Los nuevos dioses (I)

Muchas veces he comentado que la sociedad que tenemos actualmente no resulta muy diferente de aquella de la que se intentó huir en la Ilustración. Si tuviese que explicarlo en una sola frase, diría que los dioses de la teología dejaron paso a los de la sociología, cambiando las características de los entes especialmente en lo superficial y manteniendo los rasgos que tan buen éxito le dieron a la religión a la hora de construirse como marco interpretativo. Supongo que la mejor forma de defender mi postura será explicitar la construcción de los nuevos dioses actuales. 

Para ello, trataré de llegar a un acuerdo inicial con el lector sobre la naturaleza de los asuntos a los que las personas tendemos a dedicar nuestro tiempo. He reflexionado mucho tiempo sobre los motivos que yo mismo tengo para pensar, y he intentado extraer lo que veo en ellos de genérico para el conjunto de la humanidad. Dado que, en el proceso, me he encontrado con muchas características interesantes de mis ideas que, si bien no me atrevo a considerar generales, sí creo que pueden ser familiares para muchos lectores, comentaré algunas de ellas para alcanzar, al final, el rasgo que me sirve a mi propósito. 

En un principio, para mi argumento era muy conveniente poder decir que las personas reflexionamos siempre sobre asuntos que nos interesan en un sentido práctico. Creo que esta frase es cierta en alguna medida, pero la deseché por estar demasiado abierta a interpretaciones desafortunadas, como la que llevaría al lector poco atento a pensar que yo veo propósito de provecho en todo pensamiento que pasa por nuestra cabeza. Por supuesto, hubo una etapa en la que consideré que, tal vez, bastaba con retirar la palabra “práctico” para convertir la idea en cierta. Por desgracia, tuve que reconocer, en mí mismo, atisbos de discusiones internas sobre temas que ni siquiera me parecían relevantes, lo que me llevó a desechar el interés como fundamento objetivo. 

Después, huérfano de ideas, me planteé la posibilidad de estar enfocando mal este ensayo. Tal vez bastaría, para lo que me proponía a discutir, con una característica que pudiese pasar la prueba de ser genérica en una inmensa mayoría de casos. Dicho de otra manera, quizá no era necesario llegar tan lejos. La pregunta a resolver para saber si seguir pensando era, como no podía ser de otra manera, cuándo las explicaciones religiosas intervienen en la interpretación del mundo de las personas con fe. ¿Estaban éstas atadas a la necesidad de interpelar a un dios para entender cualquier situación?

Si bien no es importante para el desarrollo de mis ideas, creo que la respuesta a esa pregunta no es afirmativa. Los mismos pensamientos banales que invalidaban al interés como fundamento general destrozaban la posibilidad de atribuir al religioso una dependencia absoluta de lo místico. Reconozco que, llegado a este punto, el lector seguramente se preguntará lo mismo que yo por aquel entonces: ¿qué sirve para ocupar ese hueco? ¿Qué pilar fundamental será suficiente? Es probable que sea el desorden en sí mismo. 

La mente está siempre activa, pero no siempre somos conscientes de que estamos pensando. Cuando ocupamos nuestro ser en reflexionar, dejando una proyección nuestra en el mundo visible y otra buena parte de nosotros aislada en nuestro interior, debe ser porque, en el torrente continuo de impresiones externas e internas, ha habido algo que nos ha turbado hasta el punto de necesitar prestarle nuestra atención, y en este caso podemos usar la reflexión previa y concluir que, efectivamente, esta caracterización del pensamiento nos sirve siempre que intervienen las explicaciones religiosas, pues éstas son, sin duda, parte de nuestras discusiones conscientes. 

Pues, las personas ocupamos nuestra mente en resolver perturbaciones interiores que alcanzan una cierta intensidad -si se me permite darme el lujo de excluir aquellos pensamientos aislados que no provocan discurso interior alguno-. Para hablar de símbolos que influyen en nuestras decisiones, creo que podemos enfocarnos en la interpretación de dudas dentro del ámbito de lo político, pues incluso la identidad personal tiene, en el fondo, mucho que ver con nuestra interacción con aquellos que nos rodean.

