Que cada diputado vote lo que crea: ¿sí o no?

Desde hace ya bastantes años, se viene hablando de que la política debería caminar en dirección al voto de conciencia, rompiendo la lógica partidista. Dicho de otra forma, la reclamación se refiere a la conveniencia de que cada miembro de un grupo político pueda expresar, ante cualquier votación que se presente, su acuerdo o desacuerdo individual ante la idea, reclamación o proyecto propuesto por cualquier otra formación política e, incluso, por la suya propia.

El voto en conciencia se puso de moda cuando el PSOE vivió la sesión de investidura dividido entre los que votaron a favor del actual presidente de gobierno y los que utilizaron la fórmula “en conciencia, voto no” (o similares); y, estos días, ha resurgido en Valencia por parte de un diputado en las Cortes Valencianas, Alexis Marí, quien decidió saltarse la disciplina de su partido político, Ciudadanos, y defender por su parte los postulados del tripartito que gobierna la Comunidad Valenciana, integrado por PSOE, Podemos y Compromís, sobre los Presupuestos Generales del Estado y el trato a dicha Comunidad Autónoma (o, más bien, el maltrato).

Debo decir que, en este tipo de temas, las posturas muchas veces son radicales: hay quien cree que cada cargo electo debería poder votar lo que le viniera en gana en todo momento pues, en general, siendo de un partido político se presupone que compartirá lo básico con éste; pero también están los que piensan que, en todo caso, la decisión del votante es la más relevante, y éste ha votado pensando en unas siglas más que en unos nombres concretos, de manera que votar en conciencia sería egoísta y una traición.

Lo curioso de este tipo de debates es que se abren cuando ambos supuestos fallan: el afectado no comparte una postura capital del partido (el tema de la investidura de Rajoy, o los PGE, eran infinitamente importantes para PSOE y Cs, respectivamente), y el votante no se sabe muy bien para qué votó. Cualquiera diría que el votante del PSOE no votó para que invistieran a Rajoy, ni tampoco el de Cs en la Comunidad Valenciana manifestó que desease la infradotación económica (real o no) de su lugar de residencia. En definitiva, todo se complica.

Dado que la discusión siempre comienza, como ya hemos visto, no en asuntos de lealtad al votante, sino de fidelidad al partido, romperé una lanza en favor de quienes creen que el político tiene dos opciones: o aceptar las directrices del partido, al menos en un plano general, o abandonar su puesto dentro de la formación, pudiendo luego desarrollar su labor como independiente, desatado ya de toda lealtad exigible, y volver en el momento en el que el debate interno le permita cambiar aquello con lo que discrepa.

Los partidos políticos deben tener cohesión interna. Si bien es más importante aún la capacidad de tener un ideario desarrollado y coherente, no deja de ser una necesidad el disponer de un grupo humano entregado al bien común decidido por los afiliados, o por la directiva, o por cualquiera que sea el organismo que tome las decisiones. No puede cada uno perseguir sus propios objetivos, pues entonces no existe proyecto común.

Eso no quiere decir, por otra parte, que no deba existir el voto en conciencia para determinadas cuestiones, ni tampoco que quien se salte lo que le ordene su partido deba entregar el acta de diputado (o del puesto que ocupe, vaya) e irse a su casa. Hay temas determinados que sí que pueden merecer que alguien tome la decisión, sin que por eso contradiga de forma flagrante al partido, de votar “con el corazón” (Incluso el PP lo ha planteado y aceptado en asuntos como el aborto). El único límite es, lógicamente, que su voto en conciencia no choque con las líneas rojas de su grupo parlamentario.

Al final, cada político es un ser humano individual, con una conciencia intransferible. No puede amar lo que le digan que ame, pensar lo que le digan que piense ni hacer lo que le digan que haga. No puede ser que tengamos políticos marioneta, que arrojen sus principios a la hoguera a cambio de cuatro billetes. Eso sí, cuando uno deja de pensar como su formación política, y se encuentra con el rechazo interno mayoritario de la misma, lo que debe hacer es colocarse en un segundo plano y volver cuando las aguas estén menos revueltas. El ejemplo de Íñigo Errejón seguro que nos resulta a todos bastante familiar.

No se puede querer todo en la vida. No puedes desear tener el apoyo de tu partido y votar lo que quieras siempre que así lo desees. Se puede tener una cosa o la otra. Hay temas en los que se puede discrepar y otros que no, y lo que no se puede hacer es ganar con los medios de otros para luego renegar de ellos.

Como conclusión, por aclarar: respeto profundamente las ideas de quienes deciden tomar sus propias decisiones por encima de las siglas. Me parece muy digno quien antepone su pensamiento al dinero, para qué negarlo. Sin embargo, considero que, igual que alguien puede decidir “independizarse” de sus compañeros, ellos también pueden prescindir de su compañía. Hay que saber ganar, perder, llegar y marcharse.

La solución, aunque lejana, ya se ha planteado: abrir las elecciones a todo el que quiera presentarse y que el ciudadano pueda votar candidato por candidato, individualmente, tal y como se hace, por ejemplo, en el Senado. Puede que, en unos días. escriba un texto sobre esta posibilidad.

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