Ideas (I): ¿Para qué seguir viviendo?

Reservo esta primera Idea para un alegato en favor de la responsabilidad individual, de modo que vamos a saltarnos algunas premisas que, seguro, ya te han contado miles de veces. Las voy a resumir en un párrafo:

Desde que naciste, has sido bombardeado por multitud de estímulos que te han acompañado al elegir cada camino que has transitado en tu vida. Vives en una sociedad donde todos sabemos mucho más de los demás de lo que parece, donde hay unas normas comunes y una cierta moralidad implícita que se aplica a todos. El ambiente y tus propias características personales te han limitado a la hora de elegir lo que querías hacer, no eres válido para todo lo que te propondrás y fracasarás una y mil veces porque no tienes las cualidades necesarias para coger todo el abanico de posibilidades. Además, lo que deseas se debe, en parte, a la educación que has recibido, de modo que incluso lo que te mueve a actuar viene de esa misma fuerza que te limita. El universo te lleva a chocarte contra una pared.

El problema es que pensar en esto no soluciona nada. El mundo es un lugar cruel, y todos hemos sido puestos aquí por la casualidad para luchar contra los diferentes problemas que se nos van a presentar. Hay quien lo tiene más fácil, y otros que nunca van a poder soportar la carga que se ha puesto sobre sus hombros. En este mundo hay de todo pero, sobre todo, abundan las razones para perder la esperanza. No es difícil ser condescendiente y, en ocasiones, todos caemos en el error de compadecernos de nosotros mismos. Hacemos lo que podemos y las cosas salen mal. Empujamos una y otra vez una pared invisible, con una fuerza cada vez mayor, y nos quedamos en el mismo sitio. Dejar las cosas como están es una renuncia extremadamente dolorosa, incluso si es una pausa temporal antes de volver a intentarlo. Pero merece la pena dejar de ser un descerebrado o, al menos, intentarlo.

Nuestras limitaciones definen lo que somos, exactamente igual que nuestras cualidades. Una buena metáfora sería una escala de grises. Nuestra habilidad en cada aspecto se podría interpretar como un punto entre el blanco y el negro, de manera que un don solo es algo que nos empuja hacia un extremo, mientras que una debilidad no es otra cosa que un pequeño empujón hacia atrás. Entendernos es aprender a ubicarnos. Es crearnos nuestra propia escala y saber situarnos en ella, pudiendo adelantarnos o atrasarnos en la medida en que nuestras capacidades aumenten o disminuyan. Generalmente, ninguno de nosotros, por muy mal que se haya portado la fortuna con él, está en la peor parte de absolutamente todas las clasificaciones que se le puedan ocurrir.

Soy consciente de que tendemos a sobrevalorar la importancia de las cualidades en las que menos suerte hemos tenido, pero creo que la obstinación en ello es una mala consejera. Por desgracia, tampoco soy de los que piensa que una persona normal va a ser capaz de dejar de lamentarse por las cosas en las que la fortuna no le ha sonreído, pero precisamente por eso prefiero centrarme en dominar las vertientes más negativas de mi propio dolor. Creo que basta con no dejarse llevar por la parte más desagradable de nosotros mismos, sin necesidad de convertirnos en personas especialmente geniales por el camino. Ninguno de nosotros es perfecto y, como tal, extirpar el dolor, la rabia o la envidia por completo será una tarea imposible. Para tener una sociedad mejor, bastaría con evitar que nos controle nuestro lado más infantil. Por supuesto, eso suscita muchos problemas.

