Diez años después de conocerla (Relato)

Nota: Esto es un relato corto. Obviamente, no es verdad. Es ficción. En serio. Lo juro. 

Cuando me preguntaron, diez años después de conocerla, qué sabía de ella, solo acerté a afirmar que le gustaba la lluvia. Lo sabía porque, cuando nos sentábamos en la terraza, los dos solos, no solía hablar hasta que caían las primeras gotas. “La lluvia”, decía, y yo lo entendía como una señal para romper el hielo. Mal o bien, era un código que ambos apreciábamos. Si no se daba el caso de poder escudarnos en el tiempo para empezar a hablar, nos quedábamos en silencio y, en ese preciado tiempo junto a ella, yo apreciaba la calidez del suave roce de su piel. Las palabras y las caricias pasajeras lo eran todo para nosotros y es que, más allá de eso, no había nada.

Lo sé ahora que me piden que hable de ella, y no encuentro nada que decir. Si, en aquel entonces, me hubiese hecho las mismas preguntas que ellos tienen y hubiese saciado su curiosidad -en nada parecida a la mía-, tal vez ella no se hubiese marchado, pero la verdad es que se fue antes de que me atreviese a hablar de lo realmente importante. Pues, me quedé sin saber nada. Sus gustos, sus deseos para el futuro o, incluso, si era feliz junto a mí; nada de eso sé, ni sabré, nunca. Cada vez que vienen a interrogarme, les digo lo mismo: “si ustedes averiguan algo sobre ella, sea lo que sea, será mejor que nos cambiemos los roles”. Por desgracia, ellos no me creen, y el mismo proceso se repite, día tras día.

¿Cómo podría explicarles que, para mí, era suficiente con no estar solo? Tenía tanto miedo de perderla que nunca la tuve realmente a mi lado, pero su presencia bastaba para hacerme creer que merecía la pena seguir con vida. Su silueta pasando por delante de mí. Su aliento sobre mi hombro. Sus pequeños comentarios cada vez que veíamos algo en la televisión. Sí, me sentía vivo solo con eso, y nunca tuve tiempo para pensar en lo incapaz que era de responder a la pregunta de si ella me gustaba o no. Ahora sé que ésa no es una pregunta baladí, ni una fantasía adolescente: para que te guste alguien, tienes que conocerlo. Esa simple idea, la de agradarla, me hace sentir un cosquilleo. ¿Le agradaba, acaso?

Es increíble que, en un momento como éste, me atreva siquiera a pensar en si hubiese podido disfrutar de su compañía de otra manera. Me siento frívolo y patético, imaginando recorrer su piel con los dedos, mientras los que me rodean buscan una manera de arreglar lo que generó mi estupidez. Si la hubiese retenido junto a mí, tal vez hubiésemos hallado la salvación juntos, y ellos no tendrían que correr, desesperados, de un lado a otro; sin embargo, a mí lo único que me importa es la nostalgia de su sonrisa. Echo de menos sonreír como lo hacía cuando ella estaba aquí, aunque fuese una risa generada por una conversación insustancial y su extraña forma de mirarme.

He de reconocer que han conseguido que me pregunte por qué no nos dimos cuenta de que nos despediríamos de esta manera. Si se iba a ir de repente, sin siquiera decir adiós, ¿por qué no me contó, antes, algo sobre ella? Si lo pienso fríamente, hablamos mucho más de lo que parece y decimos mucho menos de lo que deberíamos. Si alguien hubiese considerado interesante transcribir todo lo que hablamos durante los diez años que pasamos juntos, se hubiese encontrado con que, entre ella y yo, el único nexo que existía era el presente. Lo insustancial. Algunos deseos banales, tristezas pasajeras y súplicas producto de las circunstancias. Nada que pudiese trascender lo momentáneo.

Me pregunto si debería haber sabido que ella haría algo horrible; si era mi deber descubrir qué era lo que pensaba del mundo, cuáles eran sus planes de futuro y, por qué no, qué la había llevado a acabar abandonada, junto a mí, en el triste lugar en el que ambos cumplimos los dieciocho años. ¿Cómo es posible que me cegara el anhelo irracional de verla desnuda? Tenía miedo de ofenderla, y que se fuera. Por eso nunca supe qué decirle. Porque, en el fondo, el terror a la soledad me atenazaba. No puedo negar que, incluso si no hubiese hecho nada malo, tengo la impresión de que mi culpabilidad no sería menos intensa. Cuerpo y mente piensan lo mismo: perdí la oportunidad. De salvarla, de salvarme, de amarla, de amarme, de entenderla y, supongo, de entenderme.

Pese a que sería fácil dejarme llevar por la desesperación, prefiero fijarme en que todos acabamos haciendo algo parecido. En mi cautiverio, ya sean los años junto a ella o los que he pasado solo, he tenido la oportunidad de leer lo que, ahora, puedo observar también en quienes conversan conmigo. Puedo verlos desperdiciar la vida. Sus parejas los esperan en casa, mientras ellos echan la noche conversando con un aburrido sujeto. Saben más de mí que de sus hijos. Se enredan en la investigación, viven para ella y no acaban obteniendo nada. Ahogan sus miserias en la bebida, y muchas noches puedo escucharlos conversar, reunidos en corro y dominados por la embriaguez, en términos parecidos a los que yo usé con ella. Pierden un tiempo valioso.

Me pregunto si, dentro de un tiempo, alguno de ellos será un criminal, y el resto no tendrá nada interesante que decir sobre él. ¿Sabrán ellos dónde viven sus compañeros, o cómo se llaman sus hijos? Quizá no sepan ni si la persona junto a la que están bebiendo es un buen hombre, o una buena mujer. De hecho, lo más probable es que no les importe, que ni siquiera se pregunten por qué lo que más recordarán, dentro de unos años, de sus compañeros es la voz que tenían cuando la embriaguez se apoderaba de ellos. Ni el alcohol, ni el amor, ni el arrepentimiento son el remedio de nada. Lo único que puede salvarnos es hablar. Y, para hablar, solo hay una época. Después ya no salen las palabras.

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