No hace tanto tiempo que el ser humano resolvía su curiosidad de forma holística. Dios se convertía en el modelo explicativo de toda duda, así como en la justificación ideal del orden social. El avance de la ciencia y el recelo progresivo de la humanidad frente a los símbolos conocidos, que tuvo mucho que ver con el fracaso de un modelo de sociedad, provocó que muchos sucesos obtuviesen la autonomía y fuesen tratados desde parámetros individualizados. Si bien la ciencia proporciona también un conjunto de leyes generales, no cabe duda de que sus matices y variaciones -aún más ahora que ha tomado importancia el ámbito estadístico y asumimos una cierta aleatoriedad- superan el esquema causa-efecto y, por ende, el ciudadano medio percibe sus soluciones como provenientes de un proceso mucho más complejo que el que antes monopolizaba Europa. 

Si la autoridad eclesiástica fue absoluta en algún momento en el terreno que hoy ocupa la ciencia, es evidente que las diferentes disciplinas de ésta evitan que una de ellas se erija como “verdadera”, y esa competencia es saludable en la medida en que el ser humano no se encuentra con retos realmente acuciantes. Por suerte o por desgracia, creo que podremos convenir en que la época actual ha creado enormes necesidades explicativas que superan, por mucho, el ámbito de actuación de la ciencia. Por supuesto, voy a precisar esta afirmación. 

La experimentación científica, la construcción de hipótesis y la refutación sucesiva de marcos interpretativos es un proceso histórico, en el sentido de que es constante e inacabado. El grado de seguridad que necesita el científico para llegar a una conclusión es, a ojos de buena parte de la ciudadanía, exagerado. Sin pretender desprestigiar a ningún movimiento, y mostrando mis respetos previamente, el feminismo es un conjunto de ideas que se ha proyectado socialmente desde esa base. “Si nos están matando, no podemos esperar”. La sociedad ha tomado conciencia de lo efímera que es su existencia, así como de que creer en el progreso científico constante también es un acto de fe y de responsabilidad que no todos están dispuestos a sostener en el tiempo. 

La sociedad necesita respuestas, y éstas no pueden ser excesivamente matizables. En los asuntos que realmente nos afectan, los seres humanos no disponemos, generalmente, de demasiados tonos de gris a nuestro alcance, y la ciencia se ha colocado, especialmente en su vertiente social, en una posición algo ambigua. Tal vez sea la necesidad de sostener un gran prestigio, equiparable al de sus homólogas naturales, pero es clara la pretensión de las ciencias sociales de ocultar a la ciudadanía su carácter hipotético. De esa manera, ya no son ni la religión ni la razón quienes dominan el mundo, sino una ciencia social revestida de entes que, en ocasiones, son incluso más sólidos que los que ofrecía la teología. 

En general, diría que la curiosidad humana tiene una fijación especial por el sufrimiento. Por otra parte, es lógico que así sea, pues no hay desequilibrio más evidente, para una sociedad convencida de la necesidad de entenderse a sí misma como tal, que el que existe entre los individuos que tienen una vida feliz y aquellos que parecen condenados a padecer. Y es que no se puede negar que el mundo occidental tiende a la acumulación de la desdicha y a su prolongación en el tiempo, como si la progresiva caída en la miseria de unos y el éxito continuado de otros respondiesen a un plan predeterminado. 

