¿Qué falla en la Educación Obligatoria (Primaria y ESO)?

Es un tema recurrente. Cada vez que se acercan unas elecciones, o sale un informe PISA, la sociedad española vuelve a cuestionar su sistema educativo. Razones no nos faltan para ponernos nerviosos: uno de cada tres estudiantes de quince años ha repetido curso al menos una vez (lo podéis leer aquí), y somos el segundo país con mayor abandono escolar de la Unión Europea (aquí). Lo peor es que lo somos aún cuando el sistema educativo se ha ido convirtiendo, cada vez más, en una máquina de sacar rendimiento superfluo e irreal de estudiantes desmotivados, lo cual dice mucho (y poco bueno) acerca de la calidad de nuestra forma de enseñar. Sin embargo, querría aportar algunos puntos de vista no como supuesto especialista (que no lo soy), sino como antiguo estudiante. Supongo que, precisamente por eso, mi visión de nuestros defectos no se enfoca en ningún aspecto técnico.

Sinceramente, creo que el agujero principal de nuestra formación está en las bases. Hasta donde yo sé, las facultades básicas que debe manejar un individuo, el ABC de la enseñanza, serían la escritura, la lectura y la matemática, entendida como una cierta capacidad de manejar operaciones básicas (como un porcentaje, por poner un ejemplo simple). Leer y entender lo que se nos dice, saber escribir con fluidez y expresarnos con naturalidad y corrección y, además, dominar la matemática a nivel de usuario creo que nos otorga la capacidad de llegar a dominar todo el resto de saberes que están a nuestro alcance. Por eso me resulta tan preocupante darme cuenta de que nuestra educación ni siquiera sirve a esos propósitos. No llega ni a fundamentar un individuo autónomo.

Los niños, en lugar de leer los libros, se bajan resúmenes de Internet. He conocido gente cuya capacidad de comprensión de lo que se le comunica es prácticamente nula. Hay personas que no son capaces de rellenar un formulario básico, o que se lían al cumplimentar una reclamación porque ni siquiera saben expresar lo que les ha pasado o lo que desean recibir como compensación. Así mismo, me doy cuenta de que hay infinidad de personas que no sabrían calcular, aunque sea aproximadamente, el descuento que tendría la prenda de ropa que se disponen a adquirir, y que la devuelven en caja porque han sobrevalorado las dimensiones de la oferta. Son las discapacidades del siglo XXI. Leemos un artículo en prensa y entendemos lo contrario de lo que pone, no somos capaces de interpretar una gráfica, cometemos fallos ortográficos más propios de párvulos y nos enredamos en cuanto vemos más de cincuenta palabras juntas.

Dado que este es mi punto de vista, comprenderéis que mi solución no sea culpar a la falta de medios, a la falta de innovación o a la tecnología. No creo que haga falta más dinero para enseñar a alguien a leer. No necesitamos proyectores para los niños de ocho años, ni cientos de euros gastados en libros inútiles. Todo lo que hacen comprar a los padres no es más que un negocio. Un niño lo que necesita son muchas horas leyendo, escribiendo y resolviendo problemas matemáticos. Y repito, resolviendo problemas, de esos en los que se te plantea una situación y te solicitan que tú mismo elabores un método de resolución. No vale con que le repitas a un niño que, para sacar el treinta por ciento de algo, lo multiplicas por treinta y divides por cien. No es suficiente porque no lo está entendiendo. No sabe qué está haciendo. Pasa lo mismo si lo pones a resolver ecuaciones de primer y segundo grado, una vez éstas ya están planteadas sobre papel. Lo importante, en el fondo, es que interiorice qué es una incógnita. Lo demás es pura mecánica.

La verdad es que no quiero hacerme el interesante: no sé si falta motivación en las aulas, si los profesores son mejores o peores o si las estadísticas dicen X o Y. No pongo en duda el valor que tiene que aprendamos unos fundamentos de Biología, Química, Literatura o Filosofía. El problema está en que estos conocimientos serían mucho más provechosos si se asentasen sobre un alumno correctamente educado en lo que a las bases se refiere. Además, el estudiante así formado sería mucho más independiente, pues una persona entrenada durante años para interpretar lo que lee y extraer conclusiones requeriría de un número de explicaciones auxiliares sustancialmente inferior. Estoy seguro de que buena parte de las horas lectivas, incluso en la universidad, se podrían sustituir por lectura autónoma del estudiante, toda vez que buena parte del tiempo disponible es dedicado por el profesor a la explicación pormenorizada de los conceptos y a la resolución, paso por paso, de ejemplos de manera obsesiva. Es muy probable que, de producirse estos cambios, pudiésemos dedicar la inmensa mayoría del tiempo docente, a partir de los dieciséis años, a trabajar casos prácticos y resolver dudas, y no a suplir la falta de abstracción conceptual del alumno leyendo el libro de texto en clase.

Sin embargo, mientras lo escribía he entendido que una pretensión como ésta choca, frontalmente, con los intereses de los profesores y el Estado. Al fin y al cabo, un individuo autónomo en su enseñanza es un cliente pésimo para la educación pública. No hay más que ver el carácter increíblemente residual que tiene la educación a distancia en España, así como lo denostada que está la figura del autodidacta; la capacidad de aprender de manera individual, mediante el uso de métodos propios, va en contra de los deseos profundos de nuestro sistema educativo, pues éste ha sido confeccionado no solamente como una puerta al saber, sino como un depositario de la ideología dominante en cada época. Dicho de otra manera, no es solamente que los profesores necesiten justificar su existencia (y, por ende, su salario) con la ineptitud de sus alumnos a la hora de valerse por sí mismos; es que el sistema, en sí mismo, se fundamenta moral y culturalmente sobre la ventaja competitiva que tiene ante los padres y el resto de agentes ideológicos: unos niños metidos, desde edad muy temprana, durante interminables horas en las fauces del Estado. Renunciar a esa disposición favorable de las circunstancias parece una opción sumamente estúpida.

Por ende, el sistema realmente necesita que los alumnos tengan una independencia que roce lo nulo. Es decir, existe un incentivo, tanto para los profesores como para los políticos, para hacer que el aprendizaje de los niños y niñas españoles sea torpe y absurdamente asistido. Y, como bien se encargan de recordarnos los políticos en todo menos en lo que les viene bien a ellos, donde hay dinero e influencia en juego acaba habiendo, también, inversión. Las cosas nunca ocurren por casualidad. Nuestros profesores y políticos no son ineptos. Son empleados públicos, y miran por sus propios intereses. Debemos dejar de ser tan inocentes. Esto de subestimar al enemigo no nos trae nada bueno.

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