Una humilde reflexión sobre el Premio Nobel de Literatura

Más allá de manifestar mi pequeña decepción porque el premio, un año más, se le haya escapado a Haruki Murakami, lo cierto es que ni él ni el galardonado, Kazuo Ishiguro, son más que una simple excusa para hablar sobre el Premio Nobel de Literatura, el que es, indiscutiblemente, el galardón más sonado dentro del mundo de las letras. Mi opinión en lo absoluto quiere desmerecer a ningún ganador del certamen, pues considero que, en todos los casos (incluso en el de Bob Dylan, aunque me dé algo de cosa), los elegidos son destacados autores cuya producción es, por encima de todo, merecedora de consideración y respeto.

Si hay algo que siempre me ha molestado de los días previos a la entrega del Nobel es que, como por generación espontánea, nace un auténtico océano de expertos nacionales en lo que a literatura se refiere que tratan de justificar o hundir al ganador basándose en un pequeño número de criterios que rozan lo desagradable: si su narrativa es muy técnica o no, si sus temas son muy diferentes o no y, sobre todo, si son autores reconocidos por el gran público o no.

El purismo nunca tiene límite en lo que a literatura se refiere. De la misma manera que, en el terreno científico, hay amantes de la notación o rigurosos lógicos que serían capaces de tirar a la basura una prueba correcta por no respetar los estándares establecidos, también los hay que son capaces de llevar lo que, para muchos, son simples deseos (que se pueden obviar si la obra es buena en sí misma) a la categoría de axiomas en lo que a concesión de premios se refiere.

Yo no soy partidario de juzgar a nadie por ser mainstream o no. Creo que no es un criterio justo. No pienso ni que el Nobel deba ser concedido a autores muy conocidos, ni que deba recalar en desconocidos para la mayor parte de la humanidad cuya obra es solo del gusto de una minoría muy selecta que se ampliará a posteriori cuando sus compilaciones salgan a la venta en librerías en todo el mundo. Simplemente, me parece una forma absurda de valorar a alguien.

No obstante, hay que decir que quienes defienden que el Nobel huya de lo comercial tienen fuertes argumentos. El principal es que no se debería dar un premio a autores cuya producción está pensada para gustar: temas repetidos hasta la saciedad, tendencia a la cultura pop para atraer a un público amplio y estructuras sencillas para favorecer un alcance superior. Dicho de otro modo, que no es lógico premiar a quien favorece, a costa de perder calidad literaria, las ventas de su novela llenándola de “motivos” para que el gran público se sienta interesado.

Sin embargo, a veces creo que se pierde la perspectiva de lo que dejó marcado Alfred Nobel como una única directriz a la hora de otorgar sus premios. En  concreto, respecto al campo de la literatura, marca que se entregue “una parte a la persona que haya producido la obra más sobresaliente de tendencia idealista dentro del campo de la literatura”. Esto se combina con la motivación primera de los propios premios, que no es otra que conmemorar a “aquellos que durante el año precedente hayan realizado el mayor beneficio a la humanidad”.

En el terreno de la Física o la Química, el premio tiene unas motivaciones más claras: se puede entregar por el trabajo del último año y, además, se puede otorgar a un descubrimiento concreto o a una serie de investigaciones que hayan tenido un resultado definitivo o, al menos, relevante, cosa que no se puede hacer en el terreno de la Literatura por razones evidentes. Una carrera literaria no puede ser caracterizada por “hitos” concretos que tengan que ver con la valía de las obras. No existen cifras para medir lo buena que es una novela, ni tampoco se puede determinar de forma objetiva cuándo la creatividad de un autor ha llegado a su culmen (se podrá cuando ya haya fallecido, claro).

Me pregunto si quien critica a los autores conocidos y vendidos considera que un best-seller no puede ser una gran aportación a la humanidad. En mi opinión, en un mundo donde cada vez se elige más escuchar y menos leer, donde el vídeo supera con creces a la palabra escrita, es una aportación maravillosa para el ser humano la del autor que, juntando letras, llega a las casas de millones de personas. Queramos o no, los superventas ponen a la literatura en una posición privilegiada, la empoderan frente a otros medios que tienen más argumentos para convencer al ávido de entretenimiento.

Creo que tendemos, los que gustamos de la lectura, a sobrevalorar la influencia de nuestros autores favoritos. Un escritor difícilmente puede escribir una obra (seria) planificándola para vender. Son muchísimas horas dedicadas a embellecer algo. De mil personas a las que le preguntes quién es Murakami, seguramente no más de 20 sepan de quién se les está hablando. Los autores sirios o africanos nominados al Nobel tal vez no lleguen a ser conocidos ni por una de ellas. Son ambos minoritarios, aunque a diferente escala. Habrá grandes fanáticos de la literatura española que no conozcan a Roth, y habrá amantes de la poesía que no sepan nada de lírica siria. El ser “poco conocidos” no hace diferentes a unos autores respecto a otros. Casi ninguno llega a ser una celebridad, incluso después de recibir el premio. ¿De verdad alguien se cree que Ishiguro es un anónimo y Murakami una celebridad?

Creo que nos pegamos un tiro en el pie cuando, en un gremio tan pequeño como este, nos dejamos llevar y acabamos acusándonos unos a otros de ser demasiado simples, demasiado conocidos o demasiado burdos. Ya somos pocos, pero parece que nunca es suficiente, que nuestra tendencia intimista nos lleva a intentar eliminar todo rastro de amistad entre nosotros. Lo que uno lee es bueno, lo que lee el otro no. Mi artista merece un premio, el tuyo no. Es fácil caer en eso pero, al mismo tiempo, no deja de ser triste. Muchísima gente ha leído a JK Rowling, o a Stephen King y, aún así, no dejan de ser una minoría comparados con quien ha visto un Clásico español de fútbol en la televisión o una edición de Gran Hermano.

Por eso, no sé si King merece un Nobel, ni si lo merece Murakami. No estoy seguro de nada en lo que a eso respecta y, sin embargo, sí estoy convencido de que la mayor victoria en el terreno literario llegará cuando se otorgue un Premio Nobel de Literatura y nadie diga que el ganador no lo merecía. Cuando otorgarlo no sea un juego de equilibrismo, tratando de convencer a todo el mundo de forma obsesiva. Cuando todos celebremos el ganador por el mero hecho de que, por unos días, el nombre de un escritor saldrá en los periódicos. Porque nos hace falta.

Nos hace mucha falta.

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