La ciencia tiene algunas explicaciones, como el Principio de Pareto, que no son muy conocidas ni apreciadas por la ciudadanía por su carácter meramente descriptivo. Haciéndolo lo más simple posible, esa regla tan extendida de que el ochenta por ciento de los efectos están producidos por un veinte por ciento de las potenciales causas, y que el ochenta por ciento restante de los sujetos sólo son capaces de producir el veinte por ciento sobrante de resultados,  si bien se ha encontrado cierta en infinidad de ocasiones y aplicada a todo tipo de hechos, no resulta nada consoladora, pues la justificación más sencilla -las cosas son como son, pasa en todo de la misma manera, o fórmulas similares- no responde a las exigencias de una población que quiere tener el absoluto control sobre su futuro. Todos deseamos vivir con un potencial ilimitado. 

Supongo que es bastante evidente el punto que se desea alcanzar en esta reflexión, de manera que lo explicitaré sin más preámbulos: existen multitud de sucesos que son enormemente desconcertantes para nosotros. La utopía perfecta es la felicidad absoluta para cada uno de los seres humanos del planeta, y cualquier mente mínimamente despierta entendería que esta posibilidad necesita de la combinación de múltiples factores de forma indefinida, algunos de ellos absolutamente inverosímiles -como la no existencia, en un clima de absoluta libertad, de intereses contrapuestos por parte de dos sujetos distintos-. Las utopías imperfectas son, por ende, mejorables, y todo lo mejorable es fruto de decepción para alguien.    La insatisfacción es tan fácil de obtener que se encuentra sin buscarla. 

Por supuesto, admitir la desdicha como algo legítimo sería una solución razonable a estos problemas que, para el lector, descritos así probablemente no sean más que elucubraciones infantilizadas, pero la experiencia nos demuestra que el ser humano europeo está preparado no solo para partir en busca de la causalidad cuando se halla frente a un problema, sino especialmente para insistir una y otra vez en perseguir responsabilidades ajenas, asumiendo la suya propia única y exclusivamente cuando no existe nadie a quien colocar la losa en la espalda. La educación tal vez podría hacer maravillas a este respecto, pero creo que no con todo el mundo y, de hecho, me atrevería a aseverar que ni siquiera con la mayoría. 

Mi propia vida, y el lector estará en condiciones de contraponer la suya si lo cree oportuno a fin de discutir este punto, me demuestra, como venía diciendo, que el sentimiento de culpabilidad es una losa excesiva para el ser humano medio. La culpabilidad trae consigo tantos sentimientos negativos, algunos de los cuáles capaces de trascender, incluso, el terreno de lo meramente psicológico y convertirse en elementos influyentes, que mantenerla en el tiempo es insostenible. No convertiremos este ensayo en una suerte de resumen de las tesis del psicoanálisis, pues poco sentido tendría enredarnos en algo así, pero creo que es positivo tener en cuenta que hay infinidad de mecanismos internos del ser humano que quedan como residuos, por ejemplo, de experiencias traumáticas, para que podamos seguir mirando hacia delante. 

No es difícil imaginar lo convenientes que son los grandes símbolos en lo que a tranquilidad del alma se refiere. Poder ceder la responsabilidad del rumbo de los acontecimientos a una combinación de entes medianamente definidos es una posibilidad tan agradable que pocos nos negamos a ella. El retroceso de la religiosidad no ha venido provocado por la disminución de nuestras necesidades, sino por la devaluación de la fe tradicional y sus motivos, que han sido correctamente sustituidos por otros. Creo que un ejemplo concreto ayudará a ilustrar la reflexión completa hasta este punto.

Pongamos por caso que alguien haya vivido toda su vida en un ambiente enormemente retrógrado y que, por azares del destino, haya encontrado, años después, un grado de libertad del que no pudo gozar en otros tiempos. Esa persona, con una nueva visión crítica respecto a épocas pretéritas, tal vez sea incapaz de enfrentarse a la triste realidad de que el entorno en el que ha vivido no tuvo una actitud adecuada con ella, pues el cariño, el amor o la lealtad, al final, no entienden tanto de motivos como nosotros tendemos a creer. Por supuesto, el choque entre un pasado deshonroso y un presente halagador es algo innegable para nuestro sujeto, pero éste se niega a criticar a unas personas -sus padres, por ejemplo- a las que aún está unida o, cuanto menos, considera abominable la idea de cambiar radicalmente su opinión acerca de quienes lo cuidaron. 

