NOSOTROS. Capítulo 2.

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Capítulo 2: Vestigios. 

El día de su decimoquinto cumpleaños, Arcaïde se decidió a quemar la única prueba existente de su nacimiento. Guardado en uno de los bolsillos de su ya precario abrigo, aquel con el que se despidió de las tierras de Roger un año y medio atrás, seguía estando el recibo de la transacción por la que él había pasado a ser propiedad del anciano, grapado con lo que, a todos los efectos, hacía las veces de contrato de sumisión: una hoja de papel, escrita a bolígrafo, con la fecha de la marcha de sus padres, coincidente con la de su traspaso a dominio ajeno, y un mensaje escueto. 

“Roger Britz, de número de identificación 5103920J, accede a depositar en las arcas del estado la suma de cien citras. Nuestro país se compromete, manteniendo su propósito de salvaguardar la vida y la felicidad de todos los ciudadanos, a respetar el derecho adquirido a cambio de esa suma, que se desglosa como sigue:

-Arcaïde Lêveche, huérfano, de ocho años de edad. Sin número de identificación. Procede de la comuna de Estia.”

Eso era todo. El muchacho, que había decidido leer la improvisada carta por última vez, como si esperase encontrar en ella algo que le sugiriese que no era una simple mercancía, la hizo pedazos y la tiró a la hoguera. Quienes permanecían junto a él, sorprendidos por su afán de deshacerse de lo que parecía una simple hoja de papel, le preguntaron por ella. 

-Solo era basura -respondió, tratando de mostrarse duro para atajar la conversación, mientras se aseguraba de que quedase completamente reducida a cenizas. 

Los muchachos de quince años debían ser fuertes, o eso pensaba él, cargando sobre sus hombros un peso que, poco después, empezaría a parecerle innecesario. De que su país resumiese toda su existencia en un par de líneas había extraído una conclusión peculiar: el gobierno necesitaba que se sobrepusiese a la prueba que le estaban haciendo superar. Todo era un juego: el abandono de sus padres; el hecho de que unos desconocidos, supuestos justicieros de un lado más afortunado, lo pusiesen en manos de un sujeto de extrañas motivaciones y, por supuesto, la necesidad de convertirse en un asesino a los trece años. Su vida era tan necesaria, tan esencial, que muchas personas se habían prestado voluntarias para crear el ecosistema perfecto para convertirlo en alguien poderoso. Para él, Arcaïde Lêveche era alguien tan imponente que tenía sentido que aquellos muchachos, posiblemente actores interpretando el papel de carnaza de un horrible espectáculo, entregasen su vida a la causa de mantenerlo despierto, atento ante el peligro que acecharía pronto. 

No tenía derecho a llorar. Ese papel solo era la prueba de que algo maravilloso le estaba esperando. Nada de lo que había escrito ahí era cierto, ya fuese por el paso inevitable del tiempo o por la mera falsedad del cuento en el que lo habían sumido. Sus padres se habían marchado, pero no se podía decir que fuese huérfano a ciencia cierta, de la misma manera que ya no tenía ocho años de edad, sino que casi doblaba dicha cifra. Respecto al número de identificación, portaba en sus bolsillos las tarjetas de identidad de cinco de los compañeros que sucumbieron en la terrible masacre que desembocó en su salida de la vida de Roger, de modo que, si bien era muy posible que fuesen falsas, para bien o para mal tenía derecho a ser cinco personas además de él mismo, lo cuál lo dejaba como un alumno aventajado en el arte de tener un lugar en el mundo.

Respecto al pasado, al leer que venía de la comuna de Estia, Arcaïde no podía evitar sentirse incómodo. ¿Qué significaba proceder de un lugar, si su familia podía abandonarlo cuando quisiera y su casa evaporarse de la faz de la Tierra? Cuanto más fijaba sus pensamientos en la volatilidad de lo que lo rodeaba, más difícil le parecía al chico definirse con palabras que no tendiesen a desaparecer en la nulidad del significado. Tal vez, decir que había pasado cinco años junto a Roger ni siquiera significaba algo en realidad. Quizá el anciano ya había muerto. Era posible que su personalidad cambiase cada día, o a cada hora, y que por eso lo quisiese como a un hijo mientras otra parte de él buscaba una forma de alejarlo definitivamente. ¿Y si volvía llorando, estrechándolo entre sus brazos y suplicándole que retornase a casa? Arcaïde no sabía cuál era el límite de ese plan intrincado que el universo había diseñado para convertirlo en una persona decisiva, de modo que todo era posible. Incluso la crueldad absoluta podía ser amor.

