El acoso no se detiene con charlas

He amanecido hoy con la noticia de que un gimnasio ha sido denunciado por la policía por el horrible crimen (nótese la ironía) de enseñar a niños a defenderse de sus acosadores utilizando la fuerza física. Para mi sorpresa, incluso la Asociación Madrileña contra el Acoso Escolar ha manifestado su rechazo a la iniciativa, diciendo que la violencia no es la solución y que la mejor forma de evitar el acoso se basa en una correcta prevención para atajar las conductas que llevan a él.

Sinceramente, estoy cansado del buenismo en nuestra sociedad. Lo que me pasa con el tema del acoso me ocurre con un montón de temas más como, por ejemplo, la economía. No me deja de sorprender que, cuando fracasa la alternativa “progresista” y “moderna” (el socialismo o el liberalismo en economía, o la prevención en el acoso), la respuesta que se da es siempre la misma: no es que falle la iniciativa, es que lo que se ha hecho no es verdadera prevención (o verdadero socialismo, o verdadero liberalismo). Es la excusa perfecta, la que quita de encima toda responsabilidad. Si algo sale mal aplicando un protocolo, es que ese protocolo no se ha aplicado lo suficiente, o lo suficientemente bien.

Me canso de ver en televisión casos de bullying que llevan a adolescentes a tomar, la determinación de suicidarse. Me he cansado ya de ver institutos que dicen que “son cosas de niños”, que “se ha suicidado por otro motivo, no por el acoso”, o que “no se sabía nada, es la primera noticia que tenemos”. Estoy harto.

Y estoy harto por dos motivos: el primero, porque es obvio que todo eso son burdas mentiras. Por supuesto que lo saben. TODOS hemos tenido un compañero en clase más marginado que los demás, el típico que no se relacionaba con nadie (o lo hemos sido, que tampoco pasa nada). Y lo sabíamos. Todos lo sabíamos, y los profesores, después de intentar un par de veces integrarlo, llegaba un momento que pasaban también de él. Horas y horas al día de soledad e insultos. De desplantes. De desprecios.

El segundo es aún peor: porque, en cuanto sale una noticia de este estilo, llega la condescendencia. “Es que hay que mejorar los protocolos”, “es que hay que enseñar a los niños a no discriminar”, y demás estupideces que luego no llegan a nada concreto. Es muy fácil de entender: con un abusón no se puede dialogar. No puedes enseñarle racionalmente a alguien algo que debería presentársele como obvio. A quien está dispuesto a usar los puños no le puedes venir con banderitas y frases motivadoras. A mí en mi vida se me ha ocurrido pegarle a alguien por ser bajito, feo, gordo o raro, y por eso estoy cansado de que se diga que “es un problema de educación”. Nadie tiene que decirte que hacer daño a los demás está mal.

Cuando ves a alguien llorando en el suelo, alguien más débil que tú, y tú eres el causante del dolor, hay dos opciones: o te arrepientes y recuperas, aunque sea un poco, tu humanidad, o te regocijas en el dolor ajeno y eres basura. No hay otra alternativa. No eres “un pobre niño al que hay que enseñarle a respetar a los demás”. No, no vale con charlas. Todos hemos visto cómo, después de insultar a un pobre niño, el grupo de matones se juntaba a carcajada limpia a planear el siguiente movimiento. ¿De verdad alguien es tan imbécil de creer que con una charla se solucionan las cosas?

Tampoco quiero olvidarme de quienes lo permiten, de esos padres que no ven en sus hijos la maldad que el resto sí vemos (tal vez porque ellos son iguales), o de esos profesores que tienen miedo de decirle algo al niño porque “a ver si vamos a crear un alboroto”. Ellos son los otros criminales del asunto y, como siempre, también se van de rositas. Como todos, menos el niño o la niña que se tira desde un quinto piso. Ese no se va de rositas.

El único apoyo que tiene el acosado la mayor parte de las veces, en cuanto sale de su casa, es el que él mismo se pueda dar. El resto de niños lo abandonan por miedo, los adultos pasan de él y no encuentra consuelo en nadie. Las artes marciales le pueden dar, a un chaval indefenso, la capacidad de defenderse y, además, la autoestima que necesita en los momentos más tristes. Le pueden dar la oportunidad de cambiar su situación, de reorientarse psicológicamente, de poder encarar con valentía y seguridad el problema que se le presenta. Porque no lucha contra un crío, ni contra varios. Lucha contra el mundo entero.

Seamos honestos. Nuestra sociedad es cobarde. Desde que nacemos, se nos enseña que debemos estar apartados de todos los problemas. “Tú no te metas en peleas, hijo, que de ahí no sacarás nada bueno”. “Tú haz más o menos lo que hagan los demás, que no piensen que eres rarito”. Y, claro, llega el momento de la verdad y nadie sale en defensa del débil. Y lo peor es que, si sales, te llevarás el mismo castigo que los que han iniciado la pelea. Vivimos en un país en el que el agredido tiene más miedo de defenderse que el agresor de seguir pegando.

Da pena decirlo pero, a veces, hay que combatir fuego con fuego. Tal vez lleguemos algún día a tener un país donde se pueda “prevenir el acoso” pero, por ahora, hay niños, adolescentes y jóvenes que lo están sufriendo, y prometerles el cielo en la Tierra no es solo irresponsable, sino también cruel. No se puede abandonar a nadie. Nadie es menos que cualquier otro por ser más débil. Cuando salen en las noticias porque se han suicidado ya es demasiado tarde. Evitemos que se llegue a ese punto.

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