En un contexto como éste, los símbolos mediatizan la crítica con bastante facilidad, pues se incrustan en todo tipo de discurso con una soltura que la ciencia jamás llega a tener. Tanto si nuestro contrariado sujeto se atreve a hacer, al menos, una ligera alusión a una posible maldad de sus progenitores y entorno familiar como si se niega rotundamente a ello, es muy posible que sea gustosa para él la posibilidad de añadir una fórmula del estilo de: “hicieron lo que pudieron, dadas las circunstancias de la época”. 

La persona puede estar en lo cierto o radicalmente equivocada en sus apreciaciones, pero el pasado como tal es un símbolo tan poderoso que es capaz de diluir cualquier crítica. Los padres que vivieron en esos tiempos que nosotros sentimos como ajenos se vieron envueltos en multitud de constricciones -patriarcado, dictadura, etc.- que, seguramente, no solo no les hubiesen permitido ejercer como mejores educadores sino que es muy probable que ni siquiera les dejen imaginar cómo podrían haber hecho las cosas de mejor manera. Por ende, el hijo decepcionado obtiene un gran consuelo: sus padres no son malos. El pasado lo es en su lugar. 

Lo realmente hermoso de los símbolos es que su intensidad queda velada por su mera existencia. Es difícil entender la vida social actual sin hacer referencia al patriarcado, una institución que, según más de un teórico, viene desde el pasado pero sigue instalada en nuestros días. Ése es su poderoso valor como símbolo: ser una inagotable fuente de justificación poco concreta. Asumir en su seno responsabilidades y resoluciones incómodas. ¿Cuándo terminará el patriarcado? ¿Cómo lo hará? Un símbolo es resucitable cuando la situación lo necesite. Incluso si el patriarcado quedase olvidado durante siglos, volvería a la escena pública cuando fuese necesario, con la virtud de que la población futura entendería fácilmente su significado. 

Los símbolos están. No están de forma más o menos intensa. Si una sociedad es racista, por ejemplo, pocas personas perderán tiempo en comparar su grado de racismo con respecto al de otras comunidades y, en todo caso, sus reflexiones no tendrán demasiada influencia en el uso que luego se haga del término. El símbolo es bueno porque abarca y explica y, por lo tanto, no puede ser él mismo fuente de revisiones y tratados continuos. Debe mantenerse medianamente uniforme, utilizable en el momento adecuado, lleno de matices que lo adapten a cada circunstancia sin perder la inmensa mayoría de su potente significado. ¿No es, acaso, esta discusión aplicable a la voluntad divina y el determinismo?

Dios servía en lugar de la ciencia porque su mano movía al hombre a la posición adecuada a su juicio. Él disponía y el ser humano actuaba, vinculado éste a las decisiones de un padre todopoderoso. La posición de Dios ahora lo ocupa una combinación de genética y símbolos, pero las dudas de la persona común son exactamente iguales ahora que entonces: si hay algo que determina quién soy y adónde voy, ¿qué es lo que yo puedo cambiar? La pregunta tal vez haya cambiado ligeramente su significado, pues quien se cuestionaba esto antes era un devoto temeroso que dudaba de qué hacer para no contrariar a su Padre, pero el desasosiego es el mismo. Este es un vacío de sentido que el símbolo difícilmente podrá llenar alguna vez. 

Somos una continua contradicción entre deseos de autonomía y falta de responsabilidad, lo que pone al símbolo en una posición difícil. El símbolo debe ser poderoso y débil al mismo tiempo, impedirnos hacer de otra manera lo que hacemos de manera incorrecta pero darnos un camino, preferiblemente fácil de encontrar pero difícil de recorrer, el tránsito del cuál nos libraría de vivir encadenados a lo que nos ha tocado vivir. Esa maravillosa expresión de “Dios aprieta pero no ahoga” se puede aplicar a los símbolos de hoy en día también. 