-No deberías hablar así de algo que conservabas en tus bolsillos -dijo una de las chicas que se sentaba al otro lado de la hoguera, sonriendo-. Seguro que, en algún momento, te pareció lo suficientemente importante como para no quemarlo a la menor oportunidad. 

-O puede que, simplemente, esta sea la primera hoguera que ha visto en su vida -dijo Jacques, con una sonrisa, mirando a Arcaïde fijamente a los ojos. 

Todos los presentes rieron de buena gana ante el oportuno comentario de quien, para Arcaïde, era una de las personas más resueltas que se había encontrado en su destierro de un año y medio. Con apenas dieciséis años, había conseguido organizar una empresa de reparto tan rápida y con un horario tan flexible que, ahora, con veinte, era capaz de tener una vida casi normal en un lugar hostil. Su proyecto, que había dado un trabajo algo más decente que la esclavitud -si bien no mucho más, como él no temía reconocer- a muchas otras personas, había supuesto una tentación para muchos de los presentes aquel día, algunos de los cuales habían probado suerte en esa o en otras empresas similares. Jacques era un líder por méritos propios y, a pesar de la precariedad, aquellas eran personas de las que un chico como él tenía mucho que aprender. 

La primera vez que escuchó hablar del Grupo Escarlata, hacía cuatro meses de su expulsión de casa de Roger, y se hallaba sentado en la hierba, en frente de un río, repasando por enésima vez un artículo político que había preparado para un periódico de tirada nacional. Esa había sido su reacción, espontánea y llena de optimismo, al fracaso de perderlo todo de nuevo: entregarse a sus propios pensamientos, plasmarlos y tratar de transmitírselos a miles de personas, generalmente de las grandes ciudades, que tal vez escucharían con gusto lo que un muchacho como él tenía que decir, aunque fuese por el morbo de comprobar lo buena que era su vida en comparación con la de un chico que, con catorce años, estaba tan desesperado como para atreverse a alzar la voz. Ese texto, destacado de entre muchos intentos, versaba sobre un tema tan potente que, de hecho, la juventud de quien lo escribía podía resultar ventajosa. Iba a hablar sobre la pederastia en las comunas pero, también, fuera de ellas. 

Absorto como estaba en la contemplación, bañada de misticismo, de su propia obra, no prestó atención a los dos muchachos que, al otro lado del agua, más bien escasa ese día, habían tomado asiento y se dedicaban a observarlo. Si se le hubiese ocurrido levantar la cabeza y apuntar su mirada hacia ellos, habría notado la grave preocupación que su actitud suscitaba para los demás, pero se había sumergido tanto en las líneas de texto que ni un huracán avanzando imparable hacia él hubiese sido capaz de perturbarlo. Esas líneas valían la pena, merecían una elucubración obsesiva por su parte, un pensamiento repetitivo en el que se lo publicaban y miles de personas, lamentando todo lo que habían hecho, se agolpaban a las puertas de su nueva casa en la gran ciudad con el propósito de pedirle perdón. Cuánto disfrutaba de ese extraño sueño, y cuánto le molestó que lo despertaran de él. 

-¡Eh! -gritó uno de los chicos. 

Arcaïde hizo contacto visual con ellos. Eran dos chico escuálidos, que debían tener su misma edad pero, a diferencia de él, contaban con un cuerpo realmente diminuto, fruto probable de una genética delgada pero, también, de los problemas de una vida difícil. 

-¿Has salido en las noticias estos últimos días? Hablaban de un viejo, un tal Roger. Lo detuvo la policía por poseer fotos pornográficas. Dicen que estaba todo el día junto a niños, y me parece que salías en una de las fotografías grupales. 

-No sé de qué me hablas -respondió él, nervioso. 

-No pienses que te lo estoy reprochando. Es normal que la gente de las comunas acepte comida y algo de cariño, aunque sea de parte de un criminal. También es lógico que te sientas solo ahora. Ven con nosotros, te irá mejor. 

