En lo alto de la colina(Relato corto)

Cuando era pequeño, llegué a creer que Dios esperaba en lo alto de la colina, como anunciaba una vieja canción infantil que nos obligaban a aprender en la escuela. Crecí con la convicción de que, si salía de mi aldea y tomaba la decisión de verla desde la morada del Señor, caería sobre mí el mismo castigo que el Todopoderoso infringió a mis antepasados. Por aquel entonces era una anciana la que tomaba la responsabilidad de enseñarnos a creer, y recuerdo que no fueron pocas las veces que le pregunté por qué Dios se asomaba a vernos, como un padre bondadoso, para luego fulminarnos si nos atrevíamos a pedirle algo. “Sus designios son inescrutables”, solía decir. Él había decidido crearnos y amarnos, pero no nos había otorgado la facultad de entenderlo, ni tampoco pretendía que pudiésemos cenar en su misma mesa.

Supongo que no es tan raro que, un día, llegase a perderle el miedo a aquel lugar. Todos tenemos una etapa en la que creemos que somos los elegidos, en la que pensamos que el futuro de nuestro pueblo depende de nuestras decisiones. La mía se hizo tan duradera, y estuvo tan llena de lo que, por aquel entonces, me parecieron razones convincentes, que un día me sorprendí a mí mismo escapando de la casa de mis padres en dirección a la zona proscrita. Mi amor propio hizo que me negase a compartir la aventura con nadie más. Quería que Él me mirase a los ojos y me dijese que me amaba. Que me amaba más que a cualquier otro, que pensaba en mí cada vez que dirigía su mirada a los mortales. Por eso, solo tomé una linterna y algo de comer. No me despedí de nadie, pues no había nadie en el mundo cuya tranquilidad valiese más que la dicha que me esperaba allí, arriba.

Una persona cavaba en lo alto de la colina. Ni siquiera se molestó en mirarme. Esa fue la primera imagen que quedó grabada en mi retina. El cabello gris de una mujer conocida, lanzando al vacío generado por ella misma los cuerpos de lo que, imaginé, eran infieles que se habían atrevido a llegar a la morada de Dios.

-¿Profesora?

Ella se giró y me miró, sonriente. Cesó su actividad y me pidió que me sentase junto a ella, al borde del hoyo que había estado cavando.

-¿Qué hace usted aquí?

-Eso es lo de menos. Pensaba que te preguntarías por qué Dios no está aquí.

-No puedo saber si está o no. Nunca lo he imaginado como alguien a quien se pueda observar a simple vista.

Ella se rió. Lucía relajada.

-Tienes razón. Nunca os he enseñado a ver a Dios como a una persona. Para vosotros, es un ente, ¿verdad? Aunque no tengáis muy claro qué es eso.

-Es algo que existe en parte, por decirlo de alguna manera. Vive en otra dimensión, y se manifiesta en ésta en los pequeños detalles. Y eligió esta colina como su casa. Si tiene que hacer algo, lo hace aquí.

-Como matar personas, ¿no? Arrebatarle la vida a los mortales. Y dejar que yo los sepulte aquí.

En el fondo, aunque nunca lo admitiría delante de ella, mi orgullo había quedado dañado. ¿Qué hacía ella ocupando mi lugar? Yo era el siervo de Dios. Era yo quien debía sentarse a su mesa. Había sentido su voz llamándome desde la distancia, pidiéndome que fuese a verlo. ¿Acaso solo quería reírse de mí? ¿Por eso había dejado que esos pensamientos me atormentaran durante el tiempo suficiente como para llevarme a arriesgar la vida?

-Creo que ahora es mi turno. Me ha llamado para que te sustituya. Para que yo cuide de su hogar.

Debo reconocer que, muchos años después de aquel incidente, sigo sintiendo la calidez del abrazo que me dio, y el ruido de su respiración entrecortada y sus sollozos me siguen acompañando cada noche.

-No hay ningún hogar, Jules. Lo siento mucho.

Lo dijo mientras lloraba. Yo empecé a llorar también, sin saber muy bien por qué.

-Necesitaba que todos crecieseis creyendo que alguien os castigaría por vuestros pecados. Cuando creé aquella historia, estaba segura de que os estaba salvando.

-¿Salvándonos? ¿De qué?

-De vuestra genética. Del legado de vuestros padres. De todas las cosas horribles que hemos hecho a lo largo de la historia. Tenía que deteneros. Por eso pensé en deciros que Dios os espiaba desde la colina, y tomé la responsabilidad de castigar a quienes traspasasen sus dominios.

-Y, sin embargo, no hemos dejado de ser malvados. Solo conseguiste que la gente dejase de venir a la colina. Que mirase para otro lado. Solo te ocupaste de los que se atrevían a superar la última frontera.

-Al principio, no era así. Dios los vigilaba en todas partes, y así se lo enseñé a vuestros padres. Pero el tiempo pasó, y me hice débil. Me cansé de tener que llegar a todo. De cargar con la responsabilidad de impartir justicia.

-E hiciste de ésto tu santuario. Querías sentir que te obedecíamos, aunque solo fuese en esta pequeña obsesión tuya.

Ella sacó un revólver de su bolsillo, y lo apuntó directamente a mi rostro.

-Así es. Lo siento, Jules. Cuando seas mayor, lo entenderás todo mejor. Estoy segura de ello.

Cerré los ojos y sonó un disparo. Es la única vez que alguien ha disparado delante de mí, pero recuerdo que ni siquiera la falta de costumbre me hizo caer presa del pánico. Enterré a aquella mujer en el mismo hoyo que ella cavó, y me quedé allí durmiendo toda la noche.

Hoy en día, diez años después de aquello, soy yo el maestro y, aunque lo intente, no puedo evitar sonreír cuando invito a mis alumnos a que, cada vez que tengan un pensamiento impuro, acudan a la colina a librarse de él. Cuando cavo el hoyo, en medio de la noche, y entierro a los que he decidido condenar, siempre acabo pensando en ella, y en cómo lloraba mientras me decía que Dios no existía.

Te equivocabas, maestra. Dios te miró mientras morías, y te dio sepultura. No hace falta que le des las gracias. Estoy seguro de que le basta con saber que, en el fondo, pensabas que podías salvarlo.

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