Lento.

La gente habla del tiempo como si no tuviera importancia, como si no fuese preciado. “En diez años todo habrá cambiado”. “En veinte años, todo lo que te preocupa ya no te importará”. “Eso que ahora te perturba, con cuarenta años será un recuerdo del que reírte”. No sé si es cierto o no, pero sí sé que esas frases son una forma de educar. Nos enseñan, aunque sea de forma velada, que “aún” no somos tan relevantes. Hacen a los niños comprender que sus pasiones de hoy no van a durar, que no deben tener sus sentimientos en un lugar tan prioritario. Que eso que les gusta hacer cuando tienen diez años quizá no sea lo que les agrade con quince, ni con veinte, ni con treinta. Como si cada instante no fuese importante.

La vida debe ser entendida como un conjunto, sí, pero eso no significa que solo el final sea lo verdadero. No nos permite desechar lo previo y quedarnos con nuestros últimos impulsos satisfechos. La sociedad censuraría al adulto que recordarse con tristeza, desde su puesto de directivo en una gran empresa, que de pequeño quería ser futbolista, y que tuvo que abandonar ese sueño para llegar donde ahora está. También se burlaría de quien pensase en su primer amor, en cómo lo hizo sentir y en lo mucho que le dolió dejarlo marchar. Dirían que esos pequeños vestigios del pasado son un tormento inútil. El problema es que, si vuelven, es porque en algún momento fueron lo más importante de nuestra vida, y una parte de nosotros no ha sabido dejarlos atrás; probablemente porque no puede hacerlo.

Tenemos dos mensajes contradictorios en nuestras vidas: escuchamos, todo el tiempo, que debemos aprovechar cada segundo, hacer lo que queramos, explorar, conocer, reír y llorar; no obstante, se nos recuerda que todo lo que sintamos hoy lo curará el mañana. ¿Qué conclusión se puede sacar de esto? No lo tengo claro. Debe ser una especie de “valórate a ti mismo, recordando que en tu yo del futuro apenas quedará nada del niño del pasado”. Bajo mi punto de vista, un error. La vida es un viaje, sí, pero el recorrido nos tiene que servir de algo.

Sé que hay quien pensará que los adultos son capaces de relativizar el sufrimiento de los niños y los adolescentes viéndolo “en perspectiva”. Lo dudo mucho. Los padres que intentan influir a sus hijos para que vivan la vida que ellos no pudieron vivir, obligándolos a cumplir con sus expectativas; los profesores que trasmiten su frustración a los alumnos, envenenándolos contra la sociedad en la que viven; las personas que reproducen, en sus nuevas parejas, los patrones que siguieron con las anteriores y que los llevaron al desastre, son una prueba de que tal idea no es más que una quimera. No, mucha gente no ve nada “en perspectiva”. Se tapa los ojos y los oídos y apacigua esa voz en su interior, para luego salir a la calle y esparcir su horror allá por donde pasan. O, incluso peor aún, para destrozarle la vida a quienes se supone que son sus seres queridos.

Deberían enseñarnos que no es malo decir “no quiero esperar diez años, quiero que sea ahora”, porque ese “quiero” no es una declaración de guerra. No es un acto violento, no es una transgresión. Es un deseo sincero, una muestra de que realmente te emociona algo. El adulto que es capaz de reconocer que su pasado aún lo perturba está, al menos, en el camino de cambiar algo. El “ahora” es lo único que existe de verdad, es el antídoto contra el odio que generan las promesas no cumplidas. Intentar que todo ocurra en el presente, y hacerlo con todas nuestras fuerzas, es la manera de evitar el resentimiento si ese futuro que nos prometieron no llega nunca. La esperanza en el mañana es la mejor fantasía que se puede tener, pero el sudor en el presente es la vía para que nuestro sueño deje de ser una utopía.

En mi caso, puedo reconocerlo: lo quiero ahora. Lo quiero todo ahora. No quiero esperar. Todo va demasiado lento. Lo pensaba con cinco años y hoy, con 22, sigo creyendo lo mismo. El tiempo no va a curar nada. Quizá mi yo de un futuro lejano desprecie al del pasado, a esa combinación de niño, adolescente y joven, pero quien soy en el presente tiene la misión de obligarme a no renacer jamás, porque alguien capaz de despreciar lo que pienso hoy no sería yo. Si tiene que nacer de mí quien me condene, será por encima de mi cadáver. Aunque eso estaba claro desde el principio.

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