-¿Con vosotros? ¿Dónde vais a ir? -respondió Arcaïde, sorprendido por la oferta. 

-Nosotros somos muchos. Él y yo -dijo el muchacho que había decidido llevar la iniciativa, señalando a su compañero- solo somos peones en algo mucho más grande. En algo enorme. Pero tenemos que ser más porque, si no, será imposible cambiar nada. Y, si no cambiamos nada, solo seremos una enorme decepción. 

-Ser un fracaso, especialmente uno muy grande, tampoco está tan mal -replicó Arcaïde, cada vez más incómodo. 

Aquella forma de hablar errática, con referencias no compartidas, pequeñas frases inconexas seguidas de pausas que enfatizaban puntos que solo algunos interlocutores válidos podían entender, era algo a lo que se había empezado a acostumbrar en el hogar de Roger. Pese a que pudiese parecer extraño, debía haber algún significado oculto, una nube de conexiones extraordinariamente densa y difusa que algunas personas compartían al margen del resto de la sociedad. Quizá eran cada vez más personas las que no considerarían rara aquella escena, pero él aún no se contaba entre los capaces de valorar, con objetividad, la oferta de unos desconocidos.

-Pero poder hacer algo increíble es mucho mejor. Por eso somos tantos. Te necesitamos, Arcaïde. Sabemos tu nombre porque nos interesas, y nosotros también podemos seducirte.

-No creo que vuestra secta tenga nada para mí. 

-Eres muy duro con gente a quien no conoces. Un poco raro, con una vida tan triste a tus espaldas. ¿Trataste así a Roger cuando te mandó a matar gente por diversión? ¿A tus padres cuando te abandonaron les respondiste como lo has hecho conmigo? No, claro que no. Te ofrecemos dinero, y un hogar, y te parecemos basura, pero besas el suelo por donde pasan quienes te pisotean. ¿Quieres seguir siendo así de miserable, o vas a escuchar a tu cerebro aunque sea una vez? 

Temía verse inmerso en otro delirio que le consumiese años de su vida. Ellos eran iguales que Roger o, al menos, sus ideas sonaban similares. La sociedad cambiaría si luchaban, y valía la pena convertirse en mártir de esa manera de pensar. Era mejor que no hacer nada, o eso se esforzaban en repetir, insistentemente; probablemente porque -esta era una idea que empezaba a medrar en Arcaïde- sabían que esa era una forma de razonar que convencería a personas desesperadas. Un ejército de bajo presupuesto, comprometido a cambio de poco, indiferente al fracaso y sediento de sangre. La única pregunta, en un mundo normal, habría sido la identidad de la persona dispuesta a comandar unas tropas tan mal diseñadas pero, mientras cavilaba en su interior, el muchacho entendió que nada era lo suficientemente normal como para usar la lógica. Había que pensar más allá de lo razonable, y darse prisa. Frases cortas, pensamientos breves, decisiones inmediatas. Eso era lo conveniente. 

-Mi cerebro me dice que necesito comida y techo. El dinero que me dieron por lo de Roger no durará para toda la vida. 

-Esa es una buena actitud -respondió el otro joven, tomando la palabra-. Seguro que Jules se alegra de contar contigo. 

-Hablaremos después de cómo sabéis tanto sobre mi vida, si no os importa -añadió Arcaïde, con una media sonrisa. 

-Como quieras -dijeron ambos, al unísono. 

No tuvo problemas para despedirse de la vida que había estado llevando los últimos meses, especialmente dadas las perspectivas de futuro que se abrían ante sus ojos. Subió a un coche al otro lado del río junto a sus nuevos aliados, y entonces fue cuando, con una quietud mayor, se dispuso a perseguir respuestas. 

-Sigo sin entender cómo sabéis tanto sobre mí -empezó Arcaïde. 

El más hablador, de nombre Marc, tomó de nuevo la palabra. 

-Tenemos buenos informadores. Además, todas las historias son parecidas, en cierto modo, especialmente si pertenecen a personas que vienen de las comunas. Infinito sufrimiento y, llegado el momento, un encuentro con lo alternativo -el chico hizo una pequeña pausa-. Generalmente, una sola experiencia de ese estilo es más que suficiente para matar a una persona, pero sigues vivo. Supongo que eso hizo que Jacques se interesara en ti. 

