Las ideologías son un cáncer

No serán muchas las personas que puedan negarme que, ante un acontecimiento particular, las personas generalmente encontramos multitud de interpretaciones diferentes. Es incluso posible que un solo ser humano considere plausibles dos o más explicaciones del mismo hecho de manera simultánea, siempre que no entren en una contradicción flagrante; esto se debe a que la inmensa mayoría de sucesos sobre los que nos preocupamos no son unidimensionales. En realidad, la mera necesidad de reflexionar sobre ellos, aunque sea un instante, lo demuestra. Si pudiésemos mantener la neutralidad, nos sorprenderíamos de la cantidad de cosas que analizaríamos desde un prisma diferente al que nos obligamos a mantener o, dicho de otra manera, nos sorprenderíamos de lo poco que coincidimos con nuestra propia ideología.

En el fondo, adoptar una ideología tiene consecuencias profundas, y eso es lo que las hace tan perniciosas. Una ideología es un compromiso con una manera de interpretar el mundo y, por ende, una limitación. Dado que no hemos pensado acerca de todo lo que existe en el planeta (y, obviamente, como seguirán apareciendo realidades nuevas que necesitarán de un análisis futuro), adoptar una ideología solo porque lo poco que hemos sido capaces de pensar ha coincidido, mayoritariamente, con ella me parece un ejercicio muy deshonesto, especialmente con uno mismo. Al final, las etiquetas deberían ser solamente mecanismos de identificación electorales, dando cabida, después, a infinidad de inquietudes y sensibilidades diferentes.

El principal problema con las ideologías está en que no solamente etiquetan, sino que caricaturizan a la persona. Hay una gran diferencia entre ser coherente y ser esclavo de algo que no te va a pertenecer nunca. Tiene sentido que uno sea esclavo de sus convicciones en la medida en que éstas sigan vigentes interiormente (por ejemplo, ser liberal y creer en subidas masivas de impuestos sería imposible), pero no aporta nada someterse a la visión general sobre lo que tú crees que eres. Por ejemplo, es habitual que se crea que los liberales desean que la gente se muera en las puertas de los hospitales; si alguien se sintiese obligado a defender eso, desde luego estaría deformando sobremanera sus obligaciones como liberal. De la misma manera, si alguien que se autopercibe como liberal, o la mayoría de quienes lo hacen deciden que los liberales deben estar a favor de la abolición absoluta del Estado, tampoco tendría mucha lógica que nadie modificase su punto de vista respecto a ese asunto para ajustarse a lo exigido por el entorno.

Dicho de otra manera, las ideologías son interesantes en la medida en que sirvan para tener una idea medianamente nítida de la forma de pensar de alguien a quien no conocemos o a quien no podemos conocer en persona. Como nunca tendremos tiempo para mantener una relación personal con todos los votantes de este país (ni siquiera con los líderes políticos, por una razón u otra), tiene sentido que clasifiquemos a los demás en recipientes, según ideas medianamente laxas de lo que significa estar en un segmento u otro. Lo que no tiene sentido es que nos excedamos hasta el punto de atribuirles obligaciones, ni tampoco que cometamos la estupidez de asumir esos mismos requisitos como propios.

Es fácil ver esta actitud. Las ideologías, tal y como están entendidas, son explicaciones holísticas. Ante un acontecimiento que tenga una mínima relación con otro que ya se ha analizado, te ofrece (como mínimo, pues generalmente te impone) una solución que te tranquiliza. El caos que es el mundo en realidad se convierte en algo que puedes tener en la palma de tu mano. Con unas pequeñas nociones, cualquier cosa que ocurra puede ser desmenuzada y reducida a consecuencia de algo mucho más grande. De hecho, las ideologías son, en sí, la solución más burda del problema más clásico comentado por Jordan Peterson: el conflicto entre caos y orden.

Cuando nos enfrentamos a un acontecimiento nuevo, en nuestra mente surge el caos. Al no disponer de una explicación definida, comenzamos a reflexionar sobre el carácter de aquello que hemos experimentado, visto, oído o sentido, en busca de una solución tranquilizadora; en busca de orden. Las ideologías son, en ocasiones, una trampa que transforma el caos en un falso orden. Nos aportan la sensación de que hemos entendido, de que todo está de nuevo bajo control. Sacian, así, lo que Peterson entiende como una necesidad humana básica: la de transitar el camino entre el caos original y el orden resultante. La pregunta está en el aire: si la solución que recibimos es sencilla pero la aceptamos en lugar de analizarla e interiorizarla, ¿de qué sirve exactamente? Lo que estamos haciendo, en realidad, es abrazar el caos con todas nuestras fuerzas, negándonos al doloroso proceso de convertirlo en orden.

