Hipocresía

Destrozos en tu jardín.

El mundo llora.

Ellos se ponen de perfil.

Te sientes sola.

 

Repíteme otra vez esa lista,

la que tanto te gusta, la de

las cosas que me dejé por el camino.

Si es tu forma de limpiarte,

de quitarte la angustia,

me gusta este destino.

Ojalá lo vieras como yo.

 

¿Dejarías de reírte diciendo

que somos muy diferentes?

No, claro que no. Es más fácil

deshacerte que pedir perdón,

pero estás de suerte.

Hoy, aquí, se regala frustración,

y los condenados a muerte

tenemos el corazón más frágil.

 

Y, si mueres tú, no muero yo,

pero mi fuerte es hacerte daño para,

después, suplicarte compasión.

Dime que me odias, aunque

sea mentira, pues me hace falta que

alguien sienta algo por mí.

 

Y, si mueres tú, viene el horror,

pero pasan los años y,

al final, no hay tensión.

Dijiste que me odiabas y,

aunque al principio me valía,

ni siquiera eso lo hiciste por mí.

Nunca te entendí.

 

Éramos sencillos, el uno para el otro,

o eso decían ellos.

¿Tú también ves los destellos,

surcando el cielo?

Parece que vengan a por nosotros.

 

Cuando quienes te lo quitaron todo

pisotean tu jardín, lloras,

esas malditas lágrimas falsas.

Nunca te importó que ellos

te destrozaran la vida,

solo temías que yo caminara

sobre las cenizas, a solas.

Por eso me perseguías descalza.

 

Eso era lo más parecido al amor.

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