Sobre el escrache (o no) a Mónica Oltra

De vez en cuando, volvemos a estos mismos temas. La noche del 18 de octubre, una veintena de militantes del partido España 2000 se reunieron delante de la casa de la vicepresidenta de la Comunitat Valenciana, Mónica Oltra, para realizar una serie de actividades, ataviados con una máscara de “Scream” para preservar el anonimato, entre las que se cuentan: desplegar una bandera española de grandes dimensiones con la leyenda ‘Viva la unidad de España’, poner música de Manolo Escobar y hacer sonar el himno de España.

Resulta curioso ver cómo hoy, en todos los medios de comunicación y por parte de todos los partidos políticos, sería pecado siquiera dudar de si se trata de un “escrache” o de una manifestación fascista. Nadie se ha planteado si, en realidad, hay tantas diferencias entre un hecho y el otro a todos los niveles.

Defender un escrache es aceptar como una reivindicación el acoso y la intimidación. Es cierto que, como en cualquier otra interacción social, puede haber escraches con mayor y menor hostilidad, y que cada persona puede interpretar de formas distintas el mismo gesto (por ejemplo, alguien más acostumbrado a sentir la presión puede no sentirse tan intimidado ante la presencia de extraños en la puerta de su casa como un novato) pero, al final, nunca dejan de ser herramientas de presión que tratan de sustituir o, al menos, de influir en los cauces neutros de modificación del statu quo.

Dicho de otra manera, un escrache es un mecanismo por el cuál una parte de la ciudadanía puede obligar a una persona u organización a reconsiderar sus posiciones por medio de la protesta, siempre que el grupo que lo organice considere que se está llevando a cabo un agravio concreto contra sus derechos. Esto, lejos de ser una definición aclaratoria y tranquilizadora, se parece más a un eufemismo de conductas poco cívicas, de motivaciones cuestionables y cuya diferenciación respecto a una agresión es harto complicada.

No hay más que ver el intento de “Público” de explicarnos amablemente la diferencia entre un escrache y lo de Mónica Oltra. Usan argumentos tan fuertes como que España 2000 no reclama ningún derecho (según parece, exigir que se defienda la Constitución Española ante una persona tibia respecto a esa petición no constituye una reclamación legítima) o que los escraches nacen para condenar dictaduras y a los responsables políticos de grandes agravios (voy a obviar lo de la cara tapada, porque creo que es bastante curioso que la izquierda se queje de caras tapadas).

Me gustaría preguntar, entonces, qué derecho reclamaban Pablo Iglesias y sus correligionarios, qué dictadura condenaban o qué gran agravio habían sufrido cuando acosaron a Rosa Díez en aquella famosa charla en 2010. Hasta donde yo sé, la señora Díez difícilmente, formando parte de UPyD, había podido robarles ningún derecho, formar parte de la cúpula de una dictadura o realizar, en su labor política, daño alguno a la ciudadanía como responsable directa. Es más, la protesta tenía que ver con no permitirle dar una charla en un edificio universitario que consideraron “de su propiedad”.

Más allá de que las excusas dadas por Público y, en general, por la propaganda izquierdista, carecen de coherencia, es obvio que no son más que un intento burdo de diferenciar unos actos irrespetuosos de otros. No se les debe tomar demasiado en serio. El problema viene cuando el otro lado no tiene la suficiente perspicacia política como para aprovechar, igual que lo hacen sus rivales de la izquierda, cualquier resquicio de duda. La izquierda siempre va a ser la experta en extraer votos de debajo de las piedras y en moverse como pez en el agua en las miserias ajenas.

Legitimar una interpretación del contrario solo es lógico cuando se dispone de mejores sistemas para ganar la partida ideológica, y es obvio que el centro y la derecha carecen de la capacidad de inventar conceptos nuevos cada poco tiempo, cualidad que el progresismo explota con gran inteligencia. Permitirse el lujo de ponerse del lado del rival y, de esa manera, descalificar a unos sin obtener la victoria moral de recibir una compensación por ello no es más que un error constante del centro, incapaz de, como se diría coloquialmente, “meter goles” en el terreno mediático, viéndose obligado a salvar los muebles día tras día.

No obstante, no se debe confundir el atrevimiento con la pérdida progresiva de la elegancia: es evidente que se debe condenar cualquier escrache, dado que todos disponemos de mecanismos suficientes, alejados del enfrentamiento directo, el acoso y la intimidación, para hacer valer nuestros derechos en la sociedad que tenemos; lo que no quita que se pueda, al mismo tiempo, recordar, como una pequeña nota a pie de página, que España 2000 no ha inventado las caras tapadas ni las visitas a los domicilios de los opositores, o que gritar “Viva España” y poner el himno, o a Manolo Escobar, tampoco es algo muy fascista.

Por último, justificar que la agresión a Mónica Oltra es por ser “mujer, demócrata y de izquierdas” y no por las dudas manifiestas de Compromís sobre su posición frente al independentismo me parece una auténtica barbaridad. Que uno sepa, Oltra no es la única mujer dentro de la política, ni es la única demócrata, ni es la única de izquierdas, de manera que algo tendrá que tener ella o su formación política en particular que haya encendido a España 2000.

Menos escraches y más debates, menos violencia y más charlas. No cuesta tanto ser civilizados.

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