Por utilizar algo actual, es lo que ocurre con ideas como la “violencia de género”. Cada vez que un hombre mata a una mujer, una persona normal sentiría pura tristeza y falta de comprensión. Al fin y al cabo, es lógico: no sabemos por qué lo ha hecho. No sabemos qué circunstancias personales envuelven al asesinato, ni cómo era su situación socioeconómica, ni si lo planeó o simplemente surgió. No sabemos qué se le pasó por la cabeza. Lo único que deberíamos poder imaginar es la información de las noticias: hay una víctima, un verdugo y multitud de preguntas. No es solo que sea caos: es caos doloroso, insufrible. Es muerte y destrucción que aparece, aparentemente, de la nada. Para nosotros, solamente es el fin de una vida en un lugar remoto. Es algo desesperante, triste y agobiante.

Quizá porque es algo tan difícil de asumir, nos negamos a hacerlo. Nos negamos al desagradable ejercicio de admitir que no tenemos ni idea de lo sucedido, y abrazamos una explicación sencilla: la mató porque era una mujer, y punto. O, aún mejor, la mató porque, en la mente del asesino desconocido, es evidente que la mujer era un objeto, una vida dependiente de la que creía que podía disponer. De un golpe, el caos parece haber desaparecido: no deberíamos albergar más dudas. Sabemos lo que ha pasado y por qué. Hemos dominado la situación y reconducido nuestra desesperación hacia la calma. El problema, por supuesto, va a llegar tarde o temprano: tendremos que llevar a la práctica lo que hemos pensado.

Las ideologías suelen tender al fracaso cuando son coherentes con lo que parecen defender. Siguiendo con el ejemplo, ahora mismo tenemos un sistema en torno a la Ley Integral de Violencia de Género que cumple con los axiomas existentes: los hombres matan a las mujeres por el hecho de serlo y todos somos potenciales violadores y asesinos por nuestra decadente cultura. Eso ha llevado a crear observatorios y asociaciones vinculados a la lucha contra esta lacra que somos los hombres y la masculinidad, gastando millones de euros en campañas de prevención, charlas en colegios e institutos y un bombardeo mediático inusitado, recordándonos día a día lo nocivos que podemos llegar a ser. Además, se han endurecido en cierta medida las penas para determinados tipos de crímenes y se ha decidido asumir de antemano que la mujer dice la verdad, coqueteando incluso con la idea de revertir la carga probatoria para que sea el varón el que tiene que demostrar que no violó a una mujer. ¿El resultado? Como era de esperar, una basura.

El año con más mujeres víctimas de asesinato, la Ley Integral de Violencia de Género ya estaba vigente. Aún con los medios volcados, el número de asesinatos parece reducirse a un ritmo notoriamente inferior que el resto de crímenes (hay una bajada generalizada de la delincuencia, afortunadamente). Lo peor, en realidad, es que cuando trasciende a las noticias uno de estos crímenes nos damos cuenta de que el relato construido un torno al perfil del agresor se cae por su propio peso. “El Chicle” no es tu vecino completamente normal al que se le ha ido un poco la mano en esto de ser un machirulo, sino una persona desequilibrada y enferma. Encontramos abuelos que matan a sus esposas enfermas de Alzheimer y luego se suicidan. Vemos a un tipo que asesina brutalmente a su esposa y a su suegra y, en definitiva, nos damos de bruces con la terrible realidad: los asesinos de “violencia de género” no son la punta de lanza de un sistema de dominación, sino personas particularmente maliciosas. El castillo de naipes construido sobre la base de una creencia injustificada se cae por su propio peso, y lo peor es lo que viene después: la obcecación.

La reacción de aquel cuya ideología ha quedado humillada suele ser violenta: empuña el hacha de guerra y está dispuesto a matar por su religión moderna. Exigirá que se redoblen los esfuerzos, atacará e insultará a los que noten su fracaso y, en última medida, intentará incluso quitarles su libertad. Y deberíamos ser más conscientes de esto, porque creo que idealizamos al enemigo: la pretensión de destrozar la vida de aquel que se opone a nuestras ideas no es maldad, ni inteligencia, ni astucia, sino la reacción humana de quien sabe que, si se cae su dios, se cae su mundo. Y, si le preguntáis a un servidor, ojalá se cayese el sistema de todos. La libertad se vería enormemente beneficiada.

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