-¿Esos informadores, los que os han hablado de mi vida, tienen algo que ver conmigo? ¿Acaso los conozco? 

-Si estás pensando en personas que te hayan estado siguiendo, tomando nota de todo lo que haces, no es el caso. La marcha de tus padres, o la matanza cerca de los dominios de Roger, son sucesos que están ahí para que los vivan personas como tú. Como nosotros, al fin y al cabo. Si no hubiese habido nadie parecido a ti, habría sucedido en balde. ¿Qué es un acontecimiento que nadie puede contar? Si no tiene efectos, no existe y, para tener efectos, debe haber alguien cuya vida haya cambiado, aunque sea un poco. No obstante, tu papel no es solo pasivo. Si estás vivo, es porque hay algo en ti que puede modificar el futuro, aunque sea en una pequeña proporción. Quienes se dedican a recabar información, por ejemplo, pueden ver el pasado que rodea a una persona. Es como -de nuevo, el muchacho se detuvo ligeramente, quizá buscando la forma más apropiada de decirlo- si pudiesen meternos en una burbuja y rebobinarnos. Se rumorea que también saben lo que sentimos, pero quién sabe si es cierto. En todo caso, supongo que hacen bien en guardárselo para ellos, si es que son capaces de tal cosa. 

-Es imposible -respondió Arcaïde, sin poder reprimir su escepticismo-. ¿Personas que son capaces de ver el pasado de los demás? 

-A estas alturas, no tienes más remedio que creernos. ¿Tienes alguna otra explicación para el poder de aquel anciano que convivió contigo? Tú mismo habías empezado a escribir sobre él, pero te incomodaba pensar en lo inverosímil que resultaría tu historia. Ese sujeto era capaz de dominar, con meras palabras inocentes, incluso a los adultos. 

-Con conversaciones vacías, generalmente sobre temas intrascendentes. Eso moldeaba la mente de los que lo rodeaban. Les hacía sentir capaces de todo, o algo así -admitió Arcaïde-. No obstante, puede que usase un método basado en pura psicología. Tal vez exista algo así. 

-Eso sería convincente, si descontaras lo que pasó con tus padres. ¿También crees que su abandono tiene una explicación científica? -insistó Marc. 

-La razón más simple es que eran malas personas. O que no me querían. O que yo era un mal hijo. Lo difícil es saber cuál de todos los posibles motivos es el verdadero. 

El otro joven, de nombre Eric, los interrumpió, con una súbita carcajada. 

-Vaya dos tercos. Mira, Arcaïde, todo en esta vida tiene una explicación racional si lo tomas por separado. Incluso la alineación espontánea de todos los astros del universo, en el instante concreto en el que necesitarías que ocurriese, tiene una probabilidad asociada, aunque sea despreciable. La gracia está en que, si tomas todo lo extraordinario que ocurre en este mundo, desborda cualquier lógica. Tiene que haber algo espontáneo en nuestro interior. 

Esta vez fue Arcaïde el que sonrió. El amable soliloquio de Eric escondía una fuerte verdad, como unas palabras dichas en voz baja que, con la atención debida, se convierten en un grito a viva voz: su vida era un hecho extraordinario, y el mero hecho de que los tres pudiesen estar hablando era un milagro inexplicable. En ese estúpido mundo de suciedad y barro, al levantar la mirada al cielo seguía habiendo estrellas. 

-Supongo que creer en eso no me hará ningún mal. No obstante, puedo adelantar que mi fe no es ilimitada. ¿Cuánto tiempo me llevará ser un miembro de pleno derecho de vuestra fantasía?