El término crítica no debe ser entendido, como tal vez sea la tentación de muchos, al modo de una vocación explícita de resaltar las características negativas de los símbolos con intención de proponer su eliminación. No niego que el papel que ejercen estas construcciones sociales, igual que el que ejercía Dios en su momento, me parece contraproducente de cara a alcanzar un pensamiento limpio y sólido acerca de la realidad, pero también es posible entender su existencia como una necesidad implícita de la sociedad actual, un vestigio de épocas pretéritas que se ha sabido adaptar a los nuevos tiempos. Analizarlos supone un ejercicio de abstracción muy interesante, y creo que determinarlos de manera adecuada ayudaría a las sociedades actuales a entender sus fijaciones de una forma mucho más profunda. 

Tampoco es ilusionante para mí la posibilidad de verme envuelto en discusiones interminables acerca de si lo que estoy describiendo merece el calificativo de símbolo o no. Tal vez haya términos mejores para referirse a lo que estoy tratando en este ensayo, pero creo que, para muchos de nosotros, un símbolo evoca una realidad mucho más compleja a través de un elemento con el que tiene una relación más o menos cercana, y creo que, en conjunto, todos estos símbolos deben su significado a una sola realidad: el conjunto de los seres humanos sobre la faz de la Tierra y sus interacciones. Dicho de otra manera, pretendo referirme a la posibilidad de que los entes que manejamos no sean otra cosa que una forma más estilizada de hablar de nosotros mismos y de nuestras interacciones con el mundo que nos rodea. 

Me enfrento al riesgo de que se malinterprete mi visión y se me coloque en posición de justificar todas las injusticias a nivel mundial como resultados lógicos de nuestro estilo de vida lleno de vicios y virtudes, pero no hay nada más lejos de mis pretensiones que un relativismo absoluto en el terreno moral que nos impida hablar de valoraciones. Pretendo justificar que desmitificar los símbolos entendiéndolos como una forma de suavizar la triste realidad no implica amar nuestra vida, ni negar que es posible que mucho de lo que hacemos tenga algo que ver con lo que dichos símbolos enuncian en sí. 

Tal vez sea conveniente empezar por aquí, pues es seguro que habrá quien defienda que, si la denominación “patriarcado” no es de mi agrado, por ejemplo, puedo elegir otra o, incluso, quedarme simplemente con el fondo del asunto, con esa parte de la interacción humana cargada de elementos que colocan a la mujer en un escalón inferior, sumisa en el plano de las decisiones a los deseos de la masa de hombres. Incluso me dirían que simplemente aceptase el machismo como una estructura que mediatiza -palabra muy bonita- las relaciones entre hombres y mujeres, convirtiéndolas en fuente constante de sufrimiento y desigualdad. Y es que ése es uno de los riesgos que corre mi punto de vista, el de ser malinterpretado como una mera crítica de palabras, como una cruzada sin propósito. 

El problema con las denominaciones no radica en ellas mismas, sino en su potencialidad a la hora de influir en la vida de las personas concretas. La ciencia también utiliza terminología que engloba diferentes elementos bajo una determinación común, pero ésta no tiene ninguna entidad por sí misma. La energía no es un ente, se entiende en sus características y, de hecho, la actividad científica tiende a eliminar de sus definiciones cualquier elemento místico, así como toda imprecisión, todo lo contrario que ocurre con otros términos actuales de la ciencia política o la sociología, que se hacen más y más englobantes cuanto más se descubre acerca de ellos. He querido insistir en esto porque, si bien ya habíamos comentado la diferencia entre la ciencia natural y la ciencia social, es menester aclarar que la primera tiende a delimitar y la segunda a abarcar.

