Puntos.

Recuerdo la primera vez que me dijeron que pensase en una línea como un punto moviéndose en el espacio. En una superficie como en una línea infinita desplazándose. En un cuerpo en tres dimensiones como una superficie que cambia de posición, de forma que su trayectoria dibuja la figura que nos interese. Todo surgía de un simple punto, pero los puntos también son signos ortográficos, y simbolizan actitudes que no todos tenemos. Ojalá las tuviéramos.

Quizá todo sería mejor si tuviéramos interiorizados los puntos suspensivos. Si valorásemos, en esta sociedad  de declaraciones abiertas, de palabras inútiles y de frases que sobran, lo bueno que es callar un momento y dejar que el mensaje fluya. Si apreciásemos la belleza de lo implícito, de lo elidido, de lo ausente. De ese susurro inocente que se pierde en la lejanía, de esa sabiduría que nos permite callar cuando nuestro discurso ya solamente puede hacer daño. Necesitamos más puntos suspensivos, más miradas, más sonrisas, más vacíos sugerentes. Necesitamos héroes que sepan irse cuando ya no hacen falta, y volver cuando corresponde. Ojalá los exigiéramos, rechazando a quien quiere dárnoslo todo masticado, aclarado, inerte. Pero, si lo hiciéramos, el mundo sería distinto. ¿Estaríamos preparados para tal cosa? Puede que no.

El noble arte del punto y seguido seguro que serviría de algo. Nos podríamos detener un momento en mitad del camino, pensar un instante y retomar la marcha. Podríamos enfatizar lo que es importante y desechar lo innecesario. Tomaríamos aire, nos sentiríamos más vivos, dedicaríamos algo más de tiempo a saborear lo bueno y a entender lo malo. Nos obligaría a enfrentarnos a nuestros temores de una forma realista, pero podríamos separar lo imaginario y retirarlo para siempre. Seguro que vivir se convertiría en una experiencia mucho más emocionante, aunque puede que sea eso lo que nos atemorice.

Los puntos y aparte tienen una magia especial. La historia continúa, pero podemos verla de otra manera. Alejarnos de ella, darle un nuevo enfoque, introducir personajes o acontecimientos diferentes, cerrar pequeños capítulos. Creo que una persona capaz de concluir correctamente un párrafo tiene un don. Comprender el mensaje e iniciar el siguiente seguido de líneas con una energía nueva. Enfrentarse a un nuevo espacio vacío en el que puede darse una licencia especial para cambiar aquello que roza lo fundamental. Podríamos retirarnos de las batallas perdidas y centrarnos en la guerra. La paciencia volvería a ser una virtud fundamental, y la imaginación recuperaría el trono.

Obtendríamos, además, la idea perdida de la estructura, del relato en un sentido general. De cómo unos acontecimientos siguen a otros, de cómo lo que sucede hoy es un reflejo de lo que, unos meses atrás, consideramos irrelevante. Si cada línea parece venir de la inmediatamente anterior, nuestra narración no es otra cosa que un cúmulo de malas interpretaciones. Necesitamos que el contenido venga en bloques, que cada idea tenga su espacio y se cierre, que podamos volver atrás e identificar nuestros errores. Limitar es entender. Quizá aprendiésemos a valorar los límites si pudiésemos ver lo huérfano de significado que se ha quedado el mundo sin ellos. Si pudiésemos sentir vergüenza de todos esos instantes decisivos que se perdieron entre miles y miles de líneas irrelevantes. El punto y seguido es necesario, pero el punto y aparte nos hace libres. Nos hace ser alguien, porque logra que cada paso sea algo.

Qué decir del punto final. Ese gran incomprendido. Ese “a partir de hoy” que nos obcecamos en entender como un “ya no”. Le asociamos un sentido negativo porque no queremos ver lo que hay detrás de un “hasta aquí”, de un “me voy” dicho en el momento justo. El punto final puede ser un “no quiero volver a verte”, pero también un nuevo rostro que aparece y hace que olvides todos los demás. Una frase dicha por alguien que destruye tus esquemas, que echa por tierra tu seguridad, que hace que tus manos tiemblen. El punto final es el caos, lo inabarcable, la eterna pregunta de dónde acabaremos aterrizando cuando nuestra caída libre termine.

La narración de nuestra vida necesita de esos puntos finales. Debemos saber identificarlos, porque son el combustible de lo nuevo. Son la muerte de nuestro personaje favorito, el nacimiento de un futuro héroe, el instante en el que entendemos que hemos perdido, la calma que nos sobreviene cuando las lágrimas se acaban. Pueden ser el impulso necesario para un mundo mejor, o una forma de caer en las tinieblas si no los asumimos como una realidad ineludible.

Obviar la verdad es el vicio del siglo XXI. Las cosas no siempre pueden volver a ser como antes. El resto de personas pueden decirnos que no. El planeta no gira en torno a nosotros, ni los seres humanos son una raza destinada a convertir el relato de nuestra existencia en un ascenso lineal hasta el éxito absoluto.

Quizá sea demasiado tarde para cambiar algo. Puede que olvidarnos de escribir nos haya llevado a no ser capaces de narrar nuestra propia vida; es posible que, por no saber narrarla, no podamos entenderla, ni hacernos cargo de ella. Puede que este comentario no sea más que el grito desesperado de alguien que no sabe escribir el punto final de esa etapa en la que creía que existía la esperanza.

Sí, puede que sea eso.

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *