Fantasmas

Vivimos rodeados de fantasmas. En nuestra mente, cada vez que abrimos los ojos, se forman imágenes, pensamientos y razonamientos de lo más variopintos. La libertad que encontramos en nuestro cerebro, decimos, es la más grande que nadie podría imaginar, pero, por mucho que nos sintamos orgullosos de lo que dibujamos frente a esa gran pantalla psicológica, lo que nunca vamos a reconocer es que los fantasmas no desaparecen, y que los sentimos, notamos cómo nos miran fijamente, escudriñando cada fibra de nuestro ser, haciéndose a un lado cuando posamos nuestra vista sobre ellos pero decidiendo sobre nosotros en cuanto nos despistamos.

Hay fantasmas de muchos tipos. Los hay que nos recuerdan lo que hicimos en el pasado, cada paso que dimos en falso, cada equivocación, y que hacen que dudemos de ser capaces de producir nada bello en el futuro por el ingrato recuerdo de lo que nuestras manos formaron anteriormente. Nos hacen sentirnos débiles y vulnerables, puesto que no miran por nuestro bien, nunca nos dicen lo correcto, sino que nos repiten de forma continua lo triste que es fallar. Así, personas excepcionales que alguna vez no fueron capaces de canalizar su brillantez se quedan a las puertas de lograr el desarrollo máximo de su ser, puesto que no pueden apartar la vista del antes y centrarse en el ahora.

Cuando el mundo nos sorprende con una nueva experiencia, son los fantasmas del presente los que hacen acto de presencia para hacernos ver, de forma incómoda e injusta, que detrás de cada oportunidad hay una crisis inminente. Son esos que nos hacen ver las consecuencias de nuestras acciones, pero que las distorsionan para que encontremos, tras cada rayo de luz, la sombra de la duda. Son ellos los que hacen que nos paremos, que decidamos no coger ese tren que nos llevaría al éxito, que hacen que la pasión inmediata, que esa oportunidad que nunca va a volver, se quede para siempre en nuestros recuerdos.

Sin embargo, no hay nada más negativo que los fantasmas del futuro, aquellos que son capaces, no ya de visualizar hechos específicos y hacerlos inalcanzables por complejos absurdos, sino los que deciden que nuestra existencia no tiene sentido, esos que nos intentan mostrar lo que vamos a ser el día de mañana, cuando el individuo que se deja llevar por ellos ni siquiera sabía lo que era en ese momento. Son capaces de hacer visualizar, a quien se despista, un porvenir miserable, de forma que muchos abandonan sus sueños antes de tiempo, desmotivados por la visión de lo que no es más que un espejismo.

Pero, por encima de todo, si bien su efecto no es tan drástico, están aquellos que se apoderan de nosotros cuando la realidad nos sobrepasa. Son esos que controlan nuestro estado de ánimo, que nos atormentan cuando cerramos los ojos y nos quedamos solos con nosotros mismos, mirándonos frente a una pared blanca que parece proyectar ilusiones y tormentos pero que, en realidad, lo único que nos enseña es lo que nosotros permitimos ver.

Infinidad de personas en el mundo viven afectadas por esta situación, incapaces de apartar de la cabeza la imagen negativa que tienen de sí mismos, de lo que sucedió en el pasado, de lo que puede ocurrir si hacen algo en el presente y de lo que el futuro les puede deparar. Así, ellos y ellas, tan fuertes algunas veces, se ven solos, desvalidos y melancólicos y cargan contra los fantasmas, acusándolos de ser la fuente de sus discusiones con los demás, de sus inseguridades y del daño que les hace no ser capaces de confiar en su valía. Sin embargo, cuando se revuelven y miran fijamente lo que les incomoda, esas sombras que siempre los están observando, pocos son los que se dan cuenta de la verdad del asunto.

Esos fantasmas no existen. Ninguno existe. Somos nosotros mismos los que nos miramos desde la distancia y valoramos lo que somos (o no) capaces de hacer. Todo lo que se proyecta en nuestros ojos, la forma que tenemos de asumir los errores cometidos en el pasado y usarlos para no repetirlos en el presente, las críticas que nos llegan cuando todo el mundo calla, somos nosotros intentando sabotearnos a nosotros mismos, y todo tiene una razón de ser. No es una casualidad que los seres humanos, de forma continua, queramos deternernos, parar nuestro progreso, tener un rato para descansar.

El miedo nos domina. Sin duda, el terror es el sentimiento más poderoso que podemos desarrollar. Es capaz de hacer que detengamos todo lo que estamos haciendo, que dejemos pasar el mejor momento de nuestra vida, que no demos ese paso que nos separaría de la gente y que nos haría ser especiales, solo porque nos aterroriza la idea de equivocarnos y caer otra vez en la miseria. Esa forma de plantear nuestra vida es la que nos aleja de lo extraordinario, pero nosotros, tan ingenuos a veces, creemos que es la voz de la razón, la llamada de la experiencia, que lo que busca es que estemos atentos y no quedemos en ridículo.

A veces me gustaría que planteásemos nuestra vida desde otra perspectiva. Me encantaría que todos viésemos el mundo como un lugar lleno de oportunidades, como un mar donde cada gota de agua sigue su curso natural y no tiene que preocuparse por lo que ocurra en el futuro ni por lo que pasó en el pasado. Deberíamos ser justos con nosotros mismos y desarrollar el respeto por nuestra capacidad de decisión, pues es la única forma de que los fantasmas jamás aparezcan y nos enturbien la visión de nosotros mismos.

La verdadera libertad no surge de la revisión continua de nuestras decisiones y de la posibilidad de cambiarlas cuando aparece el más mínimo atisbo de duda o peligro, sino que el verdadero ser humano que desarrolla su vida de forma autónoma es el que, en lugar de ser controlado por sus actos pasados, la inactividad presente y el temor por el futuro, decide liberarse de esas presiones y decidir de forma justa, haciendo uso de una razón y una capacidad de discernir cultivadas a lo largo de los años, pura, honesta y directa.

Ojo, esto no es una llamada al libre albedrío absoluto, a un desapego de nuestro pasado y a la negación total de que haya preocupaciones que atender, sino que lo que quiero dar a entender es que el mundo ya es demasiado complejo, que el puzzle ya tiene bastantes piezas, como para que encima nosotros, de forma inconsciente, le aportemos más dificultad. Lo que debe ayudarnos a decidir cómo avanzar, ese ente que debe ser capaz de guiarnos, debemos ser nosotros mismos, nuestra mente y experiencia, que, aprendiendo de los fallos, ha sido capaz de desarrollar una metodología para no volver a errar jamás y para que, en caso de hacerlo, seamos capaces de evitar que el fracaso cree en nosotros un nuevo complejo, una nueva mancha.

Pero, ¿cuál es la clave para que una persona que ya ve fantasmas deje de verlos? La fe. No me refiero a una fe religiosa (es una vía válida, desde luego, pero no la única), sino a una confianza ciega en uno mismo, a la capacidad que tiene un individuo de reconocerse a sí mismo como fuerte y válido. Si la voluntad y la fe de una persona superan todo lo malo que le ha pasado, si en medio de ese oasis en el que lo han dejado sus dudas es capaz de volver a mirar al desierto y emprender de nuevo el camino, los fantasmas se marcharán y no volverán jamás.

No existe una garantía del éxito, pero sí que la hay del fracaso. Cuando haces todo de forma incorrecta, cuando ni el procedimiento, ni la situación, ni las bases de las que partes en tu vida son correctas, puedes estar seguro de que el fruto de tu existencia no será tan brillante como si, entre un mundo de fantasmas, nosotros decidiésemos mirar hacia nuestro interior y encender una luz por cada vez que hayamos pensado “no puedo”.

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