¿Tiene derecho Gabriel Rufián a decir lo que dice?

Uno de los episodios más comentados de la, esta vez sí, concluyente sesión de investidura celebrada la semana pasada en España fue la intervención de Gabriel Rufián, diputado en el Congreso en representación de quienes apoyan a Esquerra Republicana de Catalunya. Ríos de tinta se han vertido ya sobre su más que peculiar tono de voz, su forma de hablar, su estilo burlón y los contenidos habituales de su mensaje, pero creo que merece la pena pararnos a pensar sobre qué fue exactamente lo que dijo este hombre para ser tan criticado.

El juego parlamentario crea expresiones, juegos de palabras y, lo queramos o no, humor. Podremos estar más o menos de acuerdo con el argumentario del partido del señor Rufián, pero lo que no se debe olvidar es que todo discurso, especialmente cuando no tiene especial trascendencia al tratarse de una sesión de investidura con resultado previamente conocido y adverso a los intereses de su partido, está y debe estar pensado para provocar una reacción, ya sea hacia su propio electorado o en dirección al resto.

No se puede pedir a un diputado de una formación independentista que esté excesivamente contento cuando, como estamos sabiendo ahora, han pasado de casi tener un gobierno socialista cercano a sus intereses y dialogante, de la mano del ahora ex secretario general Pedro Sánchez, a cuatro años más de un presidente que, como mucho, hará oídos sordos a sus demandas, si no algo mucho peor. ¿Qué esperábamos de ERC en esta investidura? ¿Besos, abrazos y respeto a una decisión que, para ellos, es horrorosamente inconveniente?

Lo que no se puede negar es que, hasta hace muy poco, el noventa por ciento de nuestros políticos eran exactamente iguales. Hablaban igual, decían lo mismo utilizando las mismas referencias e, innegablemente, se beneficiaban de algo que mucha gente ha llamado “turnos” de gobierno, la alternancia entre PP y PSOE sin que, en ningún momento, pareciese cambiar nada: paro altísimo, corrupción a niveles exorbitados y una gestión bastante dudosa de las arcas públicas a todos los niveles. El castigo del pueblo ha sido llevarles al Congreso a ciertos grupos que hablan distinto. Ahora los diputados de Ciudadanos, Podemos o, sin ir más lejos, el señor Rufián ocupan los escaños que antes correspondían a PP, PSOE y demás grupos icónicos.

Por tanto, exigir a nuevos protagonistas y nuevos partidos que acepten los límites que antes existían en el Congreso de los Diputados, esa extraña concordia, esa ligazón intelectual tan peligrosa que Podemos ha llamado tantas veces “el régimen del 78”, no deja de ser un acto bastante ilógico. Esa búsqueda desenfrenada por convertir la sala de representación de todos los españoles en una especie de “ejemplo para todos”, como si de una serie gore censurada hasta el extremo se tratara, nos ha llevado a creer que algo que no es más que una construcción social, que varía de país en país (no hay más que ver el caso británico), se puede considerar una normativa de obligado cumplimiento.

El Congreso de los Diputados tiene que representar a España en su conjunto. A los diputados de Podemos no les votaron para no llamar casta a los corruptos, igual que los españoles no votaron a Ciudadanos para defender, por ejemplo, el derecho a la secesión. A votantes distintos, expresiones distintas. ¿Acaso tendría sentido que personas que, en sus mítines, han tenido a bien llamar “cuñado” a Albert Rivera, por ejemplo, o “casta” a todos los que no pensaban como ellos, fuesen elegidos por la ciudadanía y, en lugar de continuar con la actuación por la que fueron elegidos, de pronto cambiasen completamente su comportamiento para adaptarse a la concordia que la gente quería romper con su voto?

Hay cosas que, aunque nos parezcan convenientes, simplemente no pueden ser. No tiene sentido pedir a los nuevos políticos que respeten las viejas reglas. Estamos en un momento en el que, en mayor o menor medida, con mayor o menor acierto, todos los españoles estamos representados en el Parlamento. Quienes buscan el consenso y los acuerdos, quienes defienden que todo debe seguir igual con pequeñas reformas, quienes desean que su tierra sea una nación independiente, quienes quieren cambiarlo todo… Hay fuerzas hostiles al régimen, fuerzas que lo defienden a muerte, ambiguas, indiferentes al mismo… En la variedad está el gusto.

Por eso, creo que hay que verlo todo con una perspectiva adecuada. Puede que el PSOE dé una de cal y otra de arena, puede que Felipe González se venda al IBEX 35, puede que los socialistas sean unos traidores a su patria, o puede que, sencillamente, Rufián esté equivocado, pero tiene no solo el derecho, sino la obligación, de decir lo que sus votantes sienten. La Cataluña de Rufián está en el Congreso, esa Cataluña desobediente, enérgica y que siente indiferencia hacia los símbolos de la nación española, y eso ya no tiene remedio. Desde el momento en el que autorizamos a todos y cada uno de los españoles a elegir a un partido para que sea su voz, no tenemos derecho a arrepentirnos más tarde de las consecuencias de nuestras decisiones y dar marcha atrás, escandalizados porque alguien, desde una tribuna, ha dicho algo que no nos gusta.

Acabo con una pequeña reflexión. Igual que el deseo de tener una nación independiente, si bien es una herramienta política, no era solo un sueño de Artur Mas, lo que hacen Rufián, Podemos o EH Bildu no es un episodio esquizofrénico de sus parlamentarios, sino algo que ya existía, un sentir que, si bien estaba en las calles, aún no había podido llegar al Congreso de los Diputados. Ahora, España ya tiene al “monstruo” delante. Ya sabeuáles son sus reglas, hasta dónde está dispuesto a llegar y qué va a defender durante los próximos cuatro años. Es cuestión ya de si el resto gana o pierde la partida.

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