Poema 2: Perder la cabeza

¿Y qué más da si pierdo la cabeza,

si este mundo está perdido?

¿Y qué más da si me arrepiento de todo

y reniego de donde he nacido?

 

¿Quién es nadie para elegir

tratarme como si fuera el elegido,

si luego en mi lugar todos

eligen a mi enemigo?

 

Estoy cansado de fingir

que no me importa el resultado,

que lo importante es el camino,

si del final cada fracaso no es más

que un nuevo vestigio.

 

¿Qué quimera es perdonar

para quien todo es un castigo?

¿Qué clase de placer dicen que existe

en jugar una y otra vez el mismo partido?

 

¿Por qué debo aceptar cambiar las reglas

para que disfruten de mi camino

quienes antes no estuvieron

cuando necesitaba yo un destino?

 

¿Acaso debo lamentar ser el verdugo

de los que me echaban antes piedras?

¿Tengo yo la culpa de que su tiempo pase,

de que su alma se pierda?

¿Tengo yo la culpa del desfase

entre el papel y la piedra?

¿De que sea más fácil hacer daño

que construir algo que nunca muera?

¿De que el agua se acabe

y la sed les hiera?

 

No me pidas disculpas nunca jamás,

Yo no soy ningún juez,

Sólo soy una pieza más

de este juego de ajedrez,

un peón más entre la espada y la pared;

No tengo modales para esta fiesta,

no habrá reverencia para su merced.

 

Bonita ausencia la de la humildad

en esta celebración constante que es tu vida,

hermosa pérdida la de la verdad,

la echarás de menos al final de la partida.

 

Te espero en el fina

de esta batalla sin cuartel.

Afilaré mi cuchillo sin temer,

pues al final de este vergel

no queda nadie para comprender

la maldad que llevas dentro.

Y si vamos ambos al infierno

que no sea sin antes probar

lo que es estar despierto

y, con la ley en punto muerto,

no tener miedo a disparar.

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