Basándome en mi propia experiencia, el principal inconveniente para eliminar la rabia radica en el carácter objetivo que atribuyo a lo que la genera. Dicho de otra manera, y estoy seguro que muchos estarán de acuerdo conmigo, el resentimiento hacia el mundo tiene sentido. A todos nos han hecho daño, nos han pisoteado y nos han robado sueños y emociones que nunca volveremos a sentir. En mayor o menor medida, todos tenemos alguien o algo que hace que nuestras manos tiemblen con solo evocarlo. La fuente del odio es, en general, completamente real y, sea suficiente para justificar la rabia o no, para una parte de nosotros es tan poderosamente desagradable que no podemos dejar de soñar con la venganza. Nos rebelamos contra algo que, en el peor de los casos, ya no tiene solución. La peor parte de mi lucha contra los elementos radica en que, cuando me siento y vuelvo a reflexionar sobre lo que antes me dolía, vuelvo a sentir la misma punzada. Aunque los ojos no vean y el corazón no sienta, hay algo dentro de nosotros que se retuerce. ¿La razón? ¿El cerebro? ¿Nuestro propio ego, receloso de perder su lugar? No lo sé.

Creo que la razón por la que escribo este artículo es porque siempre he pensado que la mayor parte de la autoayuda, o de la ayuda psicológica, parte de una premisa equivocada en el fondo. Pienso, sinceramente, que la persona que se siente muy afligida por algo que le ha ocurrido, generalmente, tiene razones para estar triste. Lo que hacemos cuando pasamos página no es interpretar las cosas con mayor inteligencia ni con mayor sentido común, ni siquiera es un aprendizaje como tal ni una “mejora”, sino decirle a nuestra mente que descanse un rato cada vez que se nos ocurre evocar lo que nos duele. Al menos, esa es mi experiencia. Si algo deja de resultarme insoportable no es porque crea que antes me equivocaba al sufrir desesperadamente por ello, sino porque, en cierto modo, soy capaz de engañarme a mí mismo y relativizarlo en la medida de lo posible para seguir hacia delante. Porque creo que ése es el otro punto importante. La vida sigue.

Los agujeros en el corazón (perdonad la expresión) no creo que cicatricen nunca, pero tenemos que aprender a vivir con ellos. Si tuviese que definir el dominio, la imagen que me viene a la cabeza no es la del brujo que sana todo su cuerpo para continuar, o que está completamente entero y es dueño de sí mismo y de las situaciones; en lo que pienso es en ese personaje de película al que le ha dejado su pareja, al que le acaban de pegar un tiro en la pierna y que, además, está arruinado y va a ser perseguido por la mafia y, sin embargo, coge sus pedazos y corre desesperadamente para salvar su vida. Especialmente, me gustan esas historias porque nadie puede negar que, incluso si sobrevive, lo que le espera es espantoso. Su vida va a seguir siendo una basura, pero él decide hacerse fuerte en la miseria, se pone en pie y huye, en vez de dejar que lo rematen en el suelo. ¿Para qué? Nadie lo sabe. Probablemente, al dar la vuelta a la siguiente esquina, alguien le cercene el brazo derecho con un hacha, y la gracia es que seguirá corriendo si puede.

Como la mayor parte de personas sigue viviendo a pesar de las muchas tragedias que le hayan podido ocurrir, intuyo que esa fuerza interior que nos empuja hacia delante late en nuestro interior. El control es, para mí, dejarse llevar por esa brutalidad absurda e inexplicable que, sin explicarte por qué deberías querer seguir viviendo, te pone en pie y te obliga a avanzar. El dominio es enjugarse las lágrimas y pelear una vez más, aunque no tenga sentido. Aunque no entiendas absolutamente nada, incluso aunque el mundo te dé asco, porque es normal que sientas una repugnancia natural por lo que te rodea: casi nada lo has decidido tú, lo que ya de por sí es una invitación a que lo mires con fastidio.

Dije, al empezar, que éste era un alegato en favor de la responsabilidad individual. Supongo que os sorprenderá que la conclusión sea que nuestro único deber es empujar, sin motivo alguno, independientemente de lo que pase. Seguir nuestro plan de vida, modificarlo y retorcerlo para engañarnos y que nos ilusione incluso la cosa más nimia, de manera que, si podemos tener un desenlace en nuestros proyectos medianamente satisfactorio, lo disfrutemos pero, en caso de que la suerte nos dé la espalda, no hagamos otra cosa más que recomponernos y seguir.

Solo tenemos que hacer todo lo que podamos en el tiempo que nos quede.

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