Así, como un soplo de aire fresco, el Grupo Escarlata y Arcaïde cruzaron sus caminos. El pacto de no agresión implícito en aquella breve conversación, que sería seguida por muchas otras en el lapso de tiempo que pasó hasta que cumplió los quince años, se convirtió pronto en una devoción sincera que insufló nuevas esperanzas en el muchacho. El cambio fue tan profundo que, incluso, modificó su percepción del espacio y del tiempo. Lo que, hasta entonces, era la división más relevante que jamás había conocido -la que separaba las comunas de las grandes ciudades- dejó pasó a otra disyunción mucho más agradable: los escarlatas pasaban su vida entre un enorme refugio bajo tierra y unas pequeñas zonas controladas en la superficie, entre las que podían viajar a través de los interminables caminos de la estructura subterránea. Lo que antes era una división social explicada a través de la metáfora de situarse “abajo” o “arriba” en un supuesto eje, dejaba de ser una figura literaria para convertirse en una realidad tangible.

Respecto al tiempo, las largas veladas de celebración por el éxito de alguno de los integrantes del grupo, así como las charlas y discusiones que se generaban espontáneamente tanto en el refugio como en las caminatas por los territorios seguros, tuvieron en el joven unas consecuencias profundas. Comprendió que su existencia había quedado dividida en dos épocas completamente diferenciadas, la de las tinieblas y la de la revelación, la del odio y la del amor, la de la ignorancia y la del conocimiento, y que esa separación amenazaba con ser irreversible. Había sido bendecido con una nueva oportunidad, y todo lo demás había dejado de importar. 

Por eso, cuando cumplió los quince años, quiso quemar el certificado de compra que aún conservaba. Era la última frontera, lo único que lo podía atar al pasado. Sin amor, sin recuerdos felices, sin comprensión alguna, Arcaïde no tenía nada que rescatar de aquel entonces y, ahora que era un hombre en camino de ser ibre, tampoco estaba obligado a respetar el recuerdo de un pasado tenebroso. La hoja ardió y, con ella, se fue el último vestigio que quedaba de un joven que ya había dejado de existir. De un peón menos en el tablero de ajedrez en el que se había convertido el mundo a ojos de un muchacho que soñaba con ser adulto. Incluso, quizá, con ser el rey, aunque eso significase soportar la presión de un pueblo que se agolpaba a las puertas de la rebelión. Eso eran ellos: los rebeldes. ¿No necesitaban, también ellos, un verdadero líder? 

-Entiendo que tus recuerdos son algo que debe ser eliminado. De hecho, fui yo quien te lo recomendé -dijo Jacques, que se había sentado junto a él-, pero creo que no te ha hecho ningún bien mirar para otro lado mientras tu contrato de esclavitud ardía. Deberías haberlo observado fijamente. La libertad solo se construye, en nuestro cerebro, si llenamos de recuerdos el hueco que antes ocupaban las cadenas. Si nos dejamos poseer por la adrenalina de vez en cuando, no necesitaremos esposas. 

-Toda la libertad que podemos tener ahora es ficticia. Da igual cómo nos sintamos, lo importante es la verdad. Nuestro país no nos quiere, y lo único que podemos hacer es luchar contra una enorme maquinaria preparada para superarnos.

-Y contra un mundo roto en mil pedazos -añadió Jacques. 

-Sí. Uno que, además, se reconstruye a cada instante, como si hubiese un poco de orden en el caos. No tengo ni idea de lo que deberíamos estar haciendo ahora. ¿Solo reír y disfrutar del hecho de que no estamos muertos? -preguntó Arcaïde, de forma retórica, solo por el gusto de escuchar cómo las palabras se perdían en la infinitud del espacio abierto. 

El espacio desde los quince años hasta el momento actual se puede resumir en tres acontecimientos. El primero de ellos ocurrió siete meses después del decimoquinto cumpleaños de Arcaïde: una noche, la comuna de Riesk, al oeste del país, se agolpó en la valla que los separaba de la gran ciudad. Lo que comenzó como una pequeña protesta, organizada por un grupo de estudiantes que pedían el final del sistema de división social entre comunas y ciudades, acabó agrupando a miles de personas. La decisión del gobierno de ignorar la protesta -ni siquiera ocupó espacio alguno en los principales informativos a nivel nacional-, así como la inactividad de las fuerzas de seguridad, que permitieron la expresión libre de todo tipo de cánticos y proclamas, provocó que la convocatoria se alargase durante más de una semana; tal espacio de tiempo permitió que incluso el Grupo Escarlata, concentrado en su propia preparación pormenorizada, se sumase a las principales manifestaciones, si bien la suma de personas que desearon realizar el viaje subterráneo nunca excedió de veinte individuos. Arcaïde prefirió no inmiscuirse en un asunto que le resultaba ajeno -él ya no formaba parte de las comunas, por mucho que ése fuese su lugar natural-, aunque se dio el lujo de elogiar el fervor y la valentía de las organizaciones que prestaron su apoyo a un movimiento que, simplemente, se disolvió al séptimo día. Tal y como lo describió Marc, cada uno se fue a su casa y, de pronto, decidieron que lo mejor que podían hacer era seguir con su vida. 