Pues, si bien “energía” es un término, la ciencia natural no escatima en recursos para decidir qué es energía y qué no, qué tipos de energía hay y cuáles no, qué podemos saber sobre la energía y qué se escapa hoy en día de nuestras capacidades y, en definitiva, la vocación científica es, sin duda, clasificatoria, y no hay nada más valioso en el terreno de la ciencia pura -por ejemplo, la matemática- que la capacidad de delimitar un objeto y describirlo de forma concreta. Hay que decir, por supuesto, que la ciencia social también desarrolla más y más terminología referente a sus conceptos, pero diré que, si bien sus intenciones pueden ser buenas, se encuentra atada a la sociedad sobre la que reflexiona. 

Lo que pretendo expresar es que la ciencia social, por ejemplo la historiografía, reflexiona sobre sociedades que existieron o, incluso, que existen, y éstas se sienten habilitadas para utilizar autónomamente los elementos que han sido generados a partir de su actividad. Es fácil hacer a alguien entender que no puede hablar de conceptos de ingeniería si carece de conocimientos sobre la materia, pero negarle el derecho a utilizar el patriarcado, por ejemplo, sería algo muy extraño. Nuestro sujeto podría decir, no sin parte de razón, que si los entendidos están en lo cierto, él vive en el patriarcado y, por ende, entenderá lo que éste significa tan bien como cualquiera de los que se dedican a su estudio. 

Espero que toda esta discusión sirva, al menos en principio y con matices, para entender mi interés por delimitar lo que yo entiendo por símbolo. Considero que, en este punto, o he explicitado a lo largo del texto o se sobreentienden las respuestas a muchas preguntas que la critica me podría hacer, de manera que rechazo la posibilidad de dedicar más y más tiempo y palabras a volver sobre los mismos argumentos. Si la Filosofía tiene una virtud es que es discutida por persona predispuestas a pensar críticamente sobre lo que leen, de manera que espero de mis lectores que completen las vueltas sobre lo mismo de las que este texto, deliberadamente, va a carecer a partir de ahora.

Existe una pregunta que sobrevuela este texto, y es si sería posible construir nuevos símbolos que no llevasen consigo la carga de resultar tentadores de cara a evadir la responsabilidad de afrontar la realidad. La respuesta es que, en realidad, la ciencia social tiene vertientes que han llevado a cabo esta tarea, pero el éxito social de interpretaciones mucho más modestas ha sido reducido fuera del ámbito purista. El mundo donde se crean las ideas sobre las que la ciudadanía discute y la gente en su vida diaria están mucho más separados de lo que parece. No en vano, no son pocos los escritores que niegan la existencia de supraestructuras sociales, de la misma manera que existen teorías alternativas en la física o en la astronomía que no se asemejan en absoluto entre sí. 

Si tuviese que explicar, a grandes rasgos, la razón por la que la reflexión ciudadana sobre los conceptos de la ciencia política y/o social se limita a ideas generales, diría que buena parte de ello tiene que ver con los deseos de los especialistas en estos temas de influir en el debate político. Como ya hemos comentado, si uno tiene la intención de ser relevante, debe manifestarse con claridad y elocuencia -no vamos a inventar de nuevo la mentalidad sofista en el siglo veintiuno-, y unas ideas sencillas y generales ayudan mucho en dicha tarea. Es algo parecido a lo que ocurre en España con la socialdemocracia, una ideología que ha encauzado el debate político en los últimos años hasta el punto de la hegemonía más absoluta, gracias a su capacidad de filtrarse en esa suerte de “mentalidad colectiva” y de aguantar las presiones de posiciones más extremas con relativa facilidad. Lo simple siempre suele ser más efectivo. 

Dado que estamos en un ensayo que pretender reforzar la responsabilidad ciudadana, tampoco negaremos que la ciudadanía no acostumbra a presionar demasiado para pedir a los pensadores que llenen el tablero político de discusiones especialmente complejas. Como en todo, la responsabilidad del rumbo actual es compartida y tiene mucho que ver con la practicidad, y creo que esta es una idea lo suficientemente concluyente como para cerrar con ella esta primera aproximación al tema a tratar. 

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