Adolfo Suárez confesó por qué hubo monarquía en España

Muchas veces se ha hablado de la Transición como una época ejemplar de la historia de España. Los españoles conseguimos, tras una época de conflicto fratricida, un acuerdo que significaba un gran paso hacia un país moderno. Sin embargo, si bien todos coincidimos en que la Constitución, en algunas partes anticuada y en otras incumplida, fue un importante avance, siempre había quedado, en la conciencia popular, una pregunta: ¿por qué estaba la monarquía incluida en la Ley?

Hay quien ha asegurado y defendido durante muchos años que su inclusión fue una forma de limpiar la imagen de la corona, considerada en la época como un anacronismo que ya no tenía sentido, como un paso atrás innecesario y que, por tanto, que estuviese en la Constitución respondía a intereses privados y no, como se nos ha querido contar durante años, a la voluntad popular. Yo, desconocedor de cuál era la verdad, siempre he preferido hablar del presente y obviar el pasado, pero las palabras de Adolfo Suárez, reconociendo en 1995 que coló al Rey en la Ley para no tener que celebrar un referéndum que, seguramente, hubiese perdido, abren un abanico de reflexiones prácticamente ilimitado.

Yo ya había comentado en esta web, en artículos previos, que las leyes, fueran las que fueran, no tenía más validez que el acuerdo entre un cierto número de personas en un momento determinado, y que su valía acababa cuando ese consenso desaparecía. Que la Constitución no era perenne, sino más bien volátil, por más que los políticos se empeñasen en convertirla en la primera piedra sobre la que era obligatorio edificar el futuro de nuestro país. Ahora ya sabemos que la Carta Magna, aparte de ser un documento con un contexto claro, también tiene partes que ni siquiera responden a su propio espíritu. Ni siquiera fueron de consenso.

No es que los españoles actuales no hayamos sido preguntados sobre quién debía ser el jefe del Estado, es que los de la época tampoco tuvieron la oportunidad de elegir. Lo que es España hoy, por tanto, es obvio ya que no responde a la voluntad, ni de los españoles de antes, ni de los de ahora, sino que nuestra nación constituye una especie de ente peculiar que está ahí y nadie sabe muy bien por qué no puede ser cambiado. Habrá quien diga que es rizar un poco el rizo, pero permitidme dudar de que se pueda afirmar, siendo que una de las piezas principales del régimen del 78 se fundamenta en una mentira, que el resto de los artículos de la Constitución y de leyes derivadas no sean, una vez más, pura propaganda y oportunismo político que nos han querido vender como producto de nuestros propios deseos, o de los de nuestros padres y abuelos.

Puede parecer que, siendo que casi todos veíamos como plausible el hecho de que la Monarquía no hubiese sido apoyada por el pueblo, las palabras de Suárez no impresionan demasiado, pero, en realidad, son muy relevantes. Son muy relevantes porque todo ese discurso de “el pueblo votó Monarquía” se ha ido, directamente, al pozo del olvido. Era todo mentira. Y con ello, podemos empezar a retirar el velo de nuestra ignorancia, y aventurarnos, con fuerzas renovadas, a reclamar nuevos paradigmas.

Estamos en disposición ahora, por fin, de pedir que se revise todo lo que está mal, con una perspectiva nueva. Tenemos la posibilidad de reclamar que se coja de la Constitución todo lo apoyado mayoritariamente por el pueblo, así como a exigir que el resto sea desechado y replanteado. Ya no hay por qué avergonzarse de pensar que las cosas pueden ser de otra manera. Tenemos derecho a hacerlo y, es más, debemos hacerlo. Tenemos que adoptar una postura crítica.

La monarquía no es más que un tema accesorio a lo realmente importante, que es por qué no se puede cambiar lo que a la mayoría no le gusta. Hasta ahora, la respuesta era que existe una Constitución que marca que hacen falta determinadas mayorías para lograr cambiar determinados artículos, pero, ¿si los que la elaboraron decidieron saltarse las normas, por qué nosotros tenemos que respetar sus voluntades? ¿De verdad una Ley que hubo que formular pretenciosamente para que expresara lo que nadie se atrevía a cuestionar es digna de tantísimo respeto y admiración? ¿Es acaso imposible que nosotros, habiendo pasado ya tantos años de esa época convulsa que sirve de justificación para todas las irregularidades cometidas, seamos ahora capaces de unirnos en un proyecto infinitamente mejor que el de aquella época?

Yo pienso que merecería la pena. España necesita grandes cambios, y las grandes revoluciones se construyen a fondo, con un cambio de marco y de mentalidad. No se puede articular lo nuevo utilizando los cimientos de lo viejo. Hay que recordar cómo construimos antes lo que aún funciona y crear la estructura desde cero, reincorporando lo válido mientras nos cercioramos de que todo no solo parezca nuevo, sino que realmente lo sea.

Como apéndice, decir que el director de El Mundo ha negado que Adolfo Suárez concediese esa entrevista en plenitud de facultades, y ha asegurado que lo que afirma en ella se debe al deterioro neuronal producido por su enfermedad. Sea como fuere, lo único que afirma en su artículo es que “nunca se planteó la consulta porque había una aceptación implícita de la Monarquía por parte del PSOE y del PCE”, lo cuál no deja de refrendar, aunque él no se dé cuenta, la versión de quienes dicen que, a la hora de elegir a su propio jefe, los españoles no fueron tenidos excesivamente en cuenta. Al fin y al cabo, el PSOE y el PCE no eran ni son otra cosa que partidos políticos, conque, en teoría, no hicieron otra cosa que suplantar a la ciudadanía apoyando algo que iba en contra de sus principios.

Es hora de abrir los ojos, y de disputar el dominio a quienes lo han tenido desde hace demasiado tiempo. Es el momento de ideas nuevas. Ya nadie nos lo puede impedir.

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