Aquel incidente aislado no se reprodujo en ninguna otra ocasión en el siguiente año, hecho que no evitó una reacción contundente por parte del gobierno de la República: sin previo aviso, redujo las prestaciones económicas de la zona en aproximadamente un cincuenta por ciento, condenando a la desolación y, finalmente, al hambre a todos los habitantes de dicha comuna, hubiesen participado de los incidentes o no. Simultáneamente, y de forma que el muchacho juzgó como inteligente, el presidente anunció la apertura de un sistema de donaciones para sustentar las comunas disidentes, prometiendo que la totalidad de lo que la ciudadanía decidiese voluntariamente invertir se destinaría a compensar la rebaja anunciada. Por supuesto, la oferta formaba parte de un juego que pronto fue evidente: el país coqueteó con la idea de entrar en guerra con una nación lejana, y el mismo proceso colaborativo se utilizó para sufragar los hipotéticos gastos de una industria del armamento que tenía que crearse de la nada. La ciudadanía tuvo que elegir entre protegerse de una amenaza fantasma, usando el dinero que les quedaba, o mejorar la vida de quienes habían sido dibujados como criminales. Eligieron la primera opción. 

Los meses siguientes fueron devastadores para las comunas. Lo que antes había sido un abandono selectivo se convirtió en desdén. El país tenía miedo de lo exterior pero, también, del odio dentro de las fronteras. Muchas familias debatieron, primero de forma privada y, después, copando la esfera pública, sobre si merecía la pena permitir nidos de odio dentro de sus fronteras. Las vallas ya no eran suficientes, pues ya no era la convivencia lo que les causaba rechazo; el crimen de los hombres y mujeres que nacieron y vivieron toda su vida en las comunas era, sencillamente, existir. Ser la muestra de que no todos podían cumplir el sueño, de que el espacio y el tiempo eran finitos. De que el egoísmo existía y se apoderaba de ellos. Las comunas, al principio, habían sido una forma decorosa de invitar a esos seres infrahumanos a que se desarrollasen en paz, al margen de la sociedad libre que tanto había costado instaurar. Ahora, no eran nada más que un obstáculo para el bien. Se revelaban, gritaban, protestaban y, además, costaban dinero. 

Arcaïde habló mucho de dinero durante esos meses. Si antes ya le parecía un bien preciado, más esotérico que real, entendió pronto que, en las ciudades, no había nada más importante que una fortuna suficiente. Antes de marcharse del hogar de Roger, el anciano tuvo el decoro de proporcionarle suficientes recursos como para alcanzar la mayoría de edad en situación de solvencia económica, especialmente si llevaba una vida austera, pero era evidente que la bonanza no acompañaba a todos sus compañeros. Pese al sufrimiento ajeno, el muchacho siempre prefirió hablar de las grandes cifras, más que repasar lo que él podía ofrecer a la causa; de algún modo, no tener miedo de quedarse sin dinero le parecía una indecencia imperdonable en un ambiente como aquel. Por ello, tomó todos los recursos que le ofrecieron quienes triunfaron en el arte sobrevivir y los guardó en un lugar seguro, lo que le permitió, haciendo balance de su situación a pocas semanas de cumplir los dieciocho años, amasar lo que, para una persona llamada a ser un pobre de solemnidad, era una suma considerable. 

