, aquí manda ella. Si eres liberal, o conservador, y se te ocurre sentir compasión por las víctimas, mejor que llores en tu casa, que el patrimonio de ser buena persona lo tienen los otros. Por supuesto, si eres gay o lesbiana y vas en la carroza de Ciudadanos, tengo derecho a cubrirte de pintura, insultarte o escupirte si me da la gana, porque ser facha está por encima de ser homosexual.

Podría enredarme en temas como la custodia compartida, pero quiero ir al fondo de la cuestión. La izquierda ha desarrollado, en los últimos tiempos, una costumbre que creo que ejemplifica muy bien lo que quiero transmitir: burlarse de las agresiones o vejaciones verbales sufridas por la derecha. “A la política se viene llorado de casa”, se acostumbra a decir. Esto deja a las claras otra idea que tienen interiorizada: solo sus víctimas pueden llorar. Sólo ellos pueden creer en un sistema patriarcal que oprime a las mujeres y pasarse el día sollozando. Solo ellos pueden victimizarse y usar sus sentimientos como arma política. “Lo personal es político” solamente para ellos, lo que parece dar a entender que sus adversarios ni siquiera son personas, sino oponentes a los que se puede machacar sin compasión. El padre que no puede ver a sus hijos, el homosexual que no es de izquierdas, la lesbiana a la que su pareja le ha pegado una paliza, las chicas violadas por las treinta y siete manadas de 2019; todos son, para ellos, unos teatreros, lo que supone una muestra de cinismo vergonzante que deberían corregir inmediatamente.

Por último, no puedo olvidarme de plantear una reflexión. Más de once millones de personas votaron al centro-derecha en España en 2019. ¿Me podéis explicar cómo se conjuga el amor de la izquierda por España con su idea de que todo el que no les vote es un alienado o una mala persona? Queda un poco en entredicho la posibilidad de que la parte más radical del progresismo español pueda amar a España. Si no te gusta la gente que conoces, si piensas que los hombres son potenciales violadores, si crees que la sociedad está dormida o que es idiota porque no piensa como tú, ¿de dónde narices sale tu empatía? ¿Sientes compasión y afinidad solamente por los tuyos, o directamente te inventas un país ficticio y evitas salir a la calle, por miedo a que tu castillo de naipes se caiga definitivamente?

Ni que decir tiene que la derecha y el centro tienen sus problemas. La diferencia está en que, mientras hablar de sus contradicciones, de sus errores y de sus miserias está perfectamente aceptado, echar sal en las heridas del otro lado se torna un acto casi sacrílego a ojos de muchos españoles. Y, mientras esto sea así, habrá que hacer algo. Como liberal, me gustaría atizar a todos, pero el centro y la derecha de España son, hoy en día, como ese meme de “déjalo, ya está muerto”. Y lo siento mucho, pero seguir pegándole a un sparring para ganar cuatro visitas roñosas y el favor mediático no me motiva nada.

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