De la misma forma que recibió los quince, sentado frente a una hoguera, llegaría la víspera de su decimoctavo cumpleaños. Para entonces, él había aceptado ser destinado a Riesk, y vivía con unos pocos compañeros en una de las zonas pacificadas más pequeñas de las que poseían los escarlatas. Su labor se resumía en recibir el alimento y los productos de contrabando que alcanzaban su parte de los túneles subterráneos y repartirlos entre los ciudadanos de la comuna, pero carecía de paciencia para contentarse con hacer felices a personas en cuyos sentimientos no se podía confiar, de modo que empleó su físico en cumplir con sus obligaciones y su mente en tratar más de la cuenta con sus improvisados clientes. Padres de familia con hijos a su cargo, madres y padres solteros con poco que perder que les suplicaban que aceptasen a sus vástagos para la misión que estaban llevando a cabo, fuera cual fuera; ancianos que apenas eran capaces de recordar su nombre y que, sospechaban, más de una vez descartaban la alimentación de su lista de prioridades; niños huérfanos y adultos solitarios que le recordaban a Arcaïde que el mundo no había cambiado tanto. Ellos eran las nuevas generaciones que iban a tratar con personas como el anciano que se hizo cargo de él. De hecho, si nada cambiaba, alguno de ellos sería como Roger en un futuro. Esa era la triste realidad, y al entregarles la comida había ocasiones en que el joven se preguntaba si, por desgracia, estaban creando un nuevo monstruo en lugar de regar brotes verdes. 

La sociedad de la desconfianza se había cobrado, en los meses anteriores, las vidas de miles de personas. Extrañas discusiones familiares que acababan en tragedia, batallas campales en mitad de la calle que se saldaban con más muertos que heridos, seres humanos acabando con su vida en cualquier rincón. La amenaza de abrir una puerta, girar una esquina, mirar hacia el cielo, husmear más de la cuenta y encontrar un cuerpo inerte. Llamar a la policía para que lo retirasen y suplicar que no pensaran demasiado en el suceso, pues no había defensa ante la fuerza de las convicciones pasajeras de una nación de dementes. El mismo Arcaïde, convencido de la valía de su investigación, acabó reconociendo el coste infinito de tener que soportar tantos recuerdos de la barbarie. 

-Este mundo loco… creo que va a acabar conmigo -dijo el joven, hace ya solo unas horas-. Han pasado diez años y nada ha cambiado. 

-Quizá es tu forma de pensar la que no varía. Eres el mismo que pensó que era buena idea quemar el único documento oficial que llevaba su nombre -respondió Arlette, sonriendo. 

Tres años atrás, el reproche por su impulsividad había sido la carta de presentación de Arlette Silver en su vida. Llegada apenas unos meses atrás, procedente de un orfanato no muy alejado de la mansión de Roger, la muchacha se había mostrado siempre tranquila, atareada en asuntos que no deseaba compartir y reacia a invertir más tiempo del necesario en repartir explicaciones a sus nuevos allegados, de modo que Arcaïde no pudo evitar sentirse honrado por ser el primero a quien ella había interpelado de forma voluntaria. Su amistad, desde entonces, había tenido avances, si bien la superficialidad se mantenía. Arlette no deseaba hablar de sí misma, y el joven siempre había optado por no presionarla. 

-No dejo de pensar que, en algún momento, todos tendremos que elegir un nuevo camino -continuó él-. Esto no va a durar para siempre. No, esto no debe durar para siempre. No podemos desperdiciar nuestras vidas de esta manera. No quiero morirme con tantas cosas que reprocharme. 

Se produjo, entonces, un largo silencio que llega hasta el momento actual. A falta de una hora para la medianoche del día en que Arcaïde alcanzará la mayoría de edad, todos parecen aguardar el comienzo de algo extraordinario, y puede que sea el latido de unos pocos corazones sonando al unísono, entonando todos la misma melodía y suplicando al destino por una oportunidad, la gasolina del incendio que sacude al país en ese mismo instante. Sesenta minutos de cambios, de pequeñas revoluciones en miniatura, de destrucción y creación de nuevos horizontes que se resumen en la llegada de un mensajero rozando el final de la jornada, tan al límite que sus palabras marcan el final de una etapa y el comienzo de otra. Antes de escucharlo, Arcaïde tiene diecisiete años y un futuro por delante. Después, tiene dieciocho y, por primera vez en su vida, verdadero miedo. 

-Ha empezado el exterminio. 

AQUÍ CONCLUYE EL CAPÍTULO. El tercero, “Sangre”, saldrá el 